Es Hikari Oé, hijo de Kenzaburo Oé.
Es Hikari Oé, hijo de Kenzaburo Oé.

Cada pássaro, Com sua plumagem, seu voo, seu canto, Cada pássaro é um milagre.

Manuel Bandeira

Sobre una rama un pájaro detiene su vuelo, cimbrea su canto un momento antes de perderse por la memoria de un niño convaleciente. Una terrible hidrocefalia le llevó semanas atrás a una complicada operación que ni siquiera aconsejaban los médicos. Luz de quirófano y sala de espera donde el padre aguarda el peor de los desenlaces y la madre alberga una frágil esperanza.  Hikari despertó de la anestesia con lesiones cerebrales graves, epilepsia, problemas de visión, escasa movilidad y un autismo que parecía total. Postrado a la sombra de las azaleas, su madre observa como el reclamo de un papamoscas hace salir al niño de su profundo ensimismamiento. Un tenue rayo de luz en la oscuridad. A su padre se le ocurre comprar un disco con cantos de pájaros. Pasado el verano, paseando por un parque, el niño pronuncia su primera palabra  “avutarda”.  Así fueron descubrieron, poco a poco, la gran capacidad para memorizar melodías del silencioso Hikari. Llegando a distinguir este, todos los números del catálogo Kochel mozartiano. Con un dedo sobre el piano, sorprendido por aquella gota de sonido, una profesora de música le alecciona. Melodías sencillas en un principio, sus sorprendentes progresos le hacen encarar solfeo y armonía, aunque parece menos interesado en interpretar partituras que en expresar su propio lenguaje, rara vez pronunciaba palabras, a través del piano o con tarareos buscaba hacerse entender. De ahí lo sencillo de sus composiciones, melodías que parecen para cuentos de hadas, donde se respira la sencillez de la flor de los jazmines,  esas estrellas pintadas por un niño, donde volvemos a sentir la precipitada carrera bajo la lluvia a la salida del colegio, el mágico desorden de la habitación de juegos, la serena nostalgia  del canto de un grillo en la noche, el vuelo de una cometa en la brisa de la tarde. El misterio insondable de la inocencia llegando al oído como una cascada de notas traslucidas. Nuestros pobres oídos sofocados de tanto decibelio, tanta tragedia dodecafónica, tanto sinfonismo apabullante, escuchan a este mirlo blanco con la sed del naufrago. Ocurrió que estando en Tokio, Rostropovich y Martha Argerich pensaron en integrar una pieza japonesa, que fuera corta dado lo extenso del programa, alguien les mostró la partitura del desconocido Hikari, y sin dudar la eligieron, preguntándose sorprendidos quien era aquel capaz de componer con tanta sencillez y profundidad a la vez. Es Hikari Oé, hijo de Kenzaburo Oé, quien escribió célebres libros con las palabras que no pronunciara el niño. El eterno niño al que le gustaba oír los pájaros.

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