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En la escuela nos enseñan que el fototropismo es la respuesta de las plantas al estímulo de la luz.

En la escuela nos enseñan que el fototropismo es la respuesta de las plantas al estímulo de la luz. Esta respuesta, dicen los maestros, se traduce en un crecimiento de los órganos aéreos de las plantas en dirección al sol para garantizar la fotosíntesis. En cualquier manual especializado de botánica encontramos esta misma manera de concebir el fototropismo como “respuesta”, con detalles más precisos acerca de los procesos químicos que la hacen posible, donde intervienen unas hormonas llamadas auxinas.

Contado de esta manera, parece como si las plantas pudiesen responder, pero no preguntar; como si sólo pudiesen reaccionar, sin jamás actuar. Del contacto cotidiano con las plantas se aprende, sin embargo, que éstas son mucho más activas de lo que los libros cuentan, y que los movimientos vegetales, siendo muy lentos, no son seguramente más mecánicos que los nuestros.

Por otro lado, las plantas se mueven buscando el sol para algo más que para obtener energía: ellas saben, de alguna manera, que el sol es necesario para producir y potenciar esplendidos colores. Y los colores no son respuestas sino llamadas; son llamadas que las plantas nos dirigen específicamente a nosotros los animales. Los colores son preguntas que esperan respuesta. Con esta idea, ayer por la mañana temprano salí a pasear por la campiña. Me detuve en el borde de un campo de girasoles para escuchar sus preguntas amarillas.

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