El cuadro 'Los filisteos golpeados por la peste', de Nicolas Poussin (1631).
El cuadro 'Los filisteos golpeados por la peste', de Nicolas Poussin (1631).

Últimamente se oye mucho decir que cuando acabe este tiempo terrible del coronavirus probablemente seremos mejores personas. Yo no sé si seremos mejores, pero desde luego no creo que vayamos a estar mejor desde el punto de vista social y económico. No ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad después de una epidemia grave y muy extendida.

El primer ejemplo documentado de pandemia es la llamada “peste antonina” por haberse producido durante el reinado de Marco Aurelio Antonino, o “peste de Galeno”, por haber sido este célebre médico, que la presenció al trabajar directamente con el emperador, quien describió los síntomas de la misma, cuyos efectos se extendieron probablemente desde el 165 hasta el 180 d.C. Sigue siendo un tema discutido, pero después de esta plaga, que afectó a todo el imperio romano y llegó incluso más allá de sus fronteras, ya nada volvió a ser igual.

En el siglo II d.C el Imperio había llegado a su máxima extensión: ocupaba desde la actual Inglaterra hasta el Próximo Oriente, y desde el norte de Africa hasta el Rhin y el Danubio. En este momento, cuando también había alcanzado su máximo desarrollo y relativa estabilidad tanto en zonas rurales como urbanas, tenía una población de unos 50 millones de habitantes, conscientes de pertenecer a una misma civilización y hablantes de una misma lengua, el latín y/o el griego. Se trataba, podemos afirmarlo así, de un mundo ya globalizado.

La versión más difundida sitúa el origen de la plaga en una de las expediciones contra los partos (pueblo situado en la frontera oriental) del año 165, a cargo del coregente y hermano de Marco Aurelio, Lucio Vero. De él dice la Historia Augusta, (biografías de emperadores compuesta en el siglo IV d. C), que, a su vuelta a la capital Tuvo la fatalidad, según parece, de llevar consigo la peste a todas las provincias por donde pasó hasta que llegó a Roma.

En concreto el mal habría aparecido en Babilonia, donde un soldado había profanado el templo de Apolo al abrir un cofre, del cual había salido un vaho pestilente. Nos encontramos todavía en esta fecha con la primitiva idea del dios Apolo como origen de la enfermedad.

Desde allí se difundió ampliamente a través de la gran red viaria terrestre o naval que unía todo el imperio, o bien del comercio, tal como ha ocurrido con la actual crisis. Pero fueron los soldados que volvían de la campaña oriental, un cuerpo militar compuesto como mínimo por unas cien mil personas, carentes de los mínimos servicios higiénicos, los que parecen haber contribuido más a su propagación.

Amiano Marcelino, que vivió también en el siglo IV de la era, dice que la plaga llena de enfermedad y muerte a todo el territorio situado entre la tierra de los persas, el Rhin y las Galias. Según esta frase, no sabemos si afectó también a Hispania y al Norte de Africa. Los síntomas del mal, según Galeno —que huyó de Roma, por cierto, cuando vio que la cosa no tenía remedio—, eran los siguientes:

...exantemas de color negro o violáceo oscuro que después de un par de días se secan y desprenden del cuerpo, pústulas ulcerosas en todo el cuerpo, diarrea, fiebre y sensación de calentamiento interno por parte de los afectados; en algunos casos se presenta sangre en las deposiciones del infectado, pérdida de la voz y tos con sangre debido a llagas que aparecen en la cara y sectores cercanos; entre el noveno día de la aparición de los exantemas y el décimo segundo, la enfermedad se manifiesta con mayor violencia y es donde se produce la mayor tasa de mortalidad.

Parece haber un consenso entre los especialistas de que se trataba de viruela hemorrágica, algo desconocido hasta entonces en occidente, -tal como ha ocurrido ahora con el Covid 19- y en que la tasa de mortalidad afectó aproximadamente al 10% de la población, es decir, habrían muerto entre unos tres millones y medio y cinco millones de personas.

Según la Historia Augusta, (IV, 13, 3-6) cuando el emperador iba a reanudar en las fronteras de Germania la guerra contra los marcomanos (véanse las escenas iniciales del conocido film Gladiator) ...surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas... Por cierto, dicha epidemia acabó con muchos miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos..., lo que indica que el mal había afectado a todas las clases sociales, incluso las que disponían de mejores condiciones higiénicas y sanitarias, y que probablemente fue entonces cuando se alcanzó el pico de la pandemia.

Continúa el texto diciendo que el Marco Aurelio pagaba los funerales a los más pobres, y a continuación se cuenta la historia de un embaucador que hizo creer a la gente, para saquear la capital con otros compinches, que se acercaba el fin del mundo. Las leyes antoninas se conservan aún y tratan sobre las penas para las personas que ocupaban nichos vacíos para enterrar a sus familiares y los lugares donde hacerlo. Algunas se refieren a que el traslado de cadáveres debía hacerse con permiso de la autoridad local competente y nunca pasando por en medio de las ciudades para evitar todo posible contagio. Obviamente, los enterramientos se hacían sin los ritos acostumbrados, aunque por otro lado el emperador restableció escrupulosamente el culto a los dioses, lo que indica que muchos de esos cultos estaban ya en desuso.

La mayor morbilidad se dio en Roma, cercana entonces al millón de habitantes, debido a la mayor concentración de población, como ocurre por ejemplo hoy con Nueva York, donde son tantos los muertos que se han abierto muchas fosas comunes.

Marco Aurelio ha pasado a la historia como el emperador filósofo, y como tal, mientras actuaba en las guerras contra los marcomanos y en plena epidemia de peste, escribió en griego sus famosas Meditaciones, que reflejan su creencia en la doctrina estoica y una autoexigencia de dignidad, honestidad y sinceridad que ya querrían para sí muchos de nuestros actuales políticos.

No era amante de los juegos del circo ni de las luchas de gladiadores, pero dadas las bajas en el ejército, no tuvo más remedio que reclutar precisamente a gladiadores, esclavos, ladrones e incluso a tropas auxiliares germanas para que lucharan contra ellos mismos. Por encima de sus propias ideas ponía siempre su sentido del deber y el interés común, algo que sin duda también deberían imitar nuestros gobernantes.

Lucio Vero falleció en el 169 víctima de la plaga, y parece que el propio Marco Aurelio murió también en el 180 a causa de la enfermedad, o quizás de un rebrote de la misma. Su biógrafo nos cuenta que... deseando morir, se abstuvo de comer y de beber, y así aumentó su mal. A los seis días llamó a sus amigos, y al tiempo que se reía de las cosas humanas y despreciaba la muerte, les dijo: ¿Por qué me lloráis y no pensáis más bien en la epidemia y en la muerte de todos?...

La muerte fue una preocupación constante en el pensamiento de este emperador ilustrado, como fue una obsesión general en esa “época de angustia” que le tocó vivir, el siglo II d. C. En esta centuria y en la siguiente paganos y cristianos experimentaron un tremendo desconcierto y desesperación social. Ello explica el auge de charlatanes, profetas y oráculos, como ocurre ahora con los bulos y los métodos milagrosos de curación.

El charlatán más famoso fue un tal Alejandro que se hizo millonario vendiendo unos oráculos en verso que protegían supuestamente a los moradores de las casas contra la pestilencia, pero como dice Luciano de Samosata, un gran escéptico de la época que se reía de casi todo. El verso era el siguiente: “Febo, el de incortable cabellera, aleja una nube de peste”. Y en todas partes se podía ver el verso grabado en los portales como fármaco para rechazar la epidemia. Pero para la mayoría de las casas, las cosas salían al revés. Con la suerte de espaldas, se quedaban vacías las casas en cuyo portal estaba grabado el verso".

La enfermedad puso en peligro las cosechas, la mano de obra, los impuestos y las ciudades, además del reclutamiento militar. En época posterior se añadieron terremotos, inundaciones y más epidemias. Se extendió la pobreza, aumentó el bandolerismo, se depreció la moneda, zonas enteras del Imperio quedaron desiertas. De una Edad de Oro, como dice Dión Casio, se pasó a una de hierro mohoso.

Se echó la culpa de la pandemia, como ocurría cada vez que había una catástrofe, a los cristianos, una secta muy mal vista entonces. En estos casos siempre se busca un chivo expiatorio: ahora son los chinos y su supuesto laboratorio secreto de Wuhan.

Y es que, al igual que los romanos hasta Marco Aurelio no estaban acostumbrados a tantos desastres, en Occidente nos creíamos inmunes al dolor y a la muerte. Hemos nacido, como dice el filósofo Santiago Alba Rico, con derecho a la inmortalidad y no sabemos reconocer el dolor de los otros. Buscamos el individualismo, el beneficio inmediato, el hedonismo. Nadie nos ha enseñado ni a compartir ni a morir.

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