No pienses en la gaviota

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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“La mayoría de los americanos no quieren saber nada de programas. La mayoría de los americanos quieren saber lo que defiendes, si tus valores son los mismos que los de ellos, por qué principios te riges y en qué dirección quieres llevar al país”.
(George Lakoff, No Pienses en un Elefante)

Durante la última campaña municipal varios de los integrantes de Somos Jerez nos enfrascamos en un análisis sistemático de los programas electorales. De los que había, porque el PP no presentó programa alguno y fue la fuerza más votada a pesar de los escándalos, la crisis y la ausencia de programa. El programa, su elaboración, su concreción y su carácter vinculante han sido y son la obsesión de las fuerzas progresistas y, probablemente, una de las causas de sus reiteradas derrotas. Lakoff mantiene que el programa no interesa a casi nadie. No es que nadie se lo lea, que también, es que solo determina el voto de unos pocos.

Lakoff mantiene que son la identidad y los valores los que determinan no solo el voto, sino el hecho en sí de votar. En palabras más llanas: el partido que más crecerá será el que sea capaz de presentar un programa lo más limitado y transversal posible, pero una identidad y unos valores lo más compartidos y positivos posibles. Yo voto a aquél en el que confío, porque es como yo, defiende lo que yo. Hará lo que yo haría, lo que yo querría hacer. Confío en él, lo conozco, es “de los míos”, así que no necesito leerme su programa. Es un buen tío, hará lo necesario. El “votante medio” vota al partido con el que se identifica y comparte valores, si no encuentra ninguno así, pues no vota.

Si la identificación (y los valores) regulan la conducta política alguno de los partidos tradicionales (e incluso los nuevos) pueden estar errando el enfoque radicalmente. Manuela Carmena, ignoro si por intuición o por erudición, apunta en esta dirección al hablar de seducir, no de convencer. La identificación otorga confianza, una confianza que es extremadamente insensible a la realidad, da igual lo que haga el objeto de nuestra confianza, siempre le justificaremos, creeremos sus palabras antes que a nuestros propios ojos. No se puede convencer a un creyente, hay que ganarse su confianza primero, hablar su lenguaje, usar sus esquemas mentales, sus marcos conceptuales. Es lo que logró Obama, lo que lograron antes Reagan y Thatcher, lo que logró Iglesias.

Lakoff parte de lo que la ciencia sabe sobre nuestra manera de pensar, de percibir y sobre todo de elaborar e integrar el mundo. Sabemos que en realidad no respondemos al mundo, respondemos a nuestra propia e interiorizada imagen del mundo, de ahí su insistencia en relación a los marcos conceptuales. Al igual que el anoréxico (o el vigoréxico) retuerce sus percepciones y da por válida una imagen distorsionada de su cuerpo, cuando los hechos no encajan con nuestro marco tendemos a mantener el marco y rechazar (o ignorar) los hechos que lo amenazarían.

Lakoff suele recurrir a los modelos de crianza (padre estricto versus padre protector) porque sabe que los modelos parentales son los primeros en ser interiorizados, tienen un enorme peso en la construcción de la identidad y determinan en gran parte los valores que trataremos de seguir (o evitar) a lo largo de nuestra vida. Pero sobre todo los usa porque son los que usan los conservadores para lograr esa identificación. Y ese es otro de los grandes aciertos de Lakoff, señala como se aprovechan los conservadores americanos de ese conocimiento científico. Como usan marcos conceptuales, usando el lenguaje para lograr una identificación del votante con el padre estricto al que apelan de modo explícito e implícito, activo y pasivo.

Y sin embargo aquí seguimos nosotros, al otro lado del charco. Diez años después de la primera edición. Aún pensamos, contra toda evidencia, que los seres humanos votamos por interés, de manera racional. Pues no, no es así, se vota por identidad, ámbito en el que lo racional es modificado por lo emocional, en el que lo grupal, lo colectivo y la historia personal pesan más que nuestro interés personal y concreto. Quizás si entendemos todo esto podamos comprender el supuesto misterio del obrero de derechas, la pobreza vergonzante y el aguante del bipartito pese a los escándalos, pese a la crisis, pese a todo.

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