El año que Susana Díaz perdió contra Susana Díaz

Susana Díaz la noche electoral del 20D.
Susana Díaz la noche electoral del 20D.

Lo había sido todo: concejala del Ayuntamiento de Sevilla, diputada, senadora, consejera de la Junta, secretaria general de los socialistas sevillanos y urdidora de planes internos varios con muchas víctimas a sus espaldas. Lo había sido todo pero a ella le parecía insuficiente, quería llegar tan alto como Felipe González: su gran ídolo político, el hombre por el que se afilió al PSOE, su mayor referente político y también quien le alimentó la voracidad contra Pedro Sánchez y la terminó estrellando.

El sábado 7 de septiembre de 2013, no cabía un alfiler en el salón de usos múltiples del Parlamento de Andalucía, el mismo lugar donde PP y Ciudadanos han hecho público su pacto por el que los socialistas serán desalojados de la Junta por primera vez en 36 años. En aquella mañana soleada de septiembre de 2013, no faltaba nadie.

A Susana Díaz sólo le faltaba salir en procesión como la Esperanza de Triana, de la que es una ferviente devota. Eran los tiempos en los que la llevaba el aire. Era la esperanza de las fuerzas oscuras del Régimen del 78 para calmar el descontento social por la crisis. En aquel salón noble de la Cámara andaluza estaban desde la patronal hasta los mandatarios de las centrales sindicales, desde gente sencilla del populoso barrio de Triana hasta los empresarios andaluces con más poderío, desde políticos socialistas afines hasta sus adversarios en las mil y una batalla internas que ha librado por el poder orgánico en el PSOE, pasando por periodistas afines y los escépticos.

Nadie se quería perder la jura del cargo de presidenta del Gobierno de aquella mujer con un relato épico de hija de fontanero que finalmente ha terminado siendo la aliada de los grandes poderes económicos que pusieron a Mariano Rajoy de presidente del Gobierno, no sin antes dar un golpe de Estado dentro del PSOE y mandar a Pedro Sánchez a su casa para evitar que Podemos entrara dentro de los mandos del Estado.

Aunque decía ser “de izquierdas, muy de izquierdas”, los primeros gestos, ya una vez investida presidenta, no dejaban lugar a dudas de lo que pretendía hacer. A los pocos días de jurar el cargo, se reunió con los presidentes del BBVA, de La Caixa, del Banco Santander, de Telefónica y de Iberdrola.

Asesorada por Felipe González, quien le abrió la puerta del IBEX-35, la presidenta andaluza parecía imparable. Por un lado tenía un relato de izquierdas que los medios de comunicación, alimentados por la propaganda institucional y con Canal Sur controlado hasta el último rincón, se encargaban de expandir; por otro, se reunía con los gerifaltes del poder económico, unas veces en público y muchas más en privado, que pedían más recortes, menos sector público y que la fueron haciendo creer que la necesitaban para frenar a Podemos.

Dos años después de jurar su cargo, que heredó de José Antonio Griñán, convocó elecciones tras haber expulsado  a Izquierda Unida del Gobierno andaluz. El nacimiento de Podemos la pilló con el pie cambiado. Ni quiso ni supo ver la potencia de lo que significaba el nacimiento de la formación morada. Pudiendo haber pactado con Podemos, en 2015 prefirió hacerlo con los nueve diputados de Ciudadanos en lugar de con los 15 de la formación morada. “Hemos frenado al populismo”, dijo la noche electoral de 2015 donde perdió votos pero mantuvo los escaños que heredó de José Antonio Griñán.

Aquella noche electoral, el 22 de marzo de 2015, empezó el principio del fin de la hegemonía socialista en Andalucía. En lugar de situarse con los vientos de cambio, Susana Díaz alimentó la furia reaccionaria que ha terminado engullendo al PSOE andaluz. Su alianza con Ciudadanos, con quien Susana Díaz pensaba que se libraba para siempre de la izquierda, ha terminado siendo lo peor que ha hecho en su vida política. La moción de censura exitosa que hizo a Pedro Sánchez presidente en junio de 2018, con los votos de Unidos Podemos, definitivamente la dejó desnuda ante la intemperie.

Éxito de la moción de censura

Toda su estrategia fue fortalecer el terreno de juego de Ciudadanos para cerrarle el paso a Pedro Sánchez, pero la moción de censura le rompió el plan con el que pretendía presentarse ante los andaluces en las elecciones autonómicas de 2018. Al situarse Ciudadanos en oposición a Pedro Sánchez, Susana Díaz se quedó sin argumentario, sin estrategia, sin discurso y sin nada ante el espejo.

Mientras Sánchez pactaba con los independentistas, Díaz tenía un discurso frentista contra Cataluña; mientras Pedro Sánchez arrinconaba a Ciudadanos y lo situaba en la derecha, Susana Díaz pactaba leyes, tres presupuestos y hasta el fin del impuesto a los grandes herederos con los de Albert Rivera; mientras los diputados de Unidos Podemos gritaban “¡sí se puede!” el día que la moción de censura hizo presidente a Pedro Sánchez, Susana Díaz seguía sin hablarse con Teresa Rodríguez, votando en contra de las leyes presentadas por la formación morada y creyendo que era una locura pactar con los de Pablo Iglesias para echar al PP de Moncloa.

El triunfo de la moción de censura se convirtió en un espejo donde la presidenta en funciones andaluza se veía desnuda a merced de lo que Ciudadanos quisiera hacer con ella. Con este escenario, afrontó la campaña electoral sin espacio para refugiarse.

Si decía que era de izquierdas, Podemos e Izquierda Unida le recordaban su pacto con Ciudadanos, los tres presupuestos que había aprobado con la formación naranja y el golpe de Estado que dio en el PSOE para hacer presidente del Gobierno a Mariano Rajoy. Si decía que defendía la unidad de España, Ciudadanos y el PP le recordaban que Pedro Sánchez estaba pactando con los independentistas. Bloqueada, sin aire, pensó que se daría un paseo militar anticipando la convocatoria electoral.

Quienes le diseñaron la campaña electoral, creyeron que la marca personal de Susana Díaz sumaría votos y que sólo con mostrar un bajo perfil era suficiente para ganar con holgura y volver a gobernar. La realidad es que, quienes diseñaron la campaña, no supieron ver el grado de rechazo que tenía –y tiene- la figura de Susana Díaz, lo muy a la derecha que la situaban los ciudadanos progresistas en las encuestas y que recibía mejor nota en el votante de derechas que en los progresistas, que son quienes finalmente se han quedado en casa y han provocado que las derechas y la extrema derecha escindida del PP hayan podido alcanzar la mayoría absoluta.

Dicen quienes la conocen que está noqueada, profundamente triste y que sigue sin admitir  el varapalo electoral. Se niega a dimitir, pero sabe que su futuro pasa de nuevo por el de Pedro Sánchez. Lo próximo que tendrá que afrontar será el ERE que sufrirá el PSOE andaluz tras la salida del Gobierno de la Junta y su futuro político, que está acabado aunque ella se resiste a darse por muerta y amenaza con morir matando.

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