Entre algas y conchas, la resaca abandonó en la orilla astillas de naufragios. Latas mohosas que habrán surcado quien sabe cuántas mareas, cabos de ásperas maromas, enmarañados retales de redes, alguna botella sin mensaje, y memorias que encallaron en la arena. Pasear recordando  al ocaso, tantas imágenes pasadas que desaparecen como las huellas que van borrando las olas.

La brisa que agita sus greñas blancas, le susurra muchas voces. La de su madre, que permanece en la cabecera de su cama, las fiebres tifoideas hace que se le desdibuje su rostro y las de los enseres de la habitación donde reposa.  Una luz velada, también enfermiza, que no permite definir la solidez de las cosas.

Otros recuerdos recogidos en la bajamar. Su primera caja de lápices, con los que intentaba atrapar todo lo que se le cruzaba, la sirvienta mulata, una niña de trenzas lánguidas, un viejo guacamayo desplumado, unos mangos sobre el mantel de cuadros celestes…  Cruza las edades pintando, su juventud reboza de bocetos en la academia caraqueña. Acaba de formarse en Europa, recorre París y Madrid, de botín de viaje trae la luminosidad de los impresionistas, las agitadas  sombras de Goya.

Regresa a Venezuela, los ojos llenos de colores, la cabeza bullendo ideas, el corazón desbocado. En carnaval, los cueros de Barlovento alrededor de las hogueras, la noche oscura de ron, y las sombras del fuego en los danzantes, encontró las chispas de sus ojos, los de  Juanita Ríos,  su musa y modelo, desde entonces en su horizonte.

La amistad con el pintor de origen ruso Nicolás Ferdinandov le lleva a adentrarse en su propio paisaje con otra mirada,  lo frondoso de la vegetación bajo la luz cegadora del trópico. En búsqueda de la pureza y fuerza de esa claridad se adentra en el litoral, llegando hasta Macuto, allí crea con sus manos, con cañas y ramas, en la libertad del paraíso, su casa y estudio, El Castillete.

Con el oleaje del Caribe metido en su sangre, los colores de la pulpa del mamey, la guanábana y  el tamarindo , bajo los cocoteros, inicia sus sesiones como un ritual , lleno de talismanes y sortilegios,  un farol encendido para atraer musas, un cinto mágico para los pinceles y quién sabe si María Lionsa mirándole pintar desde su  panteón tropical.

La vida asilvestrada de Reverón nos hace recordar a Gaugin, ambos buscaron parajes remotos para encontrarse, que no perderse.  La diferencia estriba en que los paisajes del caraqueño eran los suyos, los mágicos atardeceres  y la sinfonía alucinada de la selva, eran los de su propia patria.

Su intenso impresionismo, deslumbra la luz que se impone al color o la forma, comunicando  una alegría inmediata, el goce salvaje y libre, a la intemperie de cualquier estilo, delicado rumor de palmeras y estrépito  de tambores. Su cromatismo evoluciona de los blancos a los sepias, de la luz cae en tierra,  un periodo depresivo, una profunda crisis  psicótica, quizás  una reliquia del tifus que sufrió en la adolescencia, que lo interna en un sanatorio. Sigue pintando allí jardines, y enfermos. Regresa al Castillete, pero su universo se ha vuelto oscuro. Escribe: “La pintura es la verdad; pero la luz ciega, vuelve loco, atormenta, porque uno no puede ver la luz”. Su mundo desborda los lienzos y construye sus inquietantes muñecas, de tamaño natural y enigmáticas miradas,  sedas, melenas oscuras y vaginas, que parecen dispuestas a revivir a una invocación de brujería.  Todo un universo fantasmal se acciona como una caja de música desafinada dentro de su cabeza. Regresa al sanatorio. Aquí suelen cerrar su biografía, presa entre dos fechas: 1889-1954. Su pintura quedo huérfana de discípulos, él amaestraba monos.

La sombra de un  hombre con perfil de robinsón, se alarga por la playa. Es Armando Reverón, busca luces en el crepúsculo,  nadie le ha dicho que estaba muerto, que sólo era ya un puñado de recuerdos.

Sobre el autor:

Eusebio Calonge

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