Riesgo, peligro y territorio: claves para entender las inundaciones del Guadalete

Ha pasado ya un mes desde el último episodio de inundaciones en la cuenca del Guadalete. Con cierta perspectiva, creemos necesario detenernos a reflexionar sobre lo ocurrido desde un enfoque que a menudo se simplifica: el del riesgo de inundaciones

Cómo se manifiestan el peligro y la peligrosidad en la cuenca del Guadalete.
04 de marzo de 2026 a las 09:58h

Ha pasado ya un mes desde el último episodio de inundaciones en la cuenca del Guadalete. Con cierta perspectiva, creemos necesario detenernos a reflexionar sobre lo ocurrido desde un enfoque que a menudo se simplifica: el del riesgo de inundaciones.

Tras cada crecida, es habitual que el debate público se centre casi exclusivamente en el comportamiento del río —si llevaba demasiada agua, si se desbordó, si las presas funcionaron correctamente—. Sin embargo, reducir el problema al fenómeno natural impide comprender por qué se producen los daños y qué papel juegan otros factores.

Hablar de riesgo implica ir más allá del agua. El riesgo de inundaciones no es sinónimo de crecida. Se refiere a la probabilidad de que un evento potencialmente peligroso cause daños materiales, económicos o humanos. Es el resultado de la combinación de tres componentes: el peligro —la posibilidad de que se produzca una inundación—; la exposición —las personas, actividades y bienes situados en zonas susceptibles de inundarse—; y la vulnerabilidad —el grado de fragilidad o capacidad de adaptación frente a ese fenómeno—.

Este enfoque forma parte de lo que podríamos denominar una cultura del riesgo: comprender que las inundaciones no se explican únicamente por la intensidad de la lluvia o el caudal del río, sino también por cómo ocupamos y gestionamos el territorio. Se trata de un marco conceptual ampliamente utilizado en los ámbitos técnicos y académicos, pero todavía poco incorporado al debate público.

En este artículo nos centraremos en uno de esos componentes: el peligro asociado a las crecidas en la cuenca del Guadalete. Comprender su funcionamiento es un primer paso para abordar, en entregas posteriores, la exposición y la vulnerabilidad que configuran el riesgo en nuestro territorio.

Peligro y peligrosidad en las crecidas e inundaciones del Guadalete.

Peligro y peligrosidad en las crecidas e inundaciones del Guadalete

El peligro hace referencia al propio suceso natural —las crecidas e inundaciones del río— con capacidad para provocar pérdidas de vidas humanas, daños en viviendas e infraestructuras y afectaciones a las actividades económicas. Es lo que hemos vivido en las últimas semanas en la zona baja del Guadalete.

Las crecidas forman parte del funcionamiento natural de los ríos, aunque a menudo lo olvidamos o prefiramos no asumirlo. El caudal de un río o arroyo en estado natural —es decir, no regulado ni alterado por infraestructuras— varía a lo largo del año. En el ámbito mediterráneo, suele aumentar durante el invierno y a comienzos de la primavera, coincidiendo con la época de lluvias, y desciende progresivamente en verano.

Esta dinámica permite distinguir entre el cauce ordinario —por el que discurre el río en condiciones habituales— y el espacio que ocupa cuando el nivel del agua aumenta durante las crecidas. Cuando las precipitaciones son especialmente intensas o persistentes, como ocurrió con el tren de borrascas que afectó a la mitad sur peninsular a comienzos de este invierno, el río supera su cauce ordinario y ocupa la llanura de inundación, produciéndose el desbordamiento.

Conviene insistir en esta cuestión, porque persiste la idea de que los ríos funcionan como canales que transportan un caudal constante durante todo el año. Sin embargo, su comportamiento es dinámico y variable, y las crecidas forman parte de ese equilibrio natural.

Esquema inundaciones Jerez: la peligrosidad.

La peligrosidad

Por su parte, la peligrosidad de inundación se refiere a la probabilidad de que un área determinada se inunde en un periodo de tiempo concreto, en función de la frecuencia e intensidad de las crecidas.

Según el Plan de Gestión del Riesgo de Inundaciones de la Cuenca del Guadalete, la peligrosidad se valora atendiendo a diversos factores: la superficie potencialmente inundable, la altura que puede alcanzar el agua, la capacidad erosiva y de transporte de sedimentos, la presencia de obstáculos en el cauce y en la llanura de inundación, o el grado de regulación existente en la cuenca.

Se considera peligrosidad alta cuando la probabilidad de ocurrencia es de una vez cada diez años; media, cuando es de una vez cada cien años; y baja, cuando se estima en una vez cada quinientos años.

¿Cómo se manifiestan el peligro y la peligrosidad en la cuenca del Guadalete?

La cuenca del río Guadalete ocupa una superficie de 3.285 km² y su cauce principal recorre 157 kilómetros desde la Sierra de Grazalema hasta su desembocadura en la Bahía de Cádiz. Se trata de una cuenca con una fuerte intervención hidráulica: algo más del 60% de su superficie está regulada por grandes infraestructuras de embalse —Zahara-El Gastor, Bornos, Los Hurones, Guadalcacín I y Guadalcacín II— que almacenan agua para abastecimiento urbano, regadío y otros usos, y que desempeñan un papel clave en la laminación de avenidas.

Esquema Río Guadalete.

El principal factor desencadenante de las inundaciones en esta cuenca son los episodios de precipitaciones intensas y persistentes asociados a borrascas atlánticas que afectan al sur peninsular. Cuando estos sistemas se encadenan durante varios días —o coinciden con suelos previamente saturados y embalses con elevados niveles de almacenamiento— la capacidad de regulación disminuye y aumenta la probabilidad de crecidas significativas. En estos contextos, el peligro natural se activa y el río puede volver a ocupar su llanura de inundación.

Una muestra de lo anterior se refleja en las precipitaciones registradas en la cuenca entre el 15 de enero y el 15 de febrero de 2026. En las estaciones meteorológicas de Grazalema, la presa de Zahara, el embalse de Arcos o Guadalete-Jerez se recogieron 2.238 l/m2, 983, l/m2, 583, l/m2 y 524 l/m2, respectivamente, casi el equivalente a la lluvia media de todo un año.

El peligro natural asociado a las inundaciones en la cuenca del Guadalete se materializa en las crecidas del río principal y de algunos de sus afluentes, como los arroyos Salado de Espera, de Paterna y de Caulina y, en menor medida, el río Majaceite. Especialmente en el tramo bajo, el territorio ha sido históricamente modelado por las avenidas del río. No se trata de un fenómeno excepcional, sino de un proceso geomorfológico que ha configurado la llanura de inundación a lo largo del tiempo.

En el tramo bajo del Guadalete, la peligrosidad de inundación presenta rasgos específicos. Según el Plan de Gestión del Riesgo de Inundaciones , se trata de un sector con tiempo de respuesta lento —es decir, el incremento del caudal no es inmediato tras las lluvias, sino progresivo— y con baja capacidad de transporte de sedimentos, lo que favorece la acumulación de materiales en el cauce y en la llanura de inundación. A ello se suma una elevada presencia de obstáculos —infraestructuras viarias, motas, pasos y ocupaciones diversas— que condicionan la circulación del agua durante las avenidas, tal como se puede observar en la siguiente simulación.

Simulación de la inundación del río Guadalete.

Hasta mediados del siglo XX —antes de la construcción de las presas— las crecidas se producían con regularidad. Formaban parte del régimen natural del Guadalete: el caudal aumentaba en los meses lluviosos y el río ocupaba periódicamente su llanura de inundación.

El Mapa Topográfico Nacional de 1917 muestra, en el entorno de Jerez, un paisaje claramente anegable compuesto por lagunas —como Las Quinientas o La Isla—, cultivos de secano y zonas de pasto.

Por otro lado, revisando la secuencia de inundaciones históricas en la cuenca podemos comprobar como este fenómeno es un peligro natural recurrente. Desde comienzos del siglo XX se han documentado episodios significativos de inundación en 1917, 1930, 1940, 1947, 1963, 1970, 1980, 1982, 1996, 2009, 2018, 2025 y 2026. Una de las más catastróficas fue la de 1917, ampliamente relatada en el artículo La gran riada III de los hermanos García-Lázaro, publicada en su blog www.entornoajerez.com.

Figura 1 Detalle del entorno de Jerez de la Frontera. MTN 50 ano 1917 Instituto Geografico Nacional.

No obstante, en este periodo de tiempo se ha pasado de inundaciones catastróficas a inundaciones controladas y gestionadas (pero no por ello, menos dañinas). Desde mediados de la década de 1950 hasta principios de los años 90 del siglo XX, el caudal del río Guadalete ha sido progresivamente regulado, controlado y domesticado a través de las cinco grandes presas de la cuenca.

Para muestra, un botón, en las pasadas inundaciones de febrero de 2026, el cauce del Guadalete a la altura de Jerez llegó a evacuar algo más de 1.100 m3/s —con los embalses de Bornos y Arcos desaguando a máxima capacidad—, frente a los 2.000 m3/s de las inundaciones de 1917, los 1.300 m3/s que llegó a evacuar la presa de Guadalcacín I en 1930 o los 1.400 m3/s de la presa de Bornos en 1967.

La serie histórica de precipitaciones acumuladas en la cuenca desde el año hidrológico 1940/41 permite identificar también la secuencia de episodios de inundación, especialmente a partir del umbral aproximado de 1.000 hm³ anuales.

Figura 2 Puente sifon de La Barca de La Florida en las inundaciones de 1917. www.entornoajerez

La regulación hidráulica de la cuenca ha modificado esta dinámica, reduciendo la frecuencia y la intensidad de muchas avenidas. Sin embargo, no ha eliminado el peligro asociado a episodios de precipitaciones intensas y persistentes. Estas se van a seguir produciendo en el futuro, agravadas por los efectos del cambio climático.

Otro de los efectos de la regulación del Guadalete es la desaparición de las crecidas estacionales del río. En condiciones naturales, el Guadalete debería aumentar su caudal en invierno y a comienzos de la primavera, coincidiendo con las lluvias, y reducirlo progresivamente durante el verano. Sin embargo, la regulación mediante presas ha modificado este comportamiento y ha reducido casi por completo esas crecidas naturales.

Los datos de la estación de aforo de Jerez de la Frontera, analizados para el periodo 1999–febrero de 2026, muestran un régimen notablemente estable a lo largo del año. El caudal medio diario presenta escasa variación estacional y solo registra ligeros incrementos durante el verano, asociados principalmente a la campaña de riego agrícola.

Figura 3 Registro de aportaciones en el tramo bajo del rio Guadalete 1940-2018.

Resulta significativo que incluso en los episodios de mayor crecida registrados en este periodo, la altura de la lámina de agua se mantenga muy por debajo de los 4 metros, umbral correspondiente al nivel amarillo de aviso por inundación.

Figura 4 Nivel medio diario del rio Guadalete en Jerez de la Frontera 1999 2026 en metros de la lamina de agua. SAIH Guadalquivir SAIH Hidrosur y elaboracion propia.

La "falsa sensación de seguridad"

En síntesis, el sistema de presas ha permitido reducir la intensidad de muchas avenidas y limitar parte de los daños asociados a las inundaciones. Sin embargo, no ha eliminado el peligro, ni puede hacerlo en el futuro.

El control hidráulico y la práctica desaparición de las crecidas estacionales han contribuido a generar una cierta sensación de seguridad. Se tiende a pensar —y a esperar— que el río no se desbordará o que, si lo hace, será de forma plenamente controlada. Pero la experiencia demuestra que ningún sistema de regulación es capaz de absorber indefinidamente episodios de lluvias intensas y persistentes. Cuando los embalses alcanzan niveles elevados y deben liberar agua, el río recupera parte de su dinámica y puede volver a ocupar la llanura de inundación.

Hasta ahora, la gestión del riesgo en el Guadalete se ha centrado fundamentalmente en reducir el peligro natural asociado a las crecidas. Esta estrategia ha sido necesaria, pero insuficiente. Al concentrar los esfuerzos en el control del caudal, se ha prestado menor atención a otros componentes del riesgo, como la exposición y la vulnerabilidad en las zonas inundables.

Avanzar hacia una gestión más eficaz exige ampliar el enfoque: no solo controlar el agua, sino ordenar el territorio y reducir la fragilidad de las actividades y asentamientos situados en áreas con peligrosidad significativa. De ello hablaremos en el próximo artículo.

Sobre el autor

Antonio Figueroa

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