Isabel Bayón exorciza sus temores, prejuicios y supersticiones en 'Dju-Dju', una creación de Galván y G. Romero con la que es una mujer la que vuelve a llevar la danza flamenca al límite y a plantear un equilibrio posible entre 'jondo' y grotesco.

“El día que yo nací mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo”. La frase tiene más de 400 años y la pronunció el filósofo Thomas Hobbes. Mucho antes, dejó dicho Aristótoles, “el que ha superado sus miedos será verdaderamente libre”. Los miedos, innatos o adquiridos, difícilmente se superan del todo, pero pueden en buena parte exorcizarse. Muchas cosas seguirán por siempre provocándonos yuyu, jindama, respeto, pánico, pavor… pero casi siempre la única manera de avanzar es enfrentarse a todo eso con decisión y abiertos en canal. Retar a nuestros propios fantasmas, a nuestras supersticiones y prejuicios. Como si Isabel Bayón e Israel Galván fuesen aquel matrimonio difunto de Bitelchús que recurre a un delirante bioexorcista para expulsar a los insensibles y esnobs inquilinos que se han apoderado de su casa, juntos unen sus fuerzas junto a Pedro G. Romero, autodefinido como “palmero conceptual” de este trabajo que han presentado en el XXII Festival de Jerez, para garabatear un nuevo desafío a los límites del flamenco y plantearnos una experiencia sobrenatural, en un equilibrio sano y posible entre lo jondo y lo grotesco, lo profundo y lo chabacano.

La referencia a una de las primeras maravillas de Tim Burton, por cierto, se hace obvia con ese cierre brillante con el Jump in the line (shake, shake Senora), de Belafonte, con el que Wynona Ryder levitaba en la película y con el que, aquí, la compañía se despide del público bajo la siempre edificante división de opiniones del respetable. ¿Pero qué ha pasado durante los 90 minutos anteriores a ese desenlace? Hay tres opciones: un bodrio ‘no flamenco’ que perturba los sentidos —el flamenco se muere, episodio cien mil—, un puro divertimento incalificable con el que el flamenco, oh sorpresa, al fin empieza a tomarse menos en serio y a demostrar mayoría de edad, o una experiencia introspectiva lisérgico-jonda como rara vez disfrutamos —a Fla.co.men o El final de este estado de cosas, cumbres galvánicas, le rogamos—.

A tenor de las reacciones del “estupefacto público”, como se dirige al mismo en un momento del montaje Jesús-Cristo Torres, tocaor, showman y mesías de la velada, cada cual sacó sus propias conclusiones, aunque mucho nos tememos que, como ya sucediera con Rocío Molina y su Caída del cielo en este mismo certamen, hay algunos postGalván que ya no se arañan para arriba cuando el sevillano presenta sobre un escenario lo que le da la real gana, pero que no soportan ahora que sean mujeres quienes deconstruyan y revienten a su antojo, siempre desde el profundo conocimiento y con un trasfondo no gratuito, los tópicos y clichés más manidos. "Pureza, bien; pero no demasiada, porque somos esencialmente impuros", sostiene Antonio Machado en su Juan de Mairena. Y ese día, claro, tenía que llegar para Isabelita, que ya es Isabel, la Bayón. A la que a veces, como a todos, le sigue agarrotando el miedo de la tradición, la superchería y los prejuicios. Cosas que la sacan de escena —ese cantaor, Alejandro Villaescusa, a la altura del personaje, sin microfonía; y esa bailaora, observando la escena desde el fondo de su propia mente—, pero a las que no tenía más remedio que enfrentarse. Sin tapujos. De cuerpo presente.Nuevamente de la mano de una de esas nietas de las brujas que no pudieron quemar, Bayón irrumpe en escena desde el patio de butacas ‘volando’ en su escoba. Va a bailar al mal fario que dicen que tiene cantar villancicos fuera de temporada. Va a realizar pócimas mágicas en un aquelarre goyesco al grito de redrum (sí, acompañada de las gemelas de El resplandor versión flamencas-runners gracias a Alicia Márquez y Nieves Casablanca), va a hacer tweerking y va pasar por debajo de una escalera con un electrolatino de ida y vuelta que acaba en rumba dionisíaca. Va a echar más gasolina por el escenario bailando una farruca con sombrero de ala ancha amarillo y transformándose de flamenca en cabra, sin complejos, mientras Jesús Torres describe la escena a viva voz al más puro estilo Félix Rodríguez de la Fuente, y Alejandro Rojas-Marcos se encarga del órgano y el clavicordio en esta misa negra que rinde culto al Satanás de la heterodoxia y caricaturiza a los dioses del purismo.

Un espectáculo antisistema. Un trabajo radical porque ataca a la raíz misma de todos los miedos flamencos en un baile poseído dentro de una propuesta invocadora y evocadora. Aparecerá Ghostface, el pyscho-killer de Scream, para cortar las seis cuerdas de Torres, que pese a todo seguirá tocando. Derrapará el cantaor en la petenera del niño turco, que en realidad es un romance sefardí, ¿o es un estilo mexicano? Al final, insistía Machado, somos esencialmente impuros. Acabará Bayón, antes de la despedida, a grito pelado, ya liberada y azalvajá, cantando por aquella coplilla de Tomasito, otro flamenco mestizo, de tez mulata y genes africanos: “De preso yo me he escapado, cuatro jaulas yo rompí…”. Era el miedo, que ya había mutado en valentía.

Idea: Isabel Bayón e Israel Galván. Dirección y coreografía: Israel Galván. Aparato: Pedro G. Romero. Baile: Isabel Bayón, Alicia Márquez y Nieves Casablanca. Guitarra:Jesús Torres. Cante: Alejandro Villaescusa. Clavicordio y órgano: Alejandro Rojas-Marcos. Repetidor de baile y asistente coreográfico: Marco de Ana. Dirección ensayos: Balbina Parra. Diseño de sonido: Pedro León. Técnico de sonido: Manu Meñaca. Diseño de iluminación: Rubén Camacho. Técnico de luces: Antonio Valiente. Maquinista: Pedro Romero. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 9 de marzo de 2018. Aforo: Tres cuartos de entrada.

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