Blade Runner 2049 (Estados Unidos, 2017, 163 min.) Dirección: Denis Villeneuve; Guión: Hampton Fancher, Michael Green; Personajes: Philip K. Dick; Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch; Fotografía: Roger Deakins; Reparto; Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Edward James Olmos.

Blade Runner, película de culto, alguna frase memorable, reflexión sobre nuestra condición de criaturas con fecha de caducidad, caprichos de un Creador … Blade Runner era todo eso pero sobre todo, una actualización del cine negro, el de las novelas de Chandler y Hammet. El amargo y desesperanzado mundo de los detectives Philip Marlow o Sam Spade, con su estética expresionista y su desarrollo elíptico, era trasladado por Philip K. Dick y Ridley Scott a las igualmente peligrosas, y permanentemente iluminadas calles del Chinatown de Los Angeles de un futuro 2019.

El tratamiento de la luz y la sombra en la impactante recreación, entre retro y futurista, de interiores y exteriores y la fuerza de los personajes nos hizo perdonarle a Scott un final complaciente (anda por ahí la otra versión del final, más acorde con la dureza del relato). Denis Villeneuve (La Llegada —2016—, Prisioneros —2013—, Incendies —2010—) parte ahora de ese final feliz para dirigir una secuela firmada por los guionistas Hampton Fancher y Michael Green, que retoma la historia de algunos de esos personajes en el Los Angeles de 2049.

La sensación de estar viendo un remake más que una secuela es inevitable en el arranque de Blade Runner 2049. Los replicantes Nexus siguen ahí, preguntándose por el sentido de su existencia. El detective-desactivador aligera su pesimismo y soledad con un trago de whisky, mientras decide quién es bueno y quién es malo.Sin embargo, Villeneuve es un director más sutil, si bien menos visceral, que Ridley Scott. Blade Runner 2049 sí ofrece novedades, y muy sugerentes. En 1982, estreno de la original, preocupaban la superpoblación e inseguridad de las metrópolis y la creciente invasión de la publicidad en la vida privada. En 2017 preocupan el cambio climático, el envenenamiento del planeta, los movimientos migratorios y nuestra dependencia de la tecnología.

En ese sentido la película de Villeneuve es tan impactante y bella como la de Scott. La naturaleza está amortajada en plástico y reseca. Los restos muertos, pero aún en pie, de un árbol solitario adquieren la condición de reliquia. La megalópolis está continuamente sumida en una sábana de niebla y lluvia gris que oculta la luz del sol y sólo la luz holográfica de reclamos publicitarios aporta vivacidad a las calles. La soledad se mitiga con la realidad virtual y muros aíslan en guetos a los indeseables.

Los androides, antaño mano de obra esclava en explotaciones mineras de otros planetas, ahora parecen ser los únicos que sienten nostalgia por la naturaleza virginal, la creación de vida, la fecundación. Parecen ser los únicos que aún aprecian un buen puchero. Esa es la gran novedad de esta película, los replicantes aceptan su fecha de caducidad pero quieren perpetuarse, ser fecundos, tener alma.

El caza-replicantes K (Ryan Gosling) hace un descubrimiento que podría hundir a la humanidad en el caos y al mismo tiempo inicia una búsqueda de su propia identidad. Es un descenso literal a los infiernos de la tierra, muy bien tratado visualmente, con pinceladas del surrealismo de Dalí, Ernst y Chirico y algunas gotas del realismo gótico del Oliver Twist, de Dickens.La comparación de las dos películas no deja a ésta en mal lugar. Es verdad que no está la música de Vangelis, pero los efectos sonoros añaden espectacularidad y emoción. Las icónicas pantallas gigantes de neón de la película de Scott, ahora en 2017 no suponen ya ninguna novedad, pero la desolación de las calles, la frialdad de la arquitectura y la soledad en la multitud siguen ahí. El agente Deckart (Harrison Ford), achacoso, sigue ahí. Ryan Gosling, en su línea adusta habitual, hace un trabajo convincente y en algunos momentos sensible.

Villeneuve se esfuerza por estar a la altura del original y frente al estilo visual y directo de Scott, se deja llevar a veces por un discurso trascendente y un argumento algo confuso en el que introduce un elemento mesiánico totalmente ausente en la historia de Philip K. Dick.

Los nostálgicos de la película original no deberían tener razones para subestimar Blade Runner 2049. Es cine negro, es ciencia-ficción y es drama, aderezado con una suculenta reflexión sobre nuestra relación con la tierra, nuestra ilimitada capacidad para la destrucción y para la creación.

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