La historia de José Domingo Jiménez, un extremeño de 47 años, refleja el impacto devastador que puede tener un diagnóstico médico equivocado. Durante más de dos décadas, vivió convencido de que padecía una enfermedad degenerativa que condicionaría su vida para siempre. Todo comenzó cuando, a los 26 años, acudió al médico por un dolor de espalda y fue diagnosticado de espondilitis anquilosante, una patología crónica que puede derivar en graves complicaciones con el paso del tiempo.
Aquel diagnóstico marcó un antes y un después. Según ha explicado, el golpe emocional fue inmediato: "La verdad que me cambia todo, me cambia todo, porque asimilarlo es duro". A partir de ese momento, su vida giró en torno a una enfermedad que asumió como irreversible, adaptando su rutina y sus expectativas a un futuro limitado por el deterioro físico.
Las consecuencias personales no tardaron en aparecer. José Domingo decidió aislarse progresivamente, renunciando a su pareja, a formar una familia y a mantener relaciones sociales estables. Lo hizo con la intención de no convertirse en "una carga para nadie". En su relato, describe cómo ese aislamiento fue creciendo con el tiempo: "Me metí en mi propia burbuja, no salía de casa, del trabajo a casa, de casa al trabajo, y cualquier tipo de relación la esquivaba".
Tomaba nueve pastillas diarias
Durante 21 años, siguió un tratamiento agresivo y constante. Tomaba nueve pastillas diarias y acudía regularmente al hospital para recibir Infliximab por vía intravenosa cada ocho semanas. Sobre este proceso, ha detallado: "Eran unas 5 horas, 200 mililitros que me tenía que inyectar". Los efectos secundarios fueron severos, incluyendo "fatiga, cansancio, dolores musculares y muchos dolores de cabeza", lo que agravó aún más su calidad de vida.
El giro inesperado llegó cuando su médico se jubiló y otro especialista revisó su caso. Fue entonces cuando descubrió que el diagnóstico inicial era erróneo y que nunca había padecido la enfermedad. "Al principio, quieras o no, es un alivio, pero luego te paras a pensar en el tiempo que he perdido, lo que he dejado de vivir, y eso ya no se recupera", ha lamentado.
Actualmente, José Domingo sigue arrastrando secuelas físicas derivadas del tratamiento innecesario, como cansancio crónico, entumecimiento de las extremidades y "dolores de cabeza horrorosos". Su familia ha decidido emprender acciones legales preparando una reclamación patrimonial contra el Sistema Extremeño de Salud por presunta mala praxis, dado que los hechos se produjeron en un centro público.



