La sonrisa se le hizo tan grande como el horizonte del Malecón…
La sonrisa se le hizo tan grande como el horizonte del Malecón…

En la cantina La Obrera (Ciudad de Guatemala) los afiches de famosos desde hace  un par de décadas se han ido descoloriendo en sus paredes.  La gramola suena enronquecida y tristísima cuando la reclama algún borracho para abrir las cicatrices de sus pasiones, musitando los estribillos de algún bolero que escarbe en su dolor… La distancia, ese es el único argumento de todas las letras.  La sombra de una nostalgia bailando ceñido a la hora del cierre, la hora en que las sillas están sobre las mesas.

Cae la moneda y suena de fondo la voz de una mujer, un alma desbordada. “Después que conozcas veinte desengaños, que importa uno más” … Es Graciela. La cantante de la Orquesta de Machito, su hermano. Desde la llamativa portada del single nos saluda con su acogedora sonrisa.  Debe ser de la época dorada del  Palladium,  meca de tantos músicos latinos. Hablamos de Nueva York en la década de los 50.

El público abarrotando la pista de baile, y con  la orquesta por la que pasaron Bauzá, Tito Puente o Chano Pozo… aquella mulata pequeñita, regordeta y sonriente, tocando las claves y cantando boleros , guarachas, mambos… con su voz pícara, cálida, en pugna con los metales de la big band. Graciela Pérez Gutiérrez, venida al mundo en 1915 en el barrio habanero de Jesus María, allí donde se bajan los santos del cielo, Yemayá y Babalú Ayé, a golpe de cuero, tumba y bongó, rumba hecha candela, torrente de vida. Agonía y furor, tristeza honda de los solares. Siendo adolescente forma parte de la orquesta femenina Anacaona, siete señoritas que conocieron un fulminante éxito y recorrieron el mundo, y a la que sorprendió en Paris la segunda guerra mundial.

En la década de los cuarenta regresa a Nueva York donde ocuparía como vocalista el lugar que había dejado su hermano Machito al alistarse para combatir en Europa, pasando luego a la orquesta de su cuñado Mario Bauzá, unos de los verdaderos artífices del latin jazz…  orquestas, escenarios, discos, clubs, giras, muchas noches por las que su voz fue envejeciendo , estuvo en los escenario hasta poco antes de morir, nonagenaria y en silla de  ruedas, cantando ese bolero del ciego genial que fue Arsenio Rodríguez. Queda como un epitafio en la biografía de la entrañable cantante… Hay que darse cuenta que todo es mentira que nada es verdad, la realidad es nacer y morir… En una de sus últimas entrevistas dijo algo  enigmático “Yo no canto solo para cantar”

El amanecer del 7 de abril de 2010. La asepsia hospitalaria del Cornell Medical Center en Manhattan desapareció,  el color azul intenso del trópico se coló por sus pasillos, corría la brisa del Caribe con su rumor de palmeras, se fueron escuchando, acercándose hasta su cama, los tambores del guaguancó en su trajín de subir y bajar a los santos del cielo. Graciela se levantó y sintió la arena entre los dedos de los pies y  la espuma salada de las olas salpicando su cara. La sonrisa se le hizo tan grande como el horizonte del Malecón…

Acaba la canción queda el crujir en los surcos del vinilo y en la memoria flotando sus acordes, “la vida es un sueño y todo se vá…”

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