El trágico accidente ferroviario ocurrido este domingo en Adamuz (Córdoba) ha reabierto un debate recurrente: ¿por qué los trenes no llevan cinturones de seguridad? A diferencia del coche, el avión o el autobús, el transporte ferroviario no exige este sistema de seguridad pasiva.
La cuestión no es menor. El cinturón de seguridad se ha convertido en un elemento imprescindible en la mayoría de trayectos y está asociado a una drástica reducción de lesiones graves. Sin embargo, en el tren no es obligatorio y esa ausencia no responde a una negligencia, sino a criterios técnicos y regulatorios.
Una explicación técnica y estadística
A simple vista puede parecer extraño, pero las regulaciones internacionales y distintos estudios sostienen que una sujeción rígida del cuerpo podría provocar lesiones internas graves en el abdomen, tórax o cuello durante determinados impactos. De hecho, Renfe ha explicado en varias ocasiones que su uso podría resultar más peligroso que beneficioso.
También pesa el factor estadístico: los trenes figuran entre los transportes más seguros del mundo, con índices de siniestralidad muy bajos. Esa realidad ha influido notablemente en la decisión de no incorporar cinturones.
Operativa del viaje y libertad de movimiento
El viaje en tren supone una experiencia distinta. En los ferrocarriles de pasajeros es habitual levantarse, cambiar de asiento o acudir al coche cafetería, algo incompatible con una sujeción permanente. Los expertos recuerdan que el comportamiento del viajero en un tren no se parece al de un avión —donde se restringe el movimiento en fases críticas— ni al del coche, donde el ocupante permanece fijo en su plaza.
A ello se suma un aspecto práctico: muchos servicios ferroviarios, como cercanías o metro, permiten viajar de pie. Instalar cinturones implicaría eliminar esa opción y reducir de forma drástica la capacidad. Incluso en trenes de larga distancia, controlar que cada pasajero permanezca sujeto sería inviable operativamente.
