Juan Ignacio Zoido, un viejo conocido en Andalucía

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De Despeñaperros para arriba, la figura del ilustre ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, es desconocida y por ello aún siguen asombrados en el resto de España de la chulería, nepotismo y ademanes tardofranquistas con los que se mueve él y su gabinete, formado exclusivamente por hombres, todo ellos aliados íntimos en su etapa en la que fue portavoz del PP en el Parlamento de Andalucía y alcalde de la capital andaluza, en calidad de lugarteniente de Javier Arenas. Conocido por su fundamentalismo religioso, no tuvo empacho en urdir una concentración de lo más rancio y siniestro del extremismo católico sevillano, con crucifijos y fotografías de grandes dimensiones de santos locales portados por las señoronas rancias de la Sevilla eterna a la que representa este juez en excedencia, quien llegó a la Alcaldía de Sevilla gracias al apoyo mediático de la prensa hispalense, con montajes informativos que dejan en pañales a la posverdad y vestido con un mono de albañil en traje de chaqueta que, día sí y día también, se iba de jefe de obras y reformas por los barrios de la ciudad en los que, hacía unos años, el PP no podía ni entrar sin riesgo de salir agredido.

Con una artillería de periodistas hispalenses, en especial de ABC de Sevilla —el periódico más leído y que marca la agenda en la capital andaluza—, el ahora puesto contra las cuerdas ministro del Interior, que se encontraba en el palco del Sánchez Pizjuán viendo el derbi Sevilla-Betis mientras miles de españoles estaban atrapados por la nieve en la AP-6, se tiró cuatro años, como jefe de la oposición en el Ayuntamiento de Sevilla, haciendo perfomances en las que arreglaba aceras en mal estado, rehabilitaba semáforos que no funcionaban, ponía bordillos de manera correcta, daba abrazos a señoras de los barrios populares de Sevilla que nunca habían visto de cerca a un líder de la derecha andaluza tan campechano y que visitara las barriadas donde el PP tenía resultados electorales de partido marginal.

Paralamente a dar abrazos a señoras de barrios sencillos, que creían que por primera vez la derecha hispalense defendería a la gente sencilla de una ciudad con barriadas periféricas abandonadas de la mano de Dios y con niveles infames de empobrecimiento y de desigualdad, el alcalde ultracatólico se ensañaba con los cientos de criaturas que se quedaron sin vivienda por las consecuencias de la crisis y se afanó contra las familias que vivían en la mítica Corrala Utopía, dos edificios de viviendas propiedad de una entidad bancaria que fueron ocupados por familias en exclusión social que habían sido desahuciadas junto a sus hijos del techo que les daba cobijo.

Durante casi dos años les negó una solución habitacional a las 36 familias de la Corrala Utopía, donde vivían niños y niñas sin agua potable, sin luz y sin el apoyo de los servicios sociales capitaneados por el alcalde Juan Ignacio Zoido, quien llegó a amenazar con quitarle la custodia de sus hijos a las madres que organizaron protestas sonadas que deslucieron su desfile de grana y oro por la ciudad. No contento con el maltrato sádico con el que se ensañó con estas familias, abortó las negociaciones para un realojamiento ordenado que negociaban el Defensor del Pueblo Andaluz junto a la Consejería de Vivienda de la Junta, entonces gestionada por Izquierda Unida.

El primer domingo de abril del año 2014, día señaladísimo en el calendario sevillano porque era el pregón de la Semana Santa en el Teatro Maestranza, con la presencia de los más granado de la sociedad hispalense, la Delegación del Gobierno de España en Andalucía, compinchada con el entonces alcalde, mandó desalojar con fuerza bruta inusitada a las personas que vivían en el que se convirtió en símbolo español de la lucha por el derecho a una vivienda digna que señaló la insensatez de un país con casas sin gente y gente sin casa. Personas en sillas de ruedas, niños y niñas, madres sin consuelo y señoras mayores arrugadas por la pobreza empezaron a sacar sus pocas pertenenecias de la que había sido su casa durante casi los dos últimos años. Así quedó abortada la negociación para realojar a estas familias en una vivienda social de la Junta de Andalucía.

Enfrente del edificio que había dado la vuelta al mundo como símbolo de la crisis económica española, un cordón policial, de dimensiones de desactivación de cédula terrorista, no dudó en empujar a las familias que arrastraban su vida con destino a la más absoluta indigencia. Juan Ignacio Zoido no podía tolerar una solución pactada porque eso hubiera significado el triunfo del Sí se puede de las plataformas de afectados por las hipotecas y no dudó en usar el aparato del Estado para terminar con una escena que representaba a familias normales en situación de exclusión.

Un verano antes de mandar a 36 familias a dormir a la calle, el alcalde más conservador que ha tenido una ciudad tan heterodoxa como Sevilla, segó de la zona centro de la ciudad todas las fuentes públicas de agua en las que las personas sin techo llenaban sus botellas de plástico para beber y ducharse en los veranos infernales de la capital hispalense. En el año 2007, cuando era jefe de la oposición del Ayuntamiento de Sevilla, llegó incluso a proponer la prohibición de la que fue la primera manifestación de Orgullo LGTB en la capital andaluza, en la que participaron más de 50.000 personas, para lo que no dudó en usar a una extinta asociación LGTB vinculada al PP (Colegas), a cambio de proponerle subvenciones si gobernaba, y así legitimar en boca de homosexuales de derechas la negación de los derechos de las personas homosexuales y transexuales. Ni Marine Le Pen se atreve a tanto.

En España la gente está ahora descubriendo quién es Juan Ignacio Zoido, juez en excedencia desde que lo llamara José María Aznar allá por el año 2000. Un Manuel Fraga que ha tenido la mala fortuna de nacer tarde para ser ministro franquista. Clasista, populista, obsesionado con aparecer en los medios, machista, autoritario, fundamentalista religioso y homófobo radical, pasará a la historia como el peor alcalde de Sevilla y el peor ministro del Interior de la democracia. En Andalucía lo conocemos bien, Zoido es un viejo conocido.

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