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Con la misma frescura con la que se habla de operaciones de pechos, liposucciones, cuernos y folleteo cañí, se afronta este delicadísimo suceso. Son los mismos, en el mismo plató y con idéntica soltura.

Mise en place. Esta expresión francesa empleada comúnmente por los cocineros profesionales significa algo así como “puesto en su lugar” o “preparado con anticipación”. Viene a querer decir que en toda receta hay un momento idóneo para incorporar cada ingrediente, al igual que en una melodía existe un instante preciso para cada nota. Al contrario que en las matemáticas, ante los fogones parece que el orden de los factores sí que altera el producto. Esta maniobra también nos hace estar seguros de que ya hemos puesto la sal y nos libra de la incertidumbre perpetua de no saber si habremos de rectificar el punto o será ya demasiado tarde. Nos vacuna contra los menús más sosos y contra los incomibles. Trasladado de la mesa a la vida, la idea quedaría plasmada en el acertado leit motiv “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”. Y es que así es. En nuestro paso por este mundo, tan importante como saber qué decir es entender cuándo conviene decirlo. Y al contrario. Sobre todo, al contrario.

Esta semana, al dolor y la rabia que todos hemos soportado se le han unido algunos cuantos deleznables episodios. Si en nuestra retina quedará ya para siempre el aleteo y la sonrisa inmortal de ese niño que nos arrebataron demasiado pronto, otras palabras y otras imágenes también nos resultarán difíciles de olvidar. Aún no sabemos cómo hemos podido sobrevivir a la infamia de esa pluma que sataniza la lucha feminista y proclama que “una mujer asesina, inmigrante y de color lo tiene todo para ser inocente pero que, sin embargo, igual que cualquier hombre, ha matado”. Sobran los calificativos y, especialmente, la mala sangre. Mezclar lucha feminista e infanticidio no solo no procede, sino que auguramos que la receta solo puede tener éxito en el lado más abyecto, polvoriento y extremo de la mesa. Ese que suele quedar muy al fondo a la derecha.

Por si fuera poco, estos días el menú se nos sigue atragantando. Más de cuatro horas diarias de sublimación del sufrimiento con guarnición de morbo no merecen menos. El espacio reservado a los mentideros del cotilleo por excelencia en la cadena más vista vuelve a traspasar la frontera y dedica programas enteros al debate sobre el caso del niño asesinado. Con la misma frescura con la que se habla de operaciones de pechos, liposucciones, cuernos y folleteo cañí, se afronta este delicadísimo suceso. Son los mismos, en el mismo plató y con idéntica soltura. Explotando hasta límites insospechados las cotas más repugnantes del amarillismo y descubriendo nuevas dimensiones del subsuelo catódico. Y la cosa promete seguir. Poco importa que el caso esté cerrado, con la asesina confesa en prisión, la pobre víctima bajo tierra, la familia deshecha y los españolitos de a pie aún en shock. A ningún ciudadano de Roma se le habría ocurrido trasladar el senado al coliseo. Meter asuntos de estado, de ciudadanía, de civitas en el circo no cabía en cabeza alguna. Entonces, no. Ahora parece que somos algo menos civilizados. Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Eso o se malogra la receta. Ya lo dicen los franceses.

Gabriel Cruz, in memoriam.

Sobre el autor:

Jorge Miró

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