Segunda parte de la crónica delviaje de la compañía flamenca Jerez Puro a Marruecos.

Regalándome un perfil faraónico y una educación que rayaba la servidumbre el chófer marroquí me contó, tras unas matemáticas que vislumbré en el iris de su ojo derecho y mientras me llevaba de vuelta al hotel para coger la ropa que se me había olvidado en la habitación, que su casa al sur de Casablanca valía 20.000 euros. 20.000 euros. 2.000 de entrada y 100 euros -siempre al cambio con el dirham- al mes. En un juego macabro comparé su obligación con la que me persigue en Jerez y se me cayó la cara de puro espanto aunque en aquella pequeña travesía de Fiat Ducato, en la que cruzamos de este a oeste la ciudad, también comprobé la relatividad de las cosas y la impronta de las circunstancias.

Sobre la cinta gris del asfalto, sin dejar de dar bandazos de un lado a otro, me contó que la gente que no quiere trabajar en su país no come, que la gente que está enferma vive gracias a la caridad de su familia o de las asociaciones vecinales, que la gente que está sola acaba muriendo.

La borrasca que brotaba del Atlántico no fue capaz de enturbiar mi idea de la existencia de dos presentes muy distantes separados únicamente por catorce kilómetros de mar, sal y negocio... Y mi hermano que proclama, en calenturas de Facebook y en su valentía de emigrante acostumbrado, que quiere venir a vivir aquí.

Estoy cansado de saber que en ninguno de los dos lados hay paraíso para nadie. 

Esa misma mañana, bajo el techo de su mezquita, comprobé que todo está reglamentado: el espacio para las mujeres, el blanco de Carrara para la entrada del Edén en la Tierra, la más grave de entonaciones para los versos más duros de creer del Corán... Salirse del tiesto en el reino supone la blasfemia y el olvido; no entrar por el aro, en nuestra sociedad occidental gobernada por la religión del capitalismo, supone exactamente lo mismo. Supone acabar, en muchos casos, como un desecho en un asilo de una estrella o que encuentren tu cadáver, entre los muros de tu casa, cuando el olor que desprendas sea insoportable.

“Trois minutes” le dije al chófer mientras entraba ya por la puerta del hotel. Pasé por el estridente detector de metales que vigilaba un simple botones y desaparecí entre las lámparas del hall para reaparecer ya con la ropa y los zapatos de salir. Fueron dos minutos.

Volvimos tras nuestros pasos pero ya con el océano de cara. Tenerlo de frente le llevó a señalarme las Islas Canarias, con la punta de unos dedos que nunca dejaron el volante, como si estuvieran ahí mismo -y no a centenares de leguas- tras los bañistas que iba escupiendo la marea. Recuerdo que los rayos anaranjados del sol, con la tarde, se agolparon sobre la luna de la furgoneta como las células del cuerpo se apiñan supuestamente en la sangre que nos hace vivos.

Pero es que todo está ahí, como las Canarias, a la vuelta de la esquina. La infamia del robo de un bolso a medianoche, la alegría de subirse a un escenario, el vértigo de saberse a 2.000 kilómetros de lo que se ama profundamente, el hambre que entra cada tres horas, la muerte..., nuestra propia muerte. Para ese Todo el ser humano no ha parado de inventarse religiones que pudieran alejarlo o mantenerlo al alcance de lo que anhela o teme; como tampoco ha parado de matar para salvar esa religión que siempre, extrañamente, acaba por perdonarle todo.

Yo, que no soy de perdonar tampoco seré -por esta sencilla regla de dos- de condenar. No veré con malos ojos que coman con las manos su tajín, ni que sus mujeres se cubran de velos negros, no cuestionaré que se agarren a su religión cinco veces al día, tampoco repudiaré su cruda fiesta del cordero... Nunca lo haré porque este Marruecos que he visto es nuestro Jerez de hace 30 años. Un Jerez que nadie se atrevió a condenar por sus lutos negros, por sus alambradas de espinos, su machismo de bar barato y su húmeda religiosidad de cuarto oscuro.

Este Marruecos fue nuestro Jerez..., a punto de ser devorado tristemente -como una noche también lo fuimos- por la apocalíptica religión del dinero.

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