Una manifestación feminista, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA
Una manifestación feminista, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA

Hay palabras que son así, ¡bum! Las lees y se produce un aldabonazo. El “marketing de las palabras” nos hace girar la cabeza frente a algunas, y simplemente ignorar otras, por más que estén seguidas de un contenido de lo más interesante.

Nuestra sociedad, de hecho, está mucho más acostumbrada al uso de feminazismo, y más aún al de feminazi, escupida así, con furia, como quien abofetea para insultar, sin valorar que el nazismo como ideología y como sistema político –racista, genocida y mil etcéteras– produjo una de las mayores catástrofes humanas del siglo pasado. Pero, por el contrario, no solemos emplear su gemela, dicha necesariamente entre comillas porque no es tal: machinazismo.

Un juego muy interesante que realizo en algunos de los talleres que imparto, especialmente entre gente joven, es el de verdadero o falso: entrecomillo una frase y animo a adivinar si alguna persona relevante de la historia la dejó dicha.

Por ejemplo: “El macho es por naturaleza superior y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad”. Después de llevarse las manos a la cabeza incrédulamente, les explico que fue Aristóteles (siglo IV a.C.) y que pueden haber estudiado a este padre e influencer del pensamiento occidental en clase de filosofía; pero que difícilmente les habrán hablado de su construcción de los sexos, en la que las mujeres somos poco menos que vasijas en las que el varón deposita la esencia de la vida; de su estructura social, en la que estamos en el escalafón intermedio entre el hombre y el esclavo; y les explico que la frase se encuentra en la obra aristotélica y que pueden leerla, si les apetece, (Política, Libro I, 1254b).

Otorgar la superioridad al varón y la subordinación a la hembra, en la biología, en la sociedad y la política, e incluso en el derecho a poseer lo propio puede rastrearse a través de toda la obra aristotélica –sin ser yo una experta—, y dado que no lo dijo mi vecino del quinto, sino uno de los pensadores más importantes de la Historia occidental, es particularmente importante para entender la estructura de desigualdad en la que nos hemos criado y que se ha ido retroalimentando y reforzando a lo largo de los siglos desde todas las esferas.

Por eso incluyo en el juego a otros faros del pensamiento, el arte o la ciencia, y en todos los casos con su correspondiente fuente: San Agustín, Rousseau, el de educar poquito y para entretener; Nietszche, el del látigo, Schopenhauer, el de nuestro aspecto de incapaces, Freud, el de la envidia por no tener pene… podría poner mil ejemplos más.

¿Se imaginan lo descrito justo al revés? ¿A mujeres relevantes de la Historia argumentando sistemáticamente en sus obras en contra de las cualidades, capacidades y derechos de los varones y contribuyendo a estructurar la sociedad en torno a esa desigualdad?

Comprendo que a muchos varones les incomode, se llame como se llame este sistema: heteropatriarcado o machinazismo; así que comprendan cómo nos incomoda a algunas todo lo escrito a punta pala pero de tapadillo sobre lo malas, putas, incompletas, incapaces o envidiosas que somos.

No se trata de culpabilizar, pero tampoco de negar la evidencia documental; porque sin conocimiento, reconocimiento y enmienda es mucho más complicado avanzar. A estas alturas ya habrán adivinado que soy una de esas feministas, sí. Y a mucha honra.

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