La activista saharaui Násara Lahdih: "No hay una sola sociedad que no necesite feminismo"

La joven forma parte del Observatorio Wassyla Tamzali, una asociación que da herramientas a las mujeres magrebíes que residen en España "en su camino hacia su emancipación"

La feminista saharaui Násara Lahdih Said, posando tras la entrevista con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA
La feminista saharaui Násara Lahdih Said, posando tras la entrevista con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

Násara nació en un campamento saharaui, donde vivía con lo justo y en verano soportaba temperaturas cercanas a los 60 grados. “Era una experiencia muy dura”, recuerda, “pero a pesar de todo tuve una buena infancia, fui feliz”. En el campamento “se vivía como se podía”, comiendo sobre todo arroz y lentejas —“nos daban un kilo por cada miembro de la familia”, dice—, procedente de la ayuda humanitaria de las ONG que operan en la zona y de familias españolas colaboran con la causa.

Allí, entre tiendas hechas con retales de tela y rodeada de dunas, la pequeña Násara Lahdih Said jugaba al fútbol, a pesar de que le repetían una y otra vez que era “cosa de hombres”. “Pero yo siempre he tenido mucha personalidad”, señala la joven saharaui, que sin saberlo defendía desde muy pequeña los valores del feminismo y se oponía a los valores impuestos por la sociedad en la que nació. “Me molestaban que me dijeran que por ser mujer era yo quien tenía que limpiar”, dice Násara, nacida en el seno de una familia saharaui, donde emprendió una “lucha doble”, por ser mujer y por ser refugiada.

Con once años, dentro del programa Vacaciones en paz, llegó a Asturias, donde una familia la acogió durante un año. “Me tenían que operar del oído y así conseguí quedarme”, explica. A la joven Násara lo que más le alucinaba era “que no veía arena en el suelo”, dice entre risas, y tras su breve paso por el Norte de país recaló en las islas Canarias, donde estuvo hasta los 21 años. “Allí sufrí mucho racismo, en el instituto fue brutal, siempre había alguien que me recordaba a cada paso que era una mora de mierda”, recuerda.

Násara, en un momento de la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

La joven saharaui llegó a la provincia de Cádiz hace seis años, y después de residir en la capital y en otras poblaciones como Chiclana o Barbate, ahora vive en Jerez, donde trabaja en una ONG al mismo tiempo que estudia Derecho en la universidad, después de obtener en 2017 uno de los premios a la mejor trayectoria educativa en Educación Secundaria y Bachiller de toda la provincia. “Trabajaba por las mañanas, estudiaba por las tardes y trabajaba también por la noche”, cuenta, “quería la mejor nota porque no pude formarme a tiempo por todo lo que había sufrido en mi vida”.

La eclosión del 8M le abrió los ojos a Násara. “Ahí supe lo que es el feminismo, fue maravilloso, porque empecé a ver mi realidad, no era consciente de las limitaciones que me imponían y por qué las tenía”. Desde Jerez forma parte del Observatorio Wassyla Tamzali, una asociación que busca informar y dar herramientas a las mujeres magrebíes que residen en España “en su camino hacia el pleno uso de la libertad individual y su emancipación”.

La organización toma el nombre de Wassyla Tamzali, una escritora, abogada y militante feminista argelina, firme defensora del laicismo y de los derechos de la mujer. “Llevamos a cabo una lucha laica, solo así podremos evitar el aumento de la radicalización”, explica Násara, quien considera que “no hay una sola sociedad que no necesite feminismo”. De la que procede, aún más. “En 2011 hay un auge del feminismo árabe y musulmán, pero muchas mujeres lo defienden desde el anonimato, porque nos enfrentamos a algo muy poderoso y totalitario”, señala.

La joven saharaui Násara Lahdih Said, durante la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

Ella, mujer saharaui, ha sufrido “las opresiones del patriarcado” en una sociedad donde “te corta las alas la dependencia emocional que tienes de tu familia”. “Yo vivo en una mini-sociedad islámica donde no puedo respirar”, comenta Násara, quien critica el “patriarcado de coerción”, como ella lo llama, que existe en los países islámicos, “donde hay un sistema social, militar y político en el que quienes ostentan el poder son varones”. “La coerción —continúa— implanta un modo de vida que impone la feminidad en su máxima expresión”, algo de lo que “pocas mujeres —de estos países— son conscientes”.

Násara Lahdih Said, convencida feminista, se declara “antivelo, anti-islamismo y anti todo lo que excluya”. Para ella, una mujer que se considere libre no puede usar hiyab —el velo que cubre cabeza y pecho de mujeres musulmanas—, un discurso que “a la izquierda acobardada le ha venido grande”, apunta, criticando “el relativismo moral de los partidos de izquierdas que dicen que forma parte de su cultura”. Por el contrario, partidos como Vox se aprovechan de ellos, “y usan el discurso de las moras laicas para justificar su odio”.

“Hay mujeres islámicas que nos llaman putas y occidentalizadas”, confiesa con pena, ya que ella lucha “contra la radicalización de la población” y reivindica “la colectividad humana, estoy en contra de separar colectivos y hermetizarlos”. Una lucha en la que no está sola, ya que cada vez más moras laicas levantan la voz contra las múltiples opresiones a las que se ven sometidas desde su nacimiento.

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