El espía gaditano que ayudó a la CIA a luchar contra Gadafi y cuya historia puede acabar en serie

Jaime Rocha cuenta en su novela 'Operación El Dorado Canyon' cómo se infiltró en Libia en una de las operaciones en las que participó durante los 28 años que trabajó para el servicio de inteligencia español

Jaime Rocha-Marruecos - 1
Jaime Rocha-Marruecos - 1

¿Qué hay que hacer? ¿Serviré para eso? ¿Se gana más dinero? Son las tres preguntas que hizo Jaime Rocha (Larache, Marruecos, 1942) cuando le propusieron formar parte del recién fundado Centro Superior de Información de la Defensa (Cesid), nacido de la unión del Servicio de Inteligencia de Presidencia del Gobierno —creado por Carrero Blanco— y el Servicio de Inteligencia del Alto Estado Mayor. Corría el año 1979 y, por aquel entonces, Rocha formaba parte de una cuadrilla de Harriers de la Base Naval de Rota en Cádiz. Las respuestas a esas preguntas fueron: "Ya lo sabrás"; "sí, te hemos estado observando"; y "no, no se gana más dinero". Aún así aceptó la oferta y fue el inicio de una larga carrera de 28 años en el servicio de inteligencia español, luego CNI.

Desde trabajar para la Embajada de España en Checoslovaquia —las actuales República Checa y Eslovaquia—, hasta descubrir una célula del KGB —la agencia de inteligencia de la Unión Soviética— en la provincia de Cádiz, o infiltrarse en la Libia de Gadafi dentro de la Operación El Dorado Canyon —EEUU realizó ataques aéreos en respuesta al atentado terrorista contra la discoteca La Belle de Berlín Occidental, lugar muy frecuentado por estadounidenses, y tras los ataques sufridos por el Ejército americano en Beirut, y en la base de Torrejón de Ardoz, entre 1983 y 1986—. Esta última experiencia la cuenta en la novela que acaba de publicar, del mismo nombre que la operación militar, editada por la editorial Doble Identidad. Jaime Rocha, gaditano de adopción, fue el espía elegido por el Cesid para apoyar la labor de la CIA —la agencia de inteligencia de EEUU— y viajar hasta Libia para localizar a Gadafi e informar del estado de las defensas antiaéreas libias.

¿Cuántas veces ha temido por su vida?

Al Magreb cada viaje era un riesgo. La salida de Trípoli fue complicada, y en alguna que otra ocasión he huido de la policía, cogiendo el primer avión para cualquier sitio. Afortunadamente he superado todas esas situaciones. Una vez estuve una hora en un interrogatorio en una gendarmería. Y lo superé. Cuando vas con una personalidad distinta —llegó a tener hasta 20 pasaportes— en un interrogatorio no debes decir ninguna tontería. Eso no se aprende, va en la personalidad.

¿Se arrepiente de algo de lo que hizo durante esos años?

No, tengo la conciencia bastante tranquila. Lo he hecho lo mejor que he sabido. Las cosas en la vida y en este trabajo me han funcionado bien. He salido bien de todas. Aunque algunas veces tienes que hacer cosas que no te gustan, porque pones en riesgo a otras personas, siempre he tenido la idea de que lo que hacía lo hacía por la seguridad y el bienestar de mis conciudadanos. Siempre he tenido un gran sentido de responsabilidad por la seguridad colectiva de mi país.

¿Es verdad que intentaron captarlo para el yihadismo?

Eso mejor que lo lean en mi novela (risas). He tenido durante mi vida intentos de captación y de soborno. Te ponen por delante importantes cantidades de dinero. Ahí se conoce a mucha gente que crees que son de una manera y en realidad son de otra. Es una buena escuela para conocer a las personas. Pero tienes que tener firmeza en tus convicciones. En el año 83 estaba haciendo una investigación que molestaba y me ofrecieron siete millones de pesetas de las de entonces. Me levanté de la mesa, me fui al general Manglano —director del Cesid—, y le dije que habían intentado comprarme. El dinero compra todo o casi todo, y mucha gente se deja llevar, pero he superado esas pruebas.

En el año 83 estaba haciendo una investigación que molestaba y me ofrecieron siete millones de pesetas de las de entonces. El dinero compra todo o casi todo, y mucha gente se deja llevar, pero he superado esas pruebas"

¿El libro es una especie de desahogo después de tantos años de silencio?

El objetivo era que lo leyera solo mi familia, mi mujer y mis hijos. Uno ha tenido una vida un poco rara. Ni buena ni mala, ni mejor ni peor, pero distinta. Lo empecé a escribir en 2014. Me lo planteo para que mi familia conozca algunos de estos episodios de mi vida. Escribía de forma intermitente y un día cometo el error de decírselo a ellos, y ya desde entonces no paraban de decirme: Papá, la novela, papá, la novela…. Hasta que la acabé en agosto de 2018 y hablé con una editorial para su autoedición, una cosa para andar por casa. Al final contacté con varias editoriales y tras una entrevista me llamaron de una editorial de Sevilla. Y ahora están como locos de contentos. No me podía esperar esto ni en mis mejores sueños.

¿Espera que la novela sirva para derribar mitos en torno a los servicios de inteligencia?

Es muy fácil frivolizar con estos temas. Ahora llevo un ritmo de entrevistas tremendo y siempre le digo lo mismo a todos los periodistas: por favor, no hagáis comparaciones con James Bond, que eso es todo inventado, es ficción, es fantasía. Eso no existe. Si queréis compararme, salvando las distancias, hacedlo con Le Carré —agente secreto durante la Guerra Fría y escritor del género de espionaje—, me sentiría orgulloso si me decís que soy aunque sea un falso imitador de Le Carré.

Jaime Rocha, en el parque Letná de Praga, en diciembre de 1989.

¿Cuánto se ha guardado?

La novela es un 80% realidad y un 20% ficción. Al hacerla novelada hay personajes a los que les he cambiado el nombre, o de circunstancia, de sitio… He procurado ser lo más fiel posible, pero tengo que preservar una serie de información que no es publicable. He intentado darle ritmo a la novela, más agilidad, no es una novela plana. Hay un 20% de cosas que cuento que no pasaron, pero vienen bien para el argumento de la novela. Sobre la operación El Dorado Canyon es verdad todo lo que se cuenta, aunque he cambiado circunstancias, pero el relato es fidedigno.

¿Ha recibido presiones para que no la escriba?

Todo lo contrario. Cuando la terminé la mandé al CNI, no tenía obligación, pero quise curarme en salud. No me corrigieron ni una coma, les gustó mucho y de hecho me animaron a publicarla. Me dijeron una frase que no se me olvida: te será fácil engañar a cualquier editorial para que te la publique. Pues han sido dos años de ir de una a otra (risas).

Cuando le propusieron formar parte del Cesid, ¿se lo pensó mucho?

Soy marino y en ese momento estaba embarcado. Mi ultimo destino era en el Harrier en Rota. Se acababa de crear el Cesid y tuve una reunión en el Hotel Atlántico de Cádiz. Me dijeron que me necesitaban. Yo pregunté qué se hace ahí, si creían que servía y, por curiosidad, si se ganaba más. Me dijeron que no cobraría más y que no dijera nada a nadie. Acepté y se publicó mi nombramiento en “Subsecretaría de Defensa”. Mi jefe de la flotilla de Rota logró revocarlo, pero superé un curso que nos impartieron y entré en el Cesid.

Es muy fácil frivolizar con estos temas. Ahora llevo un ritmo de entrevistas tremendo y siempre le digo lo mismo a todos los periodistas: por favor, no hagáis comparaciones con James Bond"

¿Por qué lo eligieron?

Decían que servía. Muy equivocado no debían estar cuando he estado 28 años (risas).

La vida de Jaime Rocha cambió con su ingreso en el Cesid en 1979. El intento de golpe de Estado de 1981 provocó el nombramiento de Manglano como director de “la casa”, como la llaman sus miembros, y fue éste quien encargó a Rocha que gestionara las redes clandestinas del Magreb, donde conoció a Gadafi, intentaron captarlo para el yihadismo y tuvo que huir en varias ocasiones. Después lideró la Jefatura del Área de Europa y América del Norte de la División de Inteligencia Exterior, y estuvo a punto de ocupar una subdirección general en Moncloa en 1996, pero el entonces vicepresidente del Gobierno, Francisco Álvarez Cascos, frenó su nombramiento porque no veía con buenos ojos eso de contar con un espía en el Ejecutivo.

Rocha, cuando dejó “la casa”, también dirigió una empresa de azulejos en Castellón y tuvo una aventura empresarial desastrosa de la mano de Jenaro Jiménez, el empresario gaditano que estafó a sus socios, simuló su muerte y huyó a Paraguay. Ahora Rocha disfruta de su jubilación desde Cádiz, desde donde promociona su novela. Ya lo han entrevistado medios de todo el país, y de otros como EEUU o República Dominicana. “Las ventas van muy bien”, confiesa. No es de extrañar que la FOX hasta esté estudiando convertir su historia en una miniserie o una película. “Lo único que quiero, si se hace realidad, es que se corresponda con lo que pasó”. Nada le gustaría menos que “se convirtiera en una película de James Bond”. Él quiere que sea “fiel” a los hechos.

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