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“Toma leche que crecerás más alto y fuerte”, o… “este niño se ha quedado bajito porque de pequeño tomaba muy poca leche, no le gustaba”. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como éstas? En nuestra cultura es muy habitual. Y sí, efectivamente, la leche de vaca tiene en su composición un importantísimo factor de crecimiento: IGF-1, o sin abreviaturas, factor de crecimiento insulínico tipo 1.

Es así cómo nos lo explica sencillamente Jane Plant en su libro publicado en el año 2000: Your Life In Your Hands – Understanding, Preventing and Overcoming Breast Cancer (Tu vida en tus manos – Entendiendo, previniendo y superando el cáncer de mama). Jane Plant fue una importantísima científica geoquímica del Imperial College London. Murió el año pasado con 71 años tras haber superado un duro cáncer de mama con metástasis cuando tenía 42, en 1987. Fue en ese año en el que su dura experiencia con esta enfermedad se convirtió en una investigación que arrojaría cierta luz sobre el cáncer de seno que ahora sufren muchas mujeres. Los médicos ya habían firmado su sentencia de muerte, sin embargo logró sobrevivir casi 30 años más.

Ella nos explica en su libro cómo fue el proceso de su cáncer y cómo un cambio en su alimentación cambió drásticamente el curso de la enfermedad. Obviamente, cada persona es un mundo y no a todas les puede salvar lo mismo. Sin embargo, los datos recogidos por Jane Plant y su marido, también científico, fueron muy interesantes. Plant menciona varias hormonas y composiciones presentes en la leche de vaca y sus derivados, pero hace especial hincapié al factor de crecimiento IGF-1, presente también en la leche humana, pero evidentemente, en menores cantidades. Según Plant, el IGF-1 de la leche y la carne vacuna produciría un crecimiento anormal y excesivo de las células en los humanos, favoreciendo así la producción de tejido tumoral y su expansión. Además, el IGF-1 es uno de los marcadores significativos en los análisis médicos cuando se trata de diagnosticar el cáncer.

Mientras era tratada, su marido había estado de viaje en China. Al regresar le trajo unos compuestos herbales que utilizaban allí para tratar el cáncer. Dado su escepticismo propio de los científicos le hizo mucha gracia, pero esto le hizo caer en una cuestión: ¿Por qué los chinos y los orientales en general tenían una tasa de cáncer mucho menor que los occidentales? Nos cuenta cómo durante su terapia contra el cáncer llevaba a cabo una dieta rica en lácteos, tomando abundante queso, yogurt, etc, para así poder reponer proteínas tras las sesiones de quimioterapia. Ella reconoce que los productos lácteos habían estado presentes en su dieta desde siempre. Decidió reducirlos drásticamente y pudo observar cómo tan sólo en seis semanas los tumores habían ido desapareciendo paulatinamente. El cáncer, para sombro de ella y de los médicos, se había curado.

Evidentemente esto parece algo casi milagroso. Por supuesto, Plant se cuestionó muchas de las preguntas que ahora los lectores os estaréis cuestionando. Según la OMS, la incidencia de cáncer de mama en Occidente es mucho mayor que en Oriente. Plant recogió estas estadísticas a finales de los años 80: en China padecían cáncer 34 mujeres de 10.000 y en Occidente, en cambio, eran una de cada diez mujeres. Por supuesto, ella también se planteó si el cáncer era una cuestión más bien hereditaria en vez de alimenticia, sujeta a los genes de orientales y occidentales. Sin embargo, las estadísticas fueron contundentes: las mujeres orientales que se trasladaban a Occidente y adoptaban los hábitos alimenticios propios del nuevo país, desarrollaban un porcentaje más alto de riesgo de cáncer de mama que las otras que permanecían en sus lugares de origen.

Plant también nos recuerda cómo Japón ha sido víctima de los ataques nucleares de la II Guerra Mundial y cómo a pesar de esto, sigue estando muy por debajo en la incidencia de cáncer. Si vamos a la página oficial de la OMS y miramos en los últimos estudios estadísticos sobre el cáncer del año 2014, en Estados Unidos la incidencia de cáncer es mayor: en EEUU el cáncer de mama es del 16,1% y en Japón es del 9,2%. Esto significa que en EEUU mueren 20 mujeres de 100.000 por cáncer de mama y en Japón se reduce a la mitad, 10 mujeres de 100.000.

En España, si bien la incidencia de muertes por cáncer es mucho menor que en estos dos países —no olvidemos que Japón ha tenido más desastres nucleares, a causa de las centrales— la incidencia de cáncer de mama en concreto es muy similar a la de EEUU, siendo de un 16,7% de muertes. Lo que significaría también casi 20 mujeres de 100.000.

En el mismo año en el que Plant publicó su libro sobre estos estudios del cáncer de mama, Jeffrey Holly, catedrático de la Universidad de Bristol, publicó junto a otros autores un estudio sobre el IGF-1 y su relación con el cáncer de mama. En el 2004, el periódico El País recogió los datos más relevantes sobre este estudio. Ángela Boto nos lo presentó así en su artículo periodístico: “Investigadores como Jeffrey Holly, catedrático de Ciencias Clínicas de la Universidad de Bristol (Reino Unido) y coautor de un libro publicado hace algunos meses bajo el título IGF y nutrición en la salud y en la enfermedad, asegura que la leche ha sido diseñada durante la evolución de los mamíferos como el alimento imprescindible para el crecimiento y particularmente para cubrir el periodo de tiempo entre el nacimiento y la maduración del sistema digestivo. Más tarde no es deseable que los tejidos del organismo crezcan rápidamente porque en ese caso se produce un cáncer, explica Holly”.

Ángela Boto engloba toda la polémica de este artículo que había en torno al IGF-1 y si éste tenía o no una relación directa con el cáncer de mama. Algunos científicos discrepaban y hoy se sigue discrepando. Sin embargo, aunque esto parezca una polémica ya olvidada, no es cierto. Podemos encontrar numerosas revisiones muy recientes, aunque la mayoría de ellas son extranjeras. Para aportar un poco de luz empírica a esta historia de Jane Plant, que no olvidemos que también era científica, añadiremos un ejemplo en el que vuelven a analizar y profundizar sobre el IGF-1 y su relación con el cáncer:

Un estudio de marzo de 2015, que plantea la necesidad de regular el IGF-1 para que el tratamiento contra el cáncer de mama sea más efectivo, de la revista internacional de medicina molecular, Genes & Diseases, una revisión por varios científicos de EEUU y China, Insulin-like growth factor (IGF) signaling in tumorigenesis and the development of cancer drug resistance: Señalización del factor de crecimiento similar a la insulina (IGF) en la tumorigénesis y el desarrollo de resistencia a los fármacos contra el cáncer:

“Se ha demostrado que el eje de señalización del factor de crecimiento similar a la insulina (IGF) juega un papel crítico en el desarrollo y la progresión de diversos tumores […] en el cáncer de mama la supervivencia sin enfermedad sigue siendo limitada debido a la resistencia a los fármacos […] de los diversos mecanismos que se cree que contribuyen a esto, la señalización IGF ha sido recientemente implicada como un factor crucial [...] Conclusiones: Un creciente cuerpo de evidencia apoya la asociación del sistema IGF-1 con el establecimiento y progresión del cáncer de mama […] Deberán superarse numerosos desafíos antes de alcanzar la meta de la regulación de IGF-1 para la prevención y el manejo del cáncer de mama. ”

También tenemos otra revisión muy similar, de Panagiotis F. Christopoulos, de la Universidad de Tromsoe de Noruega. Lo podemos encontrar en la web de BioMed Central, una editora que recoge múltiples publicaciones científicas. Ahí podemos comprobar también en ese mismo artículo sobre el IGF-1 todas las fuentes recopiladas en torno al tema, justo debajo. Podremos ver que hay estudios desde antes del año 2000 y estudios bastante recientes como éste último.

Esto no significa que la leche de vaca necesariamente sea cancerígena, pero sí significa que todavía sigue habiendo mucho movimiento en torno a este asunto, siguen habiendo dudas. Los científicos y los médicos aún están tratando de esclarecer esta problemática sobre si la leche de vaca es recomendable o no. Aunque el IGF-1 es un factor que no podemos ignorar.

Sin embargo, también existe una estrecha relación entre la hormona BST, la somatotropina bovina, una hormona natural que produce el propio ganado, y el IGF-1. Ambas se encargan de producir energía y de evitar la muerte de la célula mamaria. La polémica surge de que la BST ha sido inyectada sintéticamente para acelerar la producción, dando así  lugar a más cantidad de BST de la recomendable. La forma sintética de esta hormona se denomina rBST, que si bien no afecta a la hormona BST natural que favorece más la producción, sí afecta al IGF-1, también influyente en el crecimiento. Esto nos lleva a la pregunta clave: ¿Podría ser la leche de vaca cancerígena naturalmente, o el BST sintético, el rBST, juega un importante papel? ¿Son aún así, concluyentes los estudios acerca del rBST?

Ahí sin duda ya se esconden multitud de intereses. El rBST aún no ha sido prohibido y puede seguir utilizándose. En definitiva, sólo tenemos una serie de estudios que son tachados de teorías controvertidas. Pero no olvidemos que una revisión a un estudio médico no es mera palabrería. Todas esas revisiones posteriores sobre el IGF-1 han sido aprobadas por un consejo médico y científico. Es decir, con pruebas fehacientes que demuestran las conclusiones. No podemos afirmar una conclusión contundente porque el cáncer engloba muchas variables. Pero es innegable que el IGF-1 presenta un elemento significativo dentro del cáncer de mama y de otros cánceres, como el de próstata en los hombres. Y esto alerta a muchos científicos.

Sin embargo, a pesar de todas las controversias científicas, nos quedaremos con un par de frases -que podemos afirmar sin temor ninguno- y que recogen, primeramente,  Miguel Urioste, el Jefe Unidad del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas: “Los cánceres son enfermedades multifactoriales debidas al efecto combinado de factores genéticos y ambientales. Una pequeña proporción, se estima que alrededor del 5% de todos los tumores, tiene un carácter hereditario.” Esto explicaría por qué las mujeres orientales que adoptaban costumbres alimenticias occidentales pasaban a pertenecer a esa escalofriante estadística del cáncer de mama. Y significa que es nuestro entorno el que se lleva el porcentaje mayor.

Y la OMS: “Prevención del cáncer: Al menos un tercio de todos los casos de cáncer pueden prevenirse. La prevención constituye la estrategia a largo plazo más costoeficaz para el control del cáncer”.

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