Vistas desde la carretera de La Loma, entre Úbeda y Villanueva del Arzobispo.
Vistas desde la carretera de La Loma, entre Úbeda y Villanueva del Arzobispo.

De vuelta a casa, navegando por la cresta de la ola que supone la carretera de La Loma, entre Úbeda y Villanueva del Arzobispo, y más allá, por el pasillo que forma el valle medio del Guadalimar, hasta llegar a la Sierra de Segura. Contemplo las copas de los árboles, como la superficie de la mar picada; en lugar de la espuma, el envés plateado de las hojas que el viento enseña cuando las mueve. El mar ofrece siempre un mirar agradable, pero se vuelve paisaje grandioso cuando muestra su fuerza en la tempestad; no me refiero a la simple marejada, sino a las olas gigantes, a “la mar arbolada”. Este mar de árboles se encrespa cuando se encarama a las sierras, aquí presenta su todo su carácter de paisaje resistente, como resistentes son sus curtidos navegantes, los olivareros serranos.

Timonel, en mi barca de cuatro ruedas, no puedo distraerme. Me paro en la entrada de un camino y me sumerjo entre las olivas (aquí en esta parte de Jaén son femeninas, “las árboles”). “Árbol cobijo”, ahora el “bosque” (esto no es un bosque, le falta algo para serlo…) no me deja ver el árbol. Me acerco a una oliva hermosa, con sus tres pies, tres grueso troncos, rugosos, con los cordones de savia bien marcados que se prolongan en ramas vigorosas, de corteza tersa, incoherentemente jóvenes para salir de un tronco, si no viejo, sí claramente adulto. Esta y la otra, y la otra, y todas las que forman la parcela, e igual en las parcelas vecinas, hacia los cuatro puntos cardinales.

¡Cuánto trabajo acumulado en estas hileras de árboles! ¡Cuánto esfuerzo e ilusión de generaciones! De quienes sudaron para desmontar, roturar y plantar; de quienes han labrado esta tierra primavera tras primavera, primero con animales de labor (con cuyo estiércol devolvían la fertilidad a la tierra que los sustentan), después con los tractores (muchos caballos de potencia, pero ningún estiércol). Cuánta sabiduría, fuerza y habilidad, para podar, que es como esculpir sobre madera viva. Si lo empezó el abuelo, ha seguido el hijo, ahora el nieto, que ya está preparado para dejárselo a quien le siga (¡Ay! Si lo hubiera…).

El olivar es titular de muchos valores, pero, quizás, el más singular sea la permanencia. Permanencia que no es lo mismo que inmovilidad, pues el olivar cambia, ha cambiado mucho a través de su larga historia. Permanecen los árboles, con los mismos troncos, pero con hojas y ramas nuevas, no son estatuas; y permanece vivo todo lo que cobija, también la sociedad humana que lo protege y es protegida, que lo cuida con técnicas que han ido cambiando, adaptándose a cada época.

Técnicas que se han puesto al día, entre el acierto y el error, porque también hay tropiezos, callejones sin salida, como esa moda -que se impuso hace unas décadas- de manejar el campo como si fuera una máquina, olvidando que es un organismo vivo, un sistema complejo y diverso. “Innovaciones técnicas” que llevaron a disparates como dejar los suelos desnudos todo el año, ignorando su función y exponiéndolos al arrastre por erosión; a prescindir de los aportes de materia orgánica; y a intentar solucionar los problemas originados por la reducción de la diversidad -las plagas y enfermedades- reduciéndola aún más a fuerza de aplicar tóxicos biocidas.

Al contrario que el olivar, las modas son pasajeras y ya empieza a imponerse una forma distinta de tratar este agrosistema, en algunos casos tímidamente y por obligación (la conocida “condicionalidad”), en otros por convicción, como es el caso de los olivareros ecológicos que cada vez son más, y mejores sus prácticas, hasta el punto que no solo obtienen un aceite excelente al tiempo que mejoran la fertilidad de la tierra y protegen la biodiversidad del paraje, sino que también contribuyen a la mitigación del cambio climático, secuestrando más dióxido de carbono  del que emiten. 

El olivar es el marco de vida de muchos pueblos en Andalucía -unos trescientos- la gestión que de él se haga condiciona, además de la economía, la calidad ambiental y la salud de su población, la de todos los andaluces.

Prosigo mi viaje, sin proponérmelo me vienen a la cabeza aquellos versos:

“… No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor…”

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