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Como no sólo de Triana o Smash vive el hombre, esta semana permítannos presentarle a una banda que hizo del progresivo su particular marca de la casa, uno de los exponentes más emblemáticos y de mayor calidad, esta vez sí totalmente justificada, del panorama nacional. Hablamos como es natural de Ibio. Será porque aún hoy se habla de un tiempo dónde el progresivo brotaba a la sombra de un brezo, allá en las cabeceras de la cuenca de Deva, Nansa o Híjar. 

Si nos remontamos a 1977, para rememorar las tierras de la comunidad histórica de Cantabria, nos vemos obligados a detenernos en esa enigmática oleada de conjuntos que supieron integrar en las influencias extranjeras, la fuerza de la música, mística y cultura tradicional.

Aunque mal categorizados desde un principio, por lo abstracto que supone, en el rock vasco Ibio fue acogido en el mítico sello Xoxoa dónde comenzó a dar sus primeros pasos como un conjunto sólido, demostrando de inmediato que no pasaría desapercibido entre aquella maraña de jovenzuelos barbudos que soñaban con pertenecer a Yes desde algún barrio del centro montañés.

Formado por Ito Luna, Dioni Sobrado y Mario Gómez Calderón, excomponentes del grupo Bloque y Lili Alegría que estuvo en "Los Dixies", supusieron una respuesta al imperante rock andaluz que venía realizándose desde el sur, uniéndose en la reacción cultural con la máxima de la libertad, de aquellos pueblos oprimidos y condenados en demasía a un folklore popular unitario resquebrajado por los cantos de la juventud ansiada de identidad, perspectivas y futuro.

Y es que Ibio fue abanderado de la música de vanguardia cántabra. Expedicionarios del progresivo con tintes nostálgicos del hard británico.

Ibio, que toma su nombre de la localidad homónima, se hizo muy popular en los círculos especializados gracias a su álbum Cuevas de Altamira, su única experiencia discográfica. De su estilo, si bien no resulta fácil la definición exacta, puede decirse que destaca su fusión. Si como sabe el rock andaluz fusionó el rock, el flamenco y la sensibilidad andaluza, Ibio lo hizo con la música tradicional norteña, autóctona de Cantabria y el sinfonismo e incluso krautrock alemán. Los resultados son admirables.

Aunque Cuevas de Altamira tuvo un reconocimiento comercial escaso, tal fue su éxito underground, que terminó por colocarse en puestos de ventas japoneses. Cuevas de Altamira está lleno de temas de sensibilidad popular, dónde se incluye una instrumentación barroca, sobrecargada de teclados sinfónicos de extremada belleza (qué bien recuerdan a los formidables hermanos Marinelli).

Como anécdota cabe resaltar que la producción aunque algo tosca, conviene recordar que la tecnología y la profesionalización nacional no era la más adecuada, le corresponde al mítico Gonzalo García Pelayo. En definitiva es Ibio un grupo relevante en el panorama sonoro español, un digno estandarte de nuestro rock, imprescindible para los amantes de la buena música.

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