“Pasé mucha hambre después de la Guerra Civil, incluso llegué a comerme una lata de grasa consistente”, cuenta Cristóbal Jiménez Morales, posiblemente el hombre más mayor de Jerez. “¿Tú conoces a otro que tenga más de 102 años? Si lo encuentras me lo dices”, expresa uno de sus hijos. En una de las viviendas de la barriada La Pita reside el matrimonio Jiménez Ballestero. Algunos vecinos de La Pita comentan que su barrio “es el más viejo de Jerez”, y no lo dicen por el año en el que se erige, sino por la cantidad de personas mayores que viven entre sus calles. “Aquí reside el hombre más mayor de Jerez, pregúntale a Manolo o al ‘Feo’ por él”, dice Antonio ‘El Paternero’. Al preguntar en voz alta por el paradero del hombre con más edad en la ciudad, una vecina se detiene y nos señala la vivienda de Cristóbal. Al ver el arco de la puerta nos agachamos para poder acceder. Después de recorrer un pasillo largo y estrecho decorado con pequeños cuadros al óleo con escenas pastoriles y religiosas, llamamos a una puerta vieja, de esas que son mitad hierro, mitad ventana translúcida.

Cristóbal se encuentra sentado. Porta un bastón entre sus manos, pero prefiere no tentar a la suerte. Su hijo comparte que no tiene ningún problema físico, que está fuerte y que incluso muchas veces le cuesta parar sus tozudas caminatas. “Lo que le pierde es la cabeza. Se inventa cosas sobre la marcha. El otro día, por ejemplo, nos dijo que se iba a ir a su casa, que hacía varios meses que no veía a su mujer”, menciona su hijo mientras Cristóbal tiene la mirada perdida. Su esposa Isabel Ballestero, de 94 años, está sentada a su lado; viste una amplia sonrisa, mantiene sus manos sobre su falda y nerviosa, enlaza sus finos y alargados dedos entre sí. Tanto Cristóbal como Isabel desprenden humildad, sencillez. Ambos reposan en el único sofá que dispone lo que es a su vez, entrada, salón y comedor. Su casa es minúscula y tradicional. Incluso el cuarto de baño se encuentra fuera de la vivienda, pasando un patio interior o exterior.

Isabel Ballestero, Cristóbal Jiménez y su hijo. FOTO: MAKY GASSIN.

“Me parece que nací un 12 de 1914 en Paterna de Rivera”, cuenta Cristóbal entre pausas. Dice que se crió en La Janda hasta que se fue a la mili. No recuerda el destino de su servicio militar. Duda y apenas compone frases completas. Su hijo, ante varios silencios, toma el testigo de la entrevista y le ayuda en la reconstrucción de los hechos. “Al poco de que mi padre comenzara la mili, librando precedente de cupo, estalla la Guerra Civil y lo movilizan. A él le cogió  el fregao, es por eso que lucha en el bando nacional con Franco”. Explica que él le contó hace años que estuvo en todas las batallas que se libraron en la Guerra Civil española, que combatió en la batalla del Ebro, la más larga y sangrienta de los cuatro años de guerra. No obstante, lo que mejor -y peor- recuerda Cristóbal es cuando “los rojos” le secuestraron. “Cuando el bando republicano se estaba retirando al exilio, capturaron a mi padre y se lo llevaron a Francia. Allí lo tuvieron preso”, relata su hijo. Cristóbal asiente. Expresa que para él fueron meses de hambruna, que no sabía ni lo que se llevaba a la boca. Meses después, ya en 1940, cuando el ejército español da con él y lo libera. Dice que le dan la opción de quedarse en el país vecino, o de regresar. Él, sin pensárselo, decide volver a su tierra.

Pero no volvería a su ciudad natal, sino que comenzaría una nueva vida en Guadalcacín. “Él llega allí buscando personas para recoger aceitunas y lo recibe el hermano de mi madre. Así es cómo se conocen los dos”, cuenta uno de sus dos hijos. Cristóbal e Isabel se casan el 1 de enero 1947. “Hace 69 años ya”, puntualiza Isabel. El matrimonio concibe a cuatro varones, pero dos de ellos fallecen a los meses de nacer. Lo cuenta sin brusquedad. A mitad del siglo XX la mortalidad infantil era frecuente. Cristóbal nos mira atentamente y no murmura palabra. Su hijo dice que conserva ese porte, esa “juventud”, porque ha trabajado como un “mulo” en el campo y en la construcción. También ha estado limpiando canales con una pala y como vigilante de riego. Oficios manuales que le han permitido vivir más de un siglo. “De la mitad de todo me acuerdo muy poco”, manifiesta. “Estoy teniente, casi capitán ya”, añade aludiendo a su sordera.

Cristóbal Jiménez Morales durante la entrevista. FOTO: MAKY GASSIN.

Él y su familia se trasladan a Jerez por la década de los 60 para trabajar en la finca que antiguamente ocupaba todo el terreno de lo que hoy es el barrio de La Pita. Y diez años más tarde compran la casa ya hecha. Desde entonces no se han mudado. Casi 40 años después ahí siguen, viviendo en esa pequeña casa blanca de vecinos. Isabel admite que ya se quiere morir, que no quiere que sus hijos estén pendientes de ellos y los visiten a diario. “Los pobres”, espeta. Cristóbal no. “Yo no me quiero ir”, zanja. Quiere seguir sumando años y vivencias. Le gusta ir al campo a coger espárragos y tagarninas o irse de pesca con los vecinos. “Aquí en el barrio siempre le llaman chavea”, alude su hijo entre risas. ¿Cuál es el secreto para vivir más de 100 años? “Él siempre me decía que había comío mucha carne de grulla”, concluye.

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