El incalculable precio de tirar un tomate deforme a la basura

Ganemos Jerez lanza 'Cafelitos desde casa’, una iniciativa de encuentros telemáticos para debatir sobre temas de actualidad que inaugura Héctor Barco, experto en desperdicios alimentarios y Mireia Barba, cofundadora de Espigoladors: “El hambre en el mundo es más un problema de acceso que de producción”

Un momento del encuentro de Ganemos Jerez en la plataforma Zoom.
Un momento del encuentro de Ganemos Jerez en la plataforma Zoom.

Decía el hispanorromano Quintiliano, especialista en retórica y pedagogía, que en la variedad está el placer. Sin embargo, en la industria alimentaria de hoy, la máxima no se da. Naranjas con sarampión, zanahorias con varios dedos o tomates que parecen bicéfalos. Así vemos a las frutas y verduras que no cumplen los estándares estéticos a los que los supermercados ya nos tienen acostumbrados. “Son manchas o formas visuales que no alteran el producto, son perfectamente consumibles”, advierte Héctor Barco, experto en desperdicios alimentarios y primer invitado de Ganemos Jerez en Cafelitos desde casa. La iniciativa de la agrupación de electores es una forma de adaptar sus tradicionales encuentros ciudadanos a la realidad que vivimos tras la llegada del coronavirus. 

A través de la aplicación Zoom y retransmitiendo en directo desde Facebook, Miguel Ángel Cuevas, de Ganemos Jerez, presenta el cafelito, al que se sumaron decenas de personas a lo largo de la tarde del martes. Héctor, a través de una presentación de Powerpoint, y con la interacción continua de los participantes, le sigue. “El hambre en el mundo es más un problema de acceso a los alimentos que de producción”, afirma. Uno de cada tres kilos de alimentos que se producen en el mundo acaba en la basura. Un total de 1.400 millones de toneladas de comida al año a nivel global, lo que dividido entre cada uno de los ciudadanos del mundo da la escalofriante cifra de 190 kilos por persona.  

“En Europa es peor, tiramos a la basura una media de 280 kilos al año”, asegura Héctor, que es licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) y máster sobre la Ordenación Territorial en el Área Mediterránea. En la Universidad de Deusto, donde es doctorando, se ha especializado en el despilfarro alimentario, formando parte de proyectos locales como Savingfood de Guipúzcoa, donde colocaban las sobras de los comedores escolares en el banco de alimentos. Desde su casa, recuerda la importancia de este fenómeno, que afecta a todas las cadenas de la red agroalimentaria: producción, manufactura, distribución y consumo. 

Héctor Barco, durante su conferencia.

“Los medios de comunicación dejan su análisis aquí, en el impacto social”, comenta mientras exhibe una fotografía de una persona rebuscando en la basura. Sin embargo, recuerda, “el impacto es mayor”. “Cuando mandamos un tomate a la basura, mandamos también todos los recursos naturales que necesitamos para producir ese tomate”. Desde el agua a la tierra pasando por las emisiones contaminantes, desde la huella de carbono a la hídrica. “Si Europa fuera un país seríamos el primero del planeta”, dice en referencia a una de las gráficas, en la que se describe el desperdicio de agua: 250 kilómetros cúbicos de agua, según el informe de la FAO en 2013. “Este es el río Volga, el más caudaloso y largo de Europa”, comenta. Cada año, vierte al mar lo que Europa echa a perder del oro azul del siglo XXI. 

En el impacto de la producción alimentaria y su despilfarro, caso aparte es la ocupación de tierras, en la que el consumo de carne y de leche se lleva la palma. La producción de pienso para ganado y la continua pérdida de terrenos de bosque para tierras agrícolas así como la creciente ausencia de biodiversidad es un tema recurrente en los debates ecologistas. 

Los participantes durante el encuentro.

“Este es el Reglamento 1221/2008 de la Unión Europea”, comenta el ambientólogo. “Aquí vemos productos que tienen formas variadas, tal y como nos lo encontramos en el campo; en el supermercado son todos iguales”. ¿Por qué? “Se rigen en características no solo sanitarias, sino también estéticas”. Así, enseña unas mazorcas de maíz producidas en África que vendidas en Europa son muy difíciles de introducir en el mercado. Cada una es de su madre y de su padre. “Quieren que todas sean iguales, las que no lo son van a la basura”, concreta sobre las piezas. En el desperdicio nadie piensa, y si piensan es para el propio beneficio. En el ejemplo, la cadena de supermercados británica Tesco. La misma compañía que tira habitualmente el 68% de sus ensaladas empaquetadas y el 40% de sus manzanas en bolsa, se encontró con un conflicto de enorme magnitud en Kenia —nótese la ironía—. 

“Tesco envío cajas a Kenia para empaquetar las judías, pero estas eran muy pequeñas. ¿Qué hubierais hecho vosotros en su lugar?”, pregunta Héctor al público que participa en el encuentro de Ganemos Jerez. “Hacer cajas más grandes”, responden varios. Así no cortarían las judías y no despilfarrarían el 15% del producto. “Habéis tardado unos segundos en dar con la respuesta. Tesco tardó mucho más, y hasta lo convirtió en publicidad”, recuerda. Acto seguido, le da al play. Es lo que podríamos llamar greenwashing de libro. Entre las alternativas, no queda otra que exigir a los gobiernos y fomentar desde el consumo, las cooperativas agroecológicas y los proyectos comunitarios que buscan una segunda vida a los alimentos que producimos.

Espigadores, aquellos que recogían los restos de las cosechas 

Al investigador, le sigue la intervención de Mireia Barba, cofundadora de Espigoladors, un colectivo que creó un modelo de recuperación de alimentos dándoles una segunda vida, al tiempo que revierten en el tejido social. El nombre del colectivo proviene de algo que era habitual antes entre las clases populares: espigar. 

“¿Qué es espigar?”, se pregunta. “Personas con pocos recursos retiraban los restos de las cosechas, como espigas de trigo y lo aprovechaban para hacer cosas en sus casas”. Así de sencillo. Durante años, la actividad se perdió y el “espigar” se limitó a aquellos que “perdían la dignidad y rescataban comida de los contenedores”, lamenta la activista, en referencia a la última crisis económica. 

Espigoladors busca soluciones para los alimentos que se desperdician. “El modelo es sencillo: nosotros recuperamos frutas y verduras que se descartan en sector primario o en empresas distribuidoras, luego lo canalizamos a puntos de distribución de alimentos gratuitos”, explica. El 95% lo consiguen colocar. El restante 5% lo transforman en un obrador, una cocina central que tienen en el humilde barrio de San Cosme de El Prat de Llobregat. “Allí hacemos conservas vegetales como mermeladas, cremas o patés”, cuenta sobre un tratamiento que llama “laboratorio de innovaciones alimentarias”. Laboratorio e innovación, que no es otra cosa que coger las alcachofas sobrantes de la temporada e investigar cómo aprovecharlas. Al mismo tiempo, contratan a personas que son usuarias de los mismos puntos de distribución de alimentos para darles una salida laboral. Un remedio, que si bien no cura la enfermedad global que supone la sobreproducción y desperdicio alimentario, le da una vuelta de tuerca. Ingenio y solidaridad ante un desconcierto global. 

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