#CarteleraSur Crítica de la nueva cinta de Álex de la Iglesia.

La Comunidad (2000) era una película brillante, con un guión de precisión y complejidad modélicas, tensión y ritmo cinematográficos siempre crecientes, personajes llenos de carácter, unos actores magistrales… en fin, una obra maestra de ingenio al servicio del costumbrismo más negro. Las películas de Álex de la Iglesia posteriores no estuvieron al mismo nivel, Las Brujas de Zugarramurdi (2013) o Balada triste de trompeta (2010), las más significativas, empezaban con planteamientos muy interesantes y a mitad de metraje se iban de las manos para acabar en finales confusos y desmadrados. Como con Almodóvar, o lo quieres, o lo odias. Así es Alex.

Con un grado menor de confusión que Las Brujas, y bastante menos presupuesto que Balada triste, El Bar muestra igualmente luces y sombras. Entre las luces están la habilidad del director bilbaíno para el retrato, la caracterización psicológica de los distintos personajes, una iconografía entre popular y freak, y unos diálogos siempre frescos. En noviembre de 2015, en París, los clientes se refugiaban en las bodegas de los bares huyendo de las balas terroristas. Por unos días la vida en la calle pareció frágil y al borde del pánico. El bar del centro de Madrid donde se desarrolla gran parte de nuestra historia quiere ser una representación de un estado de ánimo general de pánico y desconfianza y eso está muy logrado con los diálogos y la atmósfera entre rancia y cínica.

Si en La Comunidad era tu propio bloque de vecinos, tu escalera, la que te amenazaba, en El Bar son los parroquianos que comparten el café diario los asesinos potenciales.

La historia, escrita por el propio Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaecheverría, remite a otras películas claustrofóbicas clásicas como Náufragos (Hitchcock), en su retrato de personajes y su progresivo desvelamiento. A la mezcla también añadieron unas gotas de pandemias (la serie B abunda en amenazas químicas) y bastantes más de terror slasher o psicópata (El Resplandor o Cube).
Lo que hace a El Bar diferente a éstas es el humor negro, buñuelesco y azconiano: el hiperrrealismo costumbrista con anclaje en la realidad social, en tipos y usos populares, combinado con el elemento grotesco que deforma las situaciones.

En el haber de El Bar hay que poner a los actores. Todos añaden a la caracterización de sus personajes sus propios matices. El microcosmos de un bar del centro de una gran ciudad con sus distintos tipos urbanos está bien representado: pijas, hipsters, policías quemados, amas de casa frustradas, currantes y colgaos. Blanca Suárez, Secun de la Rosa, Mario Casas, Carmen Machi y Jaime Ordóñez resuelven con mucha solvencia los primeros planos y unos papeles de más recorrido, pero igualmente los más cortos, Terele Pávez –impactante siempre-, Alejandro Awada o Joaquín Climent aportan mucho a esta historia coral.

Entre las sombras de El Bar está un desarrollo del guión que se estanca en el tercio final para dejarse llevar autocomplaciente por las frases bíblicas y un tremendista descenso a las cloacas de la ciudad de la mano de un pirao sobreactuado. Los fans de Álex de la Iglesia probablemente apreciarán este metafórico parto de los personajes a lo más oscuro de la ciudad, a lo monstruoso, lo inconsciente.

En resumen, es una película que nadie excepto De la Iglesia podría haber hecho. Tiene su sello, su universo gamberro, cínico y pesimista. Requiere, como pedía Hitchcock, por parte del espectador el sacrificio de la verosimilitud en favor de la emoción y el sobresalto. Requiere un espíritu siempre adolescente que se deje llevar por lo deforme, por el escarabajo kafkiano.

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