El Berrueco, vida rural a media luz

El regreso al campo tras el estallido de la pandemia acrecienta los problemas de servicios esenciales que tienen núcleos rurales como este pago entre Medina y Chiclana. Los vecinos, unas 140 viviendas, viven sin agua potable, sin recogida de basura y casi sin 220 voltios, aunque pagan recibos de IBI rústico y urbano

Vecinos de El Berrueco, en el término municipal de Medina, junto al transformador que a duras penas conduce 220 voltios hasta las viviendas.
Vecinos de El Berrueco, en el término municipal de Medina, junto al transformador que a duras penas conduce 220 voltios hasta las viviendas. JUAN CARLOS TORO

El interior de la provincia de Cádiz no escapaba de lo que llaman la España vaciada hasta que irrumpió la crisis del coronavirus. La pandemia ha devuelto al aire libre del medio rural a muchos que pueden permitirse teletrabajar o que por sus circunstancias personales han elegido escapar de las grandes urbes y entregarse a la apacible vida en el campo. No es tan fácil como escribirlo. Después de años de despoblación, los servicios públicos esenciales son igual o más deficientes que antes. Lo saben muy bien quienes ya estaban allí. Amalia Quero no quiere que le llamen presidenta de la asociación de vecinos Los Hurdales, en el pago de El Berrueco, porque sencillamente no lo es. “Alguien tiene que firmar los documentos, pero yo soy una miembro más de la gestora de trece representantes vecinales, una gestora que se montó cuando el último presidente, ya mayor, dejó el cargo”, explica.

El último documento que ha tenido que firmar ha sido ante la Agencia Andaluza de la Energía de la Junta de Andalucía. Se trata de una reclamación a Endesa. Hace años que a este núcleo rural de Medina Sidonia no llegan 220 voltios con regularidad, lo que condiciona la vida de sus vecinos y vecinas. “Va y viene, llevamos años así”. Desde que empezó la pandemia y empezaron a llegar nuevos residentes todo ha ido a peor. “Si tienes un kilo de pollo para cuatro está bien, pero si ya son doce… la cosa cambia”, resume gráficamente. En su peña gastronómica, un rinconcito muy valorado en la provincia de Cádiz por aficionados al buen yantar que acuden cada fin de semana previa reserva y cuota de socio, falla casi siempre el microondas, la batidora o la cafetera.

Amalia cuenta indignada que hace años estuvo tirando electrodomésticos pensando que estaban averiados —“si el microondas tarda más de cinco minutos en calentarte el café piensas que está averiado, nadie te repara eso hoy en día”—. Pero el problema, supo luego, es que el viejo transformador de la antigua Sevillana de Electricidad, en lo alto del peñón de este pago milenario, no aguanta más voltaje. Cambiaron líneas y sustituyeron los postes de madera hace unos veinte años, pero el transformador cada vez presenta más óxido y degradación. “Tenemos analizado lo que nos llega: muchas veces no pasa de 167 voltios”, dice Eduardo Rovira, un informático gaditano que ahora no volvería a Cádiz capital “ni loco”, acostumbrado a un medio de vida “duro, pero muy relajado”.

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Amalia Quero, junto al transformador en El Berrueco. Autor: Juan Carlos Toro

Lo de menos para Eduardo es tener que gastar unos 70 euros por cubas de unos 10.000 litros de agua no potable ante la ausencia de acometidas de agua —Medina está a unos 9 kilómetros; Chiclana, a 12—. “Nos hemos acostumbrado a racionalizar, ahorramos, aunque cuando vienen mis hijos se gasta más, claro”, reconoce. Lo peor de todas las incomodidades es la electricidad. Con voltímetros tiene medida la capacidad eléctrica que entra en las casas, y es claramente insuficiente. Esteban Gil y Noemí Jiménez son una pareja que llegó a El Berruco hace unas dos décadas. Desde entonces viven con las ventajas del mundo rural pero también con sus incomodidades. “Cuando se va la luz nos quedamos aislados, tienes que irte a la carretera a ver si pillas cobertura y puedes avisar”, apunta Noemí. “Pagamos como ciudadanos de primera, pero con los servicios de tercera; a ver si vamos solucionando los problemitas aquí”, apostilla confiado su marido.

Cuentan los investigadores que los asentamientos en El Berrueco se remontan al Bronce final bajoandaluz o Tartessos precolonial (en torno al año 1.000 a. C.). Este núcleo rural gaditano, equidistante de Medina y Chiclana, repleto de pequeñas, medianas y grandes fincas —por internet hay precios de parcelas rústicas en la zona por encima de los 300.000 euros—, tiene a simple vista cierto aire de abandono. La carretera que cruza el poblado quedó fuera de la A-390 Medina-Chiclana hace ya tiempo, y ahora deja ver, a un lado y entre la maleza, algunas de las alrededor de 140 viviendas que pueblan la zona. A otro, un ventorrillo abandonado y vandalizado, un pequeña ermita cerrada a cal y canto (tuvo hasta una cofradía que procesionaba en Medina), y una explotación de caliza al aire libre que mantuvo una intensa actividad hasta hace unos 30 años. Era el eje sobre el que giraba un asentamiento poblacional donde había tres calerías y se construían piedras para molinos de agua, viento y tahonas. 

“Cuando se va la luz nos quedamos aislados, tienes que irte a la carretera a ver si pillas cobertura y puedes avisar”

En uno de los caminos de tierra, Berrueco adentro, se llega hasta la sede de la asociación de vecinos Los Hardales, justo en el acceso a la casa de Amalia Quero. Criminóloga, esta gaditana dejó en 2006 Alicante y se vino a buscar el sueño de vivir en su tierra, pero en el mundo rural. En una de las parcelaciones históricas que hizo el Duque de Medina, terrateniente al que perteneció El Berrueco; en la finca donde estaban las oficinas de la cantera, Amalia levantó su hogar. Una zona de uso común para su peña gastronómica, donde le ayuda Mamen Díaz en los fogones, y su propia casa configuran un inmueble modesto pero muy acogedor, repleto de antigüedades y objetos que Amalia ha ido adquiriendo en su vida. “Ha venido mucha gente desde que empezó el tema del covid porque aquí tienes una libertad que no tienes en un piso, hay mucha gente teletrabajando… pero de todos modos este problema de la luz ya viene de lejos”, expresa la anfitriona, que apunta que autobuses escolares se llevan cada día a colegios e institutos a los niños y jóvenes que residen en la zona.

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Algunas de las viviendas que salpican este pago asidonense. Autor: Juan Carlos Toro
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Una venta abandonada en esta zona rural de Medina. Autor: Juan Carlos Toro

A través de gestiones con el alcalde de Medina, Manuel Fernando Macías (IU), una de las subcontratas de Endesa hizo un intento reciente de reparar los problemas de luz que afectan a esta zona rural. "Ya estamos otra vez igual", lamenta Amalia, que también ha puesto este asunto en manos de la organización de consumidores y usuarios Facua. "Estamos pidiendo a Endesa que cambie el transformador, que somos más gente, que las líneas están fatal… Hay una sobreexplotación del transformador", aseguran. "Hay gente nueva que está viniendo para acá, hay más gente viviendo aquí con la pandemia, antes éramos todo el año 30 o 40 vecinos de las 140 casas el año, lo otro eran segundas residencias, pero ya no", dice Eduardo, que asegura que paga tres recibos distintos de IBI: el rústico por el terreno, otro urbano por la vivienda y otro por su piscina. Amalia no tiene piscina, por lo que paga dos cuotas de contribución diferentes, "solo de IBI urbano, 698 euros". A pesar de eso, no tienen agua potable, ni alcantarillado y saneamiento, ni recogida de basuras. 

"Pagamos por el suelo, por los metros de terreno que tenemos, y la vivienda se considera urbana y paga los impuestos de vivienda urbana. Yo tengo la casa escriturada y legal. Habrá gente que no tenga su casa legal por lo que sea, pero hay muchos que sí tienen su casa regularizada", explica esta vecina de El Berrueco, cansada de pagar como ciudadana de primera a cambio de unos servicios esenciales "de tercera o de cuarta". La electricidad, en todo caso, es ahora mismo el problema número 1.

"Llamé a un técnico en diciembre pasado y me cobró 50 euros por desplazamiento. Desmontó una secadora y no tenía nada, midió el voltaje y llegaban 160 voltios... ¿cómo quería que funcionara esto...?". Ya hace unos años el seguro le cubrió unos 4.000 euros en electrodomésticos quemados. Otros vecinos esperaron tres años, en medio de multitud de burocracia, para que Endesa se hiciera cargo de las averías y roturas. El Berrueco, tras años medio desierto al cancelarse toda la actividad extractiva de este antiguo yacimiento, ha vuelto a latir con la pandemia. La falta de servicios públicos, en cambio, es un gran lastre para disfrutar de la paz y el aire descontaminado del campo. 

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