María Barrones se lió el lenço a la cabeza y cogió una bolsa con colores que reflejaban su idiosincrasia, para empoderar a las mujeres mozambicanas. Esta jerezana de 25 años quiso viajar a Mozambique cuando tan solo tenía 13. Que su padre, enfermero y vicepresidente de Siloé, la asociación jerezana de ayuda a personas que conviven con el VIH/SIDA, fuese todos los años a prestar ayuda sanitaria al país africano desde 2004, hizo mella en sus deseos.

Quiso que le regalaran un billete a Mozambique cuando cumpliera la mayoría de edad, pero todavía no había llegado la hora: “Demasiado pequeña”, recuerda que le decían. No era país para niñas. No hay que olvidar que una de cada dos mujeres sufre violencia de género en Mozambique, según la ONU Mujeres. Su sueño tardó y mientras María esperaba su billete, se graduó en Trabajo Social por la Universidad Pablo de Olavide, se hizo voluntaria en Cáritas, cursó unas prácticas en Siloé y creó Al Hilo, su propia marca de ropa hecha a mano. Ella no era consciente de que cada paso que daba la acercaba cada vez más a la costa sudafricana. Y fue finalmente en septiembre del pasado año cuando María recibió la llamada que tanto ansiaba.

Jerez tiene un vínculo especial con el pueblo mozambicano desde que un párroco de San Juan de Dios empezase a interesarse por los niños del Sur de África a principios de siglo. Siloé recogió el testigo de este buen samaritano para construir en 2004 un lar (hogar) para los niños y niñas huérfanos de Munhava, un barrio pobre de la ciudad de Beira.

En la actualidad, la asociación continúa manteniendo, a duras penas, el orfanato de Mozambique donde residen cerca de 100 niños, y desde 2016 realiza un nuevo proyecto para formar a la mujer mozambicana en materia de costura. Ahí es cuando María Barrones entra en acción. La asociación para el desarrollo de la mujer mozambicana Concha Fernández (ACFD) le planteó a Rosalía Bejarano, presidenta de Siloé, llevar a cabo el proyecto Costurar, cantar e viver que consistía en crear una empresa textil solo de féminas en el barrio Munhava con el objetivo de que las mujeres conquistaran un sector totalmente copado por hombres. La presidenta de la asociación jerezana no dudó. María reunía todos los requisitos y la llamó. “Piénsatelo, me dijo. Pero yo no tenía nada que pensar. Por supuesto que quería ir”, cuenta.

María Barrones enseñando costura a las mujeres mozambicanas en Munhava.

El proyecto lo elaboró ella con Rosalía Bejarano y Sonia Reyes, técnica de cooperación de la asociación, desde septiembre de 2016 hasta abril de 2017. Es al mes siguiente, a finales de marzo, cuando María voló hacia Sudáfrica junto a otras cinco personas para luego llegar a la costa de Beira gracias a la financiación de Cáritas, la organización que más está apostando por este proyecto. María Barrones estuvo un mes en Mozambique. Un mes enseñando a nueve mujeres a hacer medidas, cortar, coser… “La experiencia ha sido muy bonita y muy gratificante. Pero muy, muy dura”, expresa.

“Allí no solo hay pobreza, hay miseria”, continúa. Agua sucia, fango, carreteras llenas de boquetes, prostitución, niños que se alimentan de basura y que luego tienen que ser desparasitados, son algunas de las estampas crudas que ha contemplado esta joven jerezana. “Sobreviven con lo que encuentran, con lo que pueden. Las mujeres y los niños recogen arena y piedras para luego venderlo en la construcción”, explica.

Mozambique presume de tener una de las legislaciones más feministas de toda la geografía africana. Sin embargo, ellas, las féminas, son las hormigas obreras del país, donde hacen el trabajo más forzoso y peor pagado, mientras que los hombres trabajan menos horas con una retribución económica más elevada. “En Mozambique tratan a las mujeres como un cero a la izquierda, como si no fueran nada. Pero luego ellas son las que llevan adelante la casa, la familia y el trabajo”, comparte María. En un país donde la esperanza de vida roza los 55 años de edad, la peor parte se lo lleva la mujer. "Ellas están en las explotaciones de tierra de cultivo, son las que buscan agua, las que quitan las malas hierbas y las que trabajan en las minas de carbón, un producto barato con el que cocinan”, añade.

Durante su estancia en Beira, María se encontró con dificultades a la hora de impartir sus clases de costura. Principalmente, tuvo problemas de comunicación. El idioma oficial de Mozambique es el portugués, ya que hasta 1975 el país estaba regentado por las tropas y colonias portuguesas. Ella sabía a dónde iba y estuvo aprendiendo el idioma semanas antes de partir. Sin embargo, no esperaba encontrarse con diferentes dialectos y con mujeres analfabetas.

“Que no supieran leer y escribir fue lo peor. Me quedé impactada”. Las siguientes dificultades fueron menores, como por ejemplo la puntualidad o el respeto al material con el que estas mujeres trabajaban. El resultado de la primera fase del proyecto Costurar, cantar e viver fue muy positivo. Las mozambicanas aprendieron a coser a máquina e hicieron faldas, lenços y bolsas. Estos últimos accesorios llevan en sí una carga simbólica, como bien explica María: “La bolsa representa la unión y la igualdad, y con el lenço, lo que decora la cabeza, queríamos que ellas recogieran todas las ideas positivas de las mujeres y las asimilaran”.

Una mujer mozambicana cosiendo a máquina.

En agosto de este año María regresará para llevar a cabo la segunda fase del proyecto, donde quiere empezar ya con los trámites burocráticos para que la empresa textil de estas mujeres comience a ser pronto su medio de vida. "Son mujeres muy fuertes y muy valientes. Superan sus propias adversidades y tienen muchas inquietudes y muchas ganas de aprender", valora María. "Aprendes a trabajar con mujeres que al mismo tiempo están cuidadon de sus hijos. Eso aquí es impensable o está mal visto. Pero es que si no es así, ellas no pueden hacer nada", apostilla sobre una cultura donde las mujeres viven por y para los hijos.

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