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"Como dijera Kennedy, pregúntate que puedes hacer por tu país. O por tu ciudad".

El principio de Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, es considerado uno de los mejores inicios de una novela y al mismo tiempo el comienzo de una pesadilla. Santiago Zavala, el protagonista, abre la novela planteándose de saque una pregunta: ¿en qué momento se jodió el Perú? 

Se me ocurre que podría parafrasear la pregunta: ¿en qué momento se jodió Jerez? O ¿en qué momento se jodió el jerez? Son dos cuestiones distintas pero indisolubles. Y creo que es un buen momento para preguntárselo... a uno mismo. Es tiempo de vendimia (del latín vindemia: vin -vino o viña-, demere -arrancar-). No pretendo buscar ningún responsable, ni menos aún algún culpable. Como dijera Kennedy, pregúntate que puedes hacer por tu país. O por tu ciudad. Otra paráfrasis. ¡Vamos por la primera!

Reproduzco una reflexión que me parece interesante: “La ciudad es un espacio de ensayo de modelos, estrategias y formas de pensar y formas de vivir en torno a todo aquello que se puede dar en una ciudad desde el día uno de nuestra vida hasta el último día".

La ciudad no cuenta con una estructura edilicia única y uniforme, sino que utiliza diferentes espacios para desarrollar las actividades, desde espacios institucionalizados y reconocidos, el Ayuntamiento, los colegios, los bares, los bancos, las plazas, las calles, hasta el espacio privado, las viviendas, elegidos en relación directa con el acto a desarrollar.

La ciudad apuesta por los diálogos y los intercambios, unas veces en voz bajita y otra a voces o a grito pelado, a veces con humor y otras con conflictos, en muchas ocasiones con malentendidos: Quid pro quo, “algo a cambio de algo”. Y por el “doy para que me des”: do ut des. Es un funcionamiento que se va construyendo sobre la base del ensayo y el error”.

Y ¿por qué la ciudad anfibia? Todo anfibio es un conector de contextos: crea canales entre dos estados-entorno (acuoso y terrestre, analógico y digital, urbano y rural, ciudadanía y política) y para su trayecto diseña propuestas de interacción y diálogo; porque no se trata de nada distinto a generar diálogos, es decir, tráficos de información. Interconectemos pues: Jerez vs el jerez.

El Gobierno Municipal, por boca de un interlocutor que entiendo cualificado, sentencia que el gran error del urbanismo jerezano ha sido la Ciudad del Flamenco, aunque asume cierta responsabilidad y aclara rapidamente que el gobierno muncipal sabe lo que debe de hacerse: “la prioridad número uno es arreglar la plaza Belén”. O sea, el problema de las pocas más de 50 hectáreas es 4.500 metros cuadrados. ¿Sólo? No tiene mucho sentido. La solución: “hacer la Ciudad del Flamenco de otra manera”.  Un gran espacio público multiusos. Esto es una plaza pública ¿no?. Abierta, sin cubrir, con arbolitos, y mobiliario para los niños y los mayores. Esto es una plaza pública ¿no? Y una anfiteatro. ¿En una plaza pública? ¿Y no molestará a los vecinos? Tampoco hay tantos vecinos. Y el antiguo cine Astoria, ¿no es un anfiteatro, aunque esté en plano?. A solo 20 metros. 

Otra reflexión que hago mía, aunque parcialmente: “Era un buen proyecto -pero desproporcionado-. Si se hubiese culminado, todo aquel barrio habría tenido una regeneración importante. Ahora, después del fracaso, es fácil criticar pero en aquel momento todo el mundo estaba ilusionadísimo”.

El mantra tan asumido de “es que no hay dinero”, no puede ser un problema. Comprar inmuebles con carácter patrimonial desde lo público, no puede ser un error. Es un error no plantear soluciones viables y sostenibles, y desde un punto de vista ciudadano útiles para la convivencia. Es un error pensar desde la teoría y no prever los problemas. Es un error no escuchar, no dialogar, es un error imponer criterios, es un error no conectar contextos. Desde 1982 con el Plan Especial de Reforma Interior del Casco Antiguo (Perica, ¡curioso acrónimo!) se ha intentado dar solución al casco histórico. Muchas ciudades lo hicieron. Algunas incluso con peor fortuna o mejor acierto.

Otra reflexión más que hago mía: “No estoy de acuerdo con el camino que se le ha ido trazando a la ciudad, no tanto por el qué tipo de desarrollo sino por el cómo se ha ido desarrollando. Nuestra ciudad puede ser muchísimo mejor de lo que es, solo con proponérnoslo, a pesar de los vaívenes políticos y las presiones económicas”.

Sigo pensando que el proyecto “La Ciudad del Flamenco” es una buena solución para la ciudad histórica. Sí, el proyecto que costó un “pastizal” y que es propiedad del Ayuntamiento de Jerez y que realizaron los arquitectos suizos Herzog&DeMeuron. No creo que sea desmesurado, ni desproporcionado. Jerez se merece un elemento icónico. Una “Ciudad del Flamenco” o una “Ciudad del Vino” o una “Ciudad del Caballo”. Todo no puede ni debe pasar de largo. No entiendo la razón por la que hay que renunciar a tener un elemento arquitectónico contemporáneo, moderno y del que nos debemos o deberíamos sentir orgullosos.

Las ciudades, a veces, van de la mano a las ferias de turismo y comparten reivindicaciones, comparten problemas y se llora... y se llora, pero no se comparten soluciones; también sufren el acoso de la especulación urbanística y los intereses mezquinos, todas; muchas veces ante la pasividad o la complicidad municipal, provincial y autonómica. Pero no se comparten soluciones. 

Muchas veces he tenido la impresión de que las ideas creativas se encuentran a merced del más diligente para materializarlas. Sobrevuelan nuestro interior hasta que encuentran un camino que les permita darse a conocer. Aunque si opto por esta idea, el talento del innovador se vería perjudicado porque lo nuevo no sería producto de la inteligencia sino de la sensibilidad perceptora y del carácter resolutivo. Es decir, copiar y modificar las ideas de otros no está mal, pero aplicar la inteligencia... ¡ay, amigo!, no está al alcance de todos. Si sale mal o fracasa, ya habrá tiempo con el tiempo de criticarlas y decir “yo no estuve de acuerdo...” y como nadie lo recordará, añadir “y lo dije”...

Muchas ciudades han optado por proyectos icónicos a largo plazo. Con mayor o menor fortuna. Bilbao, por el icono Gugennheim de Gerhy o el Centro Azkuna; Santiago de Compostela, por la Cidade da Cultura de Eisenman; Avilés por el Centro Niemeyer; León, por el MUSAC; Valencia por la Ciudad de las Artes y las Ciencias; Barcelona, entre otras cuestiones urbanísticas por la rehabilitación de la Ciutat Vella y el Distrito 22; Burdeos por La Cite du Vin (edificio icónico, muy francés); o en Belfast el Centro Interactivo Titanic. En Salamanca el objetivo es aunar modernidad y patrimonio. En San Cristóbal de la Laguna, una filosofía, el turismo sostenible. El trazado de las calles del casco antiguo se inspira en la rosa de los vientos. Y el modelo urbanístico es un referente armonioso donde se entremezclan palmeras, piedras y plazas. Pero también Cáceres, Gerona, Alcalá de Henares, Cádiz, incluso Morales de Toro en Zamora, Olmedo o Urueña en Valladalid, pequeños pueblos de la meseta norte. Aunque siempre nos podemos fijar en Castellón o Ciudad Real, pero por otros hitos. Hay que pensar la ciudad ante los viejos y nuevos retos, vivir en una ciudad del siglo XI y en viviendas del siglo XVIII con comodidades del siglo XXI, sin renunciar a la preservación y conservación del patrimonio. No es la cuadratura del círculo. Y buscar nuevas vías de financiación públicas y privadas o... esperar al porvenir.  Habrá que pensar....

El Guggenheim ha generado más de 3.100 millones de ingresos, (costó 85 millones de Euros) y mas de 4.500 empleos y desde 1997 ha recibido más de 15 millones de visitantes. La Cidade da Cultura lleva más de 400 millones de euros a costa del erario autonómico gallego. El Centro Niemeyer costó algo más 30 millones de Euros y el MUSAC, costó 33 millones de euros, financiado por sus respectivas autonomías. La Ciudad de las Ciencias y de las Artes valenciano, el disparatado importe de 1300 millones de euros. La Ciutat Vella 60.000 millones de pesetas, unos 360 millones de euros; se rehabilitaron unos 5200 edificios. La Cite du Vin: 85 millones de euros. El segundo puente de Cádiz 510 millones de Euros, el puente atirantado más grande del mundo. La Ciudad del Flamenco tenía presupuestado ... 60 millones de euros. ¿Desproporcionado? ¿Un error?

“Es muy propio de este país hacer obras en los sitios más visibles de las ciudades como estrategia electoralista a cargo del erario público”. Una y otra vez, hasta el hartazgo. Otra cita que hago mía.

Parece que en este tiempo “nada permanece pero no cambia nada esencial, pasan demasiadas cosas y, a la vez, estamos llenos de repeticiones, rituales y rutinas”.

Actualmente, las energías de los pensadores de ciudad se están invirtiendo casi en su totalidad en la restauración de ciudad vieja, la de intramuros. El entorno de la plaza Belén. ¡Como si no hubiera más espacios degradados en intramuros!. Hay mucha tinta escrita. Esta cuestión se está abordando desde planos como el físico o constructivo, el patrimonial y el conservacionista, y predominantemente el económico productivo, pero... “no hay dinero”, pero ¿y el sociológico, el ciudadano, y su bienestar y el ambiental..?. Existen a su vez, otras tendencias que reclaman la puesta en valor de la ciudad de los sentidos, o de la ciudad afectiva, que complementarían una labor de reactivación social como la que se debería pretender. Pero... no hay dinero. “No hay dinero para hacer proyectos pero para pensar no hace falta dinero”. “La energía que hay en la ciudad, mucha o poca, no debe disiparse. Concentrémosla. Que el dinero que haya se concentre en el núcleo principal y especialmente en el centro histórico. Eso es una decisión política. El Ayuntamiento puede decir hacia dónde dirige las actuaciones aunque no invierta”. Y mientras, lo que es una opinión extendida: a Jerez le basta con estar limpia y despejada.

La rehabilitación de la ciudad subjetiva a través de los espacios reales de la ciudad, que atienda no sólo aquella materia tangible de la urbe sino a aquellos valores intangibles que rodean al hombre en la ciudad, amplificando el significado y sentido de sus espacios. La idea del Jerez soñado y que a la vez sirva para vivirlo. La ciudad bodega, la ciudad del vino, la ciudad del caballo, la ciudad del flamenco, la agrociudad, los nuestros o los nuevos modelos: la smart city, la slow city, la green city... La ciudad de tamaño humano, de escala humana.

El espacio público no se está pensando para que los vecinos desarrollen parte de su vida cotidiana en él, sino que la regeneración del espacio público se está realizando desde una visión comercial, y exclusivamente turística, construyendo un espacio público “limpito” que todos quieren ver. Como dice la bulería “qué bonito está Jeré cuando le cuelgan al puente (de la calle Arcos, mismo) las banderitas de papé”.

Es necesario observar y analizar qué ha pasado y qué está pasando en las ciudades, en esta y en otras de nuestro entorno europeo con nuestra misma dimensión o al menos parecida: Oporto, Burdeos y Jerez (por poner un ejemplo en nada baladí). El proceso de estandarización (las mismas tiendas, los mismos establecimientos de comida, los mismos grandes almacenes, las mismas franquicias...) los crecimientos sin caracteres identitarios (mares de unifamiliares) y la pérdida de escala humana (grandes distancias desde los extrarradios al centro) han dado como resultado un modelo de ciudad insostenible y en algunas zonas insalubres (baste ver desde el viaducto del tren las entradas de Jerez, tanto por un lado como por el otro). Esta reflexión en torno al espacio público del casco histórico y de todo el núcleo urbano nos debe llevar ineludiblemente a plantearnos qué modelo de ciudad queremos. Si, otra vez. No es un PGOU teórico nuevo, ni un plan estratégico nuevo. ¡Pero si todavía no se han agotado los anteriores!

Los lugares públicos más que ser los espacios de oportunidad y desarrollo humano han pasado a ser ámbitos de amenaza, de conflicto o por el contrario se han ido “privatizando” dando lugar a espacios de ciudad privados de uso y disfrute. Este nuevo concepto de ciudad exclusiva (ciudad que excluye) está dando lugar a unos nuevos ciudadanos, ciudadanos excluidos, los nohabitantes. Los “corralitos” y aparcamientos privados, los cierres de bloques y urbanizaciones... los espacios públicos usurpados.

Tras la desaparición de los coches de la mayoría de los centros urbanos o la posibilidad de su aparcamiento en la calle, la ampliación de las zonas de pago por aparcar y la imposibilidad de crear subterráneos o garajes en altura, los peligros son hoy otros. Conseguir calles para quedarse en la calle es cada vez más difícil. Con las arruinadas arcas del consistorio y la falta de ideas colaborativas, la tentación de sacar rédito al espacio público con la excusa de crear empleo y riqueza se presenta tan poco imaginativa como inevitable. Sin embargo, las consecuencias de devorar ese espacio colectivo son nefastas para las ciudades y sus habitantes. Sin espacio para compartir, ¿en qué se transforma una urbe?. ¿A quién hay que agradecerselo?

Para Emilio Tuñón, autor del MUSAC de León “la vida es transformación y las ciudades siempre están expuestas a cambios. Es natural que los centros históricos también se alteren”. Es una opinión.

En esa línea, el antropólogo Manuel Delgado opina que la anunciada transformación tiene que ver con “convertir las ciudades en objeto de consumo”. “Los centros históricos responden a la voluntad de generar espacios urbanos vendibles, atractivos para el turista y el inversor”, opina. 

Hay muchas maneras de que el espacio público deje de ser público sin que ese cambio de titularidad se evidencie a ojos de todos los ciudadanos. La más sencilla es la invasión: privatizarlo con pistas de patinaje, con puestos de feria, con terrazas de cafeterías, con anfiteatros...

Manuel Delgado lo resume sin caridad: “Un centro histórico único es idéntico a otro centro histórico único”. Y lo razona explicando que cuando un centro urbano es intervenido y tematizado “lo que se produce es la expulsión de él de la historia, es decir, de la vida real, con sus contradicciones, miserias y conflictos”. Y ¿esta es la vida que le espera a Jerez?. Me encanta Jerez.

Estimado lector/a puede que todo lo que ha leído le suene. En mi descargo diré que muy pocas reflexiones son mías. Desde luego las atribuídas y las entrecomilladas, no. Quiero darles las gracias a sus pensadores por copiárselas sin su permiso. Del resto, las hago mías, están entresacadas de un lado y de otro. Reflejan mi pensamiento sobre Jerez, como ciudad. Con mis contradicciones, mis miserias y mis conflictos. Pero, ¿en qué momento se jodió Jerez?

Francisco Benavent

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