Ganar la batalla al alcohol: "Mis hijos y mi mujer me han conocido ahora"

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Miembros de Alcohólicos Anónimos cuentan sus testimonios a lavozdelsur.es: "Esto es una enfermedad incurable, por eso venimos aquí, para recordárnoslo". 

Pablo tenía una buena posición social y un empleo estable como relaciones públicas en el aeropuerto madrileño de Barajas. Por su trabajo, reconoce que bebía en reuniones con clientes. “La sociedad me enseñó que con el alcohol me relacionaba mejor y que así podía ser el centro de atención”. De las cervezas pasó a los gin-tonics, porque descubrió que con una copa “me ponía igual que mis compañeros que a lo mejor se fumaban un porro”. Sin embargo, sin darse cuenta —o sin quererse dar cuenta— las tónicas cada vez eran más cortas y los pelotazos de ginebra, cada vez más largos. Y entonces llegaban preguntas cada vez más molestas. “Oye, ¿tú no bebes mucho?”; “¿te vas a echar otra copa?”. De ser un bebedor social, pasó a ser un adicto. “Como no tuviera 1.500 pesetas para mis copas no salía de casa”, señala. Pablo acabó perdiendo su trabajo —“una maravilla de trabajo del que podría haber seguido viviendo”— perdió su estatus social y se embarcó en proyectos empresariales que no cuajaron. “Todo lo que quise montar se fue al traste por el alcohol”.

Años después, Pablo —nombre ficticio— nos recibe junto a otros compañeros en Alcohólicos Anónimos. Tras años de sobriedad, se da cuenta de que “antes era un irresponsable”, y señala que "mis hijos y mi mujer me han conocido verdaderamente ahora". Ahora una de sus metas es ayudar a todos aquellos que han visto perdida la batalla contra el alcohol, “siempre y cuando tengan voluntad de hacerlo”. Esta comunidad de hombres y mujeres funciona a través de más de 115.000 grupos locales en 185 países. Aquí no importa la religión de cada uno, su condición sexual, sus ideales políticos… Nada, solo la firme voluntad de querer dejar de lado los problemas con la bebida a través de un programa de recuperación basado en doce pasos.Una de las cuestiones que nos dejan claro en el encuentro que mantenemos, a modo de las reuniones que tienen semanalmente, es que “el alcohol es una enfermedad que no tiene cura” y que se manifiesta “física, mental y espiritualmente. Por eso venimos aquí, para recordárnoslo”. Sin embargo, el perfil del alcohólico no tiene por qué ser el de la persona que acaba tirada en el suelo con un coma etílico, ni siquiera el de alguien que se pasa todo el día bebiendo. Nos lo dice Laura, de 60 años, que apenas bebía “tinto con Casera” los fines de semana. Sin embargo, reconoce que bebía con mucha ansía, algo de lo que no se daba cuenta hasta que se lo dijo un alcohólico. Hasta que no asistió a una reunión y escuchó otros testimonios, no se dio cuenta realmente del problema que tenía.

“Me casé borracho, la noche de bodas la pasé borracho, el viaje de novios lo hice borracho, bauticé a mi hija borracho… "

Una de las bases del éxito de Alcohólicos Anónimos es precisamente el hecho de que cada uno cuenta sus experiencias y conoce las de los demás, hasta el punto de sentirse identificado con sus compañeros. Es lo que le pasó a Rafael, que reconoce que fue en esta comunidad “donde por primera vez sentí que me escuchaban, que podía contar mis problemas sin que nadie me despreciara”. Lo suyo con el alcohol fue un problema muy serio. “Me casé borracho, la noche de bodas la pasé borracho, el viaje de novios lo hice borracho, bauticé a mi hija borracho… Buscaba estar más tiempo bebiendo para aguantar más y darle a cosas más duras, como la cocaína”.El alcohol a punto estuvo de costarle su matrimonio, pero cuando realmente se dio cuenta del problema que tenía fue cuando se metió, con su coche, en una calle peatonal. Cuando llegó la Policía pegó a un agente. Acabó en comisaría. Al día siguiente, de vuelta a casa, se encontró solo: su mujer se había ido con sus hijas. Hoy es un hombre nuevo. Lleva años sin beber y reconoce que ha tenido que “enamorar” otra vez a su pareja. “A mi mujer no me la merezco ni me la mereceré hasta que me muera. Todos los días me indulta, porque a diario tengo que decirme que soy un alcohólico para no recaer”.

Eso sí, en Alcohólicos Anónimos tienen claro que hay que dejar de beber no por los demás, sino por uno mismo. “Yo he dejado de beber por mí, por mi salud y por mis pensamientos. Si tú no deseas dejar de beber, no lo dejas”, afirma Rafael. En esa tesitura se vio Manuel. Madrileño de Móstoles, comenzó a beber con 13 años, con amigos mayores que él. El alcohol dio paso luego al cannabis y a la cocaína. Recuerda perfectamente que su primera borrachera fue un 2 de mayo y que la última coincidió con esa misma jornada unos años después. Tras verse en una habitación de hotel con una desconocida con la que había pasado una noche de drogas, alcohol y sexo, decidió que ya estaba bien. Se gastó las últimas mil pesetas que le quedaban en botellines de cerveza, llamó a su hermana para que reuniera a su familia y acabó contándoles que tenía un problema del que necesitaba ayuda para salir.

Pablo, Laura, Rafael, Manuel… Ninguno falta a su cita con Alcohólicos Anónimos. Tienen claro que no pueden fallarse ni fallarle a sus compañeros, con los que ya les une una relación que sobrepasa la de la simple amistad. Saben que su enfermedad es incurable, que está dormida, por eso no se atreven a probar ni una sola gota de alcohol. Afortunadamente, afirman que no lo necesitan. Manuel lo tiene claro: “Cuando dejé de beber conocí de verdad la noche madrileña, ligaba más y hasta se me quitó la vergüenza”. 

Si crees que tienes problemas con el alcohol, puedes ponerte en contacto con Alcohólicos Anónimos en el teléfono 606 210 001

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Jorge Miró

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