Renta Básica Incondicional.

Para Bloch, la filosofía necesita ser “conciencia moral del mañana”, un “saber acerca de la esperanza”, “conciencia anticipadora” ya que el ser humano siempre ha soñado una vida mejor y nuestra existencia es una existencia “hacia adelante”, hacia lo posible siempre. Como dice Remedios Zafra, “en la posibilidad nos lo jugamos todo”.

Así, podríamos decir que la esperanza es la pasión por lo posible (P. Ricoeur), a lo que añadiría que es la apasionada necesidad de lo posible.

Todo paraíso se encuentra detrás, en el principio, mientras que toda utopía se sitúa delante, donde anida la esperanza.

La esperanza es así conciencia crítica de la historia indicando sobre todo un lugar y un estado de cosas como deseo y sueño de una vida mejor, un no lugar en un no tiempo que nos orienta y nos moviliza. El caso es que contiene unas connotaciones colectivas y de comunidad que hacen de ella el horizonte compartido y abierto donde se muestran los posibles y grandes ideales de la humanidad a nuestro alcance, al alcance de nuestra esperanza.

La esperanza es entonces la virtud empeñada de la posibilidad, virtud que alienta y contiene un prometedor y estimulante respiro cuando levantamos la cabeza sobre la rutina y sus urgentes y constantes requerimientos.

Para bien o para mal, dice el viejo refrán que la esperanza es lo último que se pierde; cuando todo está perdido es la esperanza la que nos mantiene proyectados hacia el porvenir, hacia ese por llegar de una vida mejor en la que queden resueltas las trampas persistentes de la injusticia. De ahí la importancia de mantenernos esperanzados porque mientras haya vida hay esperanza, en cambio, en la desesperanza todo se hunde irremediablemente: la desesperanza es el mayor estado de vulnerabilidad del ser humano, es la deshumanización misma, la no vida ya que a la miseria dolorosa y a la carencia vital y sus cicatrices, se le une la cancelación de toda posibilidad que nos remedie.

 

Entre otras cosas: la pobreza; la pobreza extrema, aquella de la que es imposible salir y que no está ni en las estadísticas; comprobar que de nuevo la superstición y la magia como en el siglo XI intentan hacerse con el gobierno de las razones y de las emociones; la culpabilización de las víctimas mientras que los poderosos se lo llevan todo sean o no reales o vasallos.  El abuso. La estupidez y la ineptitud creando opinión desde la desvergüenza y la indecencia de quienes se enriquecen con la piel de los demás. La pobreza extrema, otra vez, de tantísimas personas invisibles y completamente existentes. La codicia. La miseria de los barrios donde se vive menos y peor en esa ciudad real que es la ciudad sentida y lamentable que cada vez abarca más. Y así, sucesivamente; que cada cual añada.

Según la Asociación Estatal de Directoras y Directores de Servicios Sociales, menos del 8% de las personas que están bajo el umbral de la pobreza, recibe la Inserción Mínima o alguna de sus variables correspondientes a cada una de las comunidades.

Las leyes y los Servicios Sociales no sirven con su infinitud de trámites desalentadores y completamente desubicados y que no dan para más y que tan arbitrarios terminan siendo.

El desempleo no dejará de crecer aunque solamente sea por la automatización de cada vez más tareas y puestos de trabajo. El paro real, ese que existe una vez se desmaquillan las cifras, hace tiempo ya que supera el 30% en toda Europa y el 20% antes de la pandemia en EEUU (eso sí, llamando empleo a cualquier cosa).

En esta cultura narcotizada del optimismo como religión y cuya cualidad fundamental consiste en una especie de presente continuo y amorfo y hondamente individualizado y frustrante, la esperanza tiene que ser una construcción movilizadora hacia lo que tiene de realmente posible; esa pasión por lo posible como civilización.

No es cierto que lo natural sea esta ficción del neoliberalismo como normalidad, ni sus versiones socialdemócratas más amables y a fortiori desconsoladoras. Hay que imaginar formas adaptadas para este siglo y que los límites de la nueva política, que sigue en la pecera (L. Pettit), tampoco generan ensimismada como está e incapaz de ir más allá de lo obvio y el mínimo exigible.

Si damos por bueno que la esperanza es la “conciencia moral del mañana” como decía Bloch, entonces ésta será el conjunto de hechos imaginados, “conciencia anticipadora”, y el amor sería aquí (eros platónico) esa tensión de la virtud que nos saca de la caverna y nos mueve hacia ella.

Llama la atención el protagonismo que damos al odio y el desaprecio político y automático cuando se nombra el amor, así, uno de los grandes logros del capitalismo es pensar que todo es mercadeo y contabilidad y el amor es romanticismo particularmente privado; pero eso sí, su correspondiente alter ego, el odio, es pura realidad político social.

Esta idea nos hace creer que el amor no es lo contrario de la fobia, filia, y que políticamente hablando es fraternidad y tensión ética que nos mantiene en la decencia y en la transformación adaptativa. Hablar ahora de manera extendida y necesaria del cuidado y de las políticas del cuidado para afianzarlo no es sino esquivar el amor y abordar una de sus expresiones de manera menos arriesgada. Algo es algo.

La esperanza es un bien cada vez más escaso que nos solicita profundos cambios ante la cultura neoliberal que nos convierte en marca y nos impulsa permanentemente a huir buscando saciar significados ya dados en el consumo y el mercado y que no contempla otra revolución ni riqueza que la de los riquísimos. La suya es una revolución que van ganando haciéndonos pensar y actuar como si fuésemos ellos.

 

La Renta Básica Incondicional no sería el bálsamo que lo curara todo, no sería ni de lejos la utopía realizada; además de imposible eso es indeseable, la utopía no está para alcanzarla, a diferencia de la esperanza que pensarla ya es una manera de vivirla. La utopía está para ser siempre un no tiempo, para no cumplirse nunca, en cambio, la esperanza de que teniendo recursos de sobra se alivien y generen mundos mejores para tantísimas personas de carne y hueso, es la pasión necesaria en la que como civilización o país o región o ciudad o barrio, “nos lo jugamos todo”. Es la necesidad apasionada de lo posible.

Garantizar un mínimo vital para las personas que carecen de recursos propios debería ser Cuestión de Estado en todo el sentido de la expresión, y una prioridad de cualquier Gobierno que se preocupe por la dignidad de las personas (Informe Pobreza Directoras y Directores de Servicios Sociales)

La máxima de las desesperadas y desesperados de la tierra diría:

Puede que no haya esperanza pero tenemos que actuar como si la hubiera (T. Eagleton).

 

 

José Luis Asencio García

Filósofo

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