La larga vuelta a casa del abuelo Pepe

En 1946, José Marchena partió a hacer la mili a Cerro Muriano, donde murió al mes de llegar. Tras 72 años ha vuelto a su pueblo, Trebujena, después de que su familia, entre ellos su viuda, diera con el paradero de su tumba en el cementerio de Córdoba

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Al final del 38 son llamados a la Guerra, la generación más joven, ‘la Quinta del Biberón’.

Se subieron al camión como si fuera una fiesta, pero él fue el único que no volvió.

Fragmento de la canción Justo, de Rozalén

En el número 4 de la calle Málaga, en Trebujena, Petra Diánez Arellano, 96 años, guarda luto desde hace 70. La anciana, de cara y manos arrugadas, piernas débiles y mente lúcida no ha dejado de llorar, cada día, por aquel joven muchacho del que se enamoró en la posguerra. José Marchena Villagrán, Pepe el del Lino era “una buena persona” y un trabajador nato. Hombre de campo, conoció desde muy joven el significado de la palabra esfuerzo. El mayor de ocho hermanos, perdió a su padre con 15 años y desde entonces se convirtió en el cabeza de familia, con todas las responsabilidades que eso conllevaba en aquella dura época de hambre y miseria. Esa condición de paterfamilias le libró de hacer la mili llegado el momento. O eso al menos creyeron él, su madre Pura y su novia Petra. Sin embargo, un adinerado del pueblo sobornó a la persona adecuada para que su hijo se librara del servicio militar. El azar, o quizás algo más, quiso que fuera Pepe el elegido para sustituir a éste. Obligado por las circunstancias, cargó su modesta maleta con la poca ropa que tenía y algunas fotos de su madre, Petra y Josefa, la hija que le dio su novia ocho meses antes, y partió a Cerro Muriano, en Córdoba, en la primavera de 1946. Nunca regresaría a Trebujena… hasta este mes de enero de 2018.
Un adinerado del pueblo sobornó a la persona adecuada para que su hijo se librara del servicio militar. El azar, o quizás algo más, quiso que fuera Pepe el elegido para sustituir a éste.
La historia se ha transmitido de generación en generación en la familia Marchena. Para unos era el abuelo Pepe, para otros el tío. Para Josefa, su padre, ese que no llegó a conocer debido a su corta edad. Y para Petra, su amado, su querido Pepe. “Ha sido la novia eterna. Nunca ha estado con otra persona que no fuera él”, señala Antonio Marchena, su sobrino. Como ya está dicho, Pepe marchó a Córdoba para hacer el servicio militar en abril de 1946. Apenas un mes después, una pareja de la Guardia Civil de los de antes, de capa y tricornio, se presentaba en el domicilio de Pura Villagrán, solicitándole que acudiera al cuartelillo, donde le darían noticias de su hijo. Pura, por ese sexto sentido que tienen las madres, ya se temió lo peor. Pidió a su hermana y a una de sus hijas que la acompañaran, y allí les hicieron entrega de dos cartas: una informaba de que su hijo estaba enfermo, la otra, que ya estaba muerto y enterrado. Según el escrito, firmado por el capitán de campaña Mariano Martín Benavides, Pepe ingresó en el hospital el 25 de mayo de 1946 aquejado de una bronquitis aguda. El 29 de mayo “dejaba de existir” debido a complicaciones. Según los médicos, un “fuerte derrame interior que le ocasionó la muerte”. En su familia nunca creyeron esa versión. Un joven sano y fuerte no podía morir en apenas tres días de una bronquitis. “Lo mataron. Seguro”, afirma convencida su nieta Francisca.Petra, a pesar de los años transcurridos, recuerda perfectamente el momento en que conoció la luctuosa noticia. Cargaba un cántaro para llenarlo de agua cuando una sobrina, que no levantaba dos palmos del suelo, le dijo que Pepe había muerto. Enseguida corrió a casa de su suegra, donde le lloraron y velaron durante tres días y tres noches, aun sin el cuerpo del joven. Los únicos recuerdos que recibieron de él fueron los objetos personales que les mandaron desde Cerro Muriano: dos pañuelos, un par de calcetines, una maquinilla de afeitar, cartas, una cartera con fotografías, un peine, una pastilla de jabón y 24,80 pesetas enviadas por giro postal. “Si tuviera ropa de paisano, ignoro donde pudiera tenerla, pues preguntando a sus amigos no dan razón de ella”, explicaba el capitán Martín Benavides en el escrito que remitió a su madre. Pasaron los años. Pura Villagrán murió, aunque ya lo hizo en vida, enlutada en negro hasta el día de su muerte. La pérdida de su hijo Pepe le afectó de tal manera que no podía oír hablar de él ni ver ningún recuerdo suyo. Todo fue retirado de su casa. Quizás por eso, esas cartas informando de su triste final acabaron en un baúl que, a su vez, terminó en manos de una hermana de Pepe, fallecida hace tres años. Sus familiares, rebuscando en las viejas pertenencias de su madre, encontraron las cartas. Enseguida se lo comunicaron a la familia, que nunca imaginaron que, tantas décadas después, lograrían tener alguna pista del paradero de Pepe. En concreto, otra de esas cartas, del cementerio de San Rafael de Córdoba, informaba que había sido enterrado el 29 de mayo de 1946 en el número 25 del cuadro de San Sisenando, una parcela del camposanto destinada a militares.Fue entonces cuando empezaron a pensar en la posibilidad real de que pudieran recuperar su cuerpo, aunque también les asaltaron dudas. ¿Estaría en una fosa común? ¿Merecía la pena reabrir la herida? Así pasaron cerca de dos años hasta que en casa de Ana Galindo Marchena, sobrina de Petra y Pepe, escuchan una canción: Justo, de Rozalén, que narra la historia de un joven que partió a combatir a la Guerra Civil y no volvió a casa. Le recordó la historia de su tío y lo comentó en casa, y a sus primas. Fue entonces cuando en la familia se decidieron realmente a buscar a Pepe y traerlo de vuelta a casa más de setenta años después. El pasado septiembre empezaron a gestionarlo todo. Se pusieron en contacto con el cementerio, con asociaciones de la Memoria Histórica y con el ministerio de Defensa, puesto que ese pedazo de terreno donde estaba enterrado le pertenece. Tras meses de papeleos y burocracia que casi acabaron con su paciencia, los Marchena por fin recibieron la noticia: el 27 de enero podrían exhumar el cuerpo. 18 familiares en cuatro coches se desplazaron a Córdoba. En casa se quedaba Petra, debido a su edad. Los nervios atenazaban a todos, más cuando el funcionario del cementerio no paraba de excavar sin resultados. “Hace unos días pasó lo mismo y no encontramos ningún cuerpo”, les advirtió temiendo lo peor. Pero entonces, tras una de muchas paladas, apareció la punta de una bota. Y luego un fémur, y luego el crucifijo que se colocó en la caja donde enterraron a Pepe… Poco a poco fue descubriéndose el esqueleto bien conservado del joven trebujenero. “Abuelo, qué han hecho contigo, abuelo”, gritó sollozando su nieta Francisca. Josefa, la hija de Pepe, tampoco pudo contener las lágrimas al ver por primera vez a su padre, aunque fuera en ese estado.Los restos del Linero fueron introducidos en una bolsa de plástico y, a su vez, en una pequeña caja. El viaje hasta Trebujena fue largo, pensando sobre todo en Petra. “Cuando no daban con los huesos sólo pensábamos en ella. Creíamos que iba a morir en la orilla, sin poderlo ver nunca más”, relata su yerno. Y entonces llegaron al número 4 de la calle Málaga, y allí que se abrazó Petra a la caja de su difunto Pepe, ese con el que se hubiera casado si no hubiera partido a Córdoba. “Lloró tanto o más como si hubiera muerto ese día”, relata Francisca. Así que, casi 72 años después, Pepe regresó a su casa. El trebujenero tuvo su misa de difuntos y un entierro más digno del que pudo recibir en Córdoba. En el cementerio, bajo su tumba, una placa recuerda su historia: “Te separaron de nosotros de un día para otro, pero nunca quedaste en el olvido. Y a pesar de los años, siempre te hemos llevado en nuestro corazón con mucho dolor. Por fin el destino ha hecho que te hayamos encontrado. Tu familia que te quiere”.

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