Los últimos dias del cantón muriciano en una caricatura de Tomás Padró Pedret.
Los últimos dias del cantón muriciano en una caricatura de Tomás Padró Pedret.

El sesquicentenario de la Primera República y el movimiento cantonal de julio de 1873 está pasando con más pena que gloria. Tanto a escala nacional como local. Algunas publicaciones y congresos académicos y un par de actos en el Ateneo madrileño y la barcelonesa Biblioteca Arús. ¿Cuáles son las razones para que sea así? 

Quizás la más importante sea que saca del armario a demasiados demonios no tan pasados como la estructura federal del Estado o cuestiones sociales estructurales presente entonces y hoy. Por su soledad, además de por su enfoque, ha tenido una especial importancia el curso de verano que la UCA celebró hace dos semanas en cuya organización tuvo una destacada participación el Ateneo Libertario Fermín Salvochea.

Durante tres días se pasó revista al Sexenio Revolucionario (1868-1874) periodo en cuyo contexto se desarrolló, la propia Primera República (1873-1874) y el movimiento cantonal (1873) tanto a escala gaditana como nacional. Las perspectivas fueron diversas: la política, la social y la de costumbres. Además de analizar el republicanismo, en especial el federalismo y sus diversas propuestas.

Pero no todo quedó en el análisis histórico. Hubo, además, una proyección a la actualidad y al más o menos próximo futuro. Por ejemplo, ¿cabría el federalismo en la constitución de 1978? Y ¿qué tipo de federalismo, competitivo o solidario? Otro, ¿ante un colapso del actual sistema económico cuales serían las alternativas viables. Algo así como reflexionar hoy sobre lo que supuso en cantonalismo en su momento: cómo construir la nueva España que se estaba desarrollando y el importante papel que tuvo Andalucía en ese proceso.

Me gustaría reflexionar sobre estos últimos aspectos. El primero, el del federalismo como forma del Estado español. Realmente, los federales de 1873 se sentirían perplejos si resucitaran y vieran cómo se les acusa de ser separatistas y buscar romper la sacrosanta unidad de España. Ellos pretendían dotar a la España liberal de la mejor forma de administración posible teniendo en cuenta su diversidad. Una opción que, en principio, ni era de derechas o de izquierdas. Todo dependía de con que se le llenara. Bastaba mirar con la recién creada Alemania por aquellos entonces.

Quienes han escrito la historia, ganado el relato se dice ahora, desde la Restauración de 1875 hasta la actualidad, incluyendo a los propios republicanos de la Segunda, han presentado el intento republicano y cantonal de 1873 como el colmo de la caricatura separatista, la incapacidad de unos políticos tarados y de una sociedad violenta que no respetaba siquiera las propias normas que se daban y que hacía inevitable la aparición del espadón de turno.

Nada más lejos de la realidad o, por lo menos, de su mayor parte de un momento crucial para la construcción del actual Estado. Cuando se pasaba de las rémoras de la época isabelina a un nuevo periodo, en la población comenzaba a tomar parte activa en la vida del país en todos sus aspectos: aparición del movimiento obrero organizado, sufragio universal, eso sí masculino, derechos de reunión, manifestación y libre expresión. Cuando junto a las expresiones violentas de las guerras carlista y cubana, y los propios movimientos federales, la sociedad española vivía en plena normalidad en la mayor parte de los lugares. 

Es más, el golpe de Estado de Martínez Campos lo dio contra la República del general Serrano, el que se hizo cargo del ejecutivo tras la entrada de Pavía y su caballo en el congreso. El año más “tranquilo” de la Primera República. Como en otras ocasiones, quizás los golpistas no pretendían “salvar” al país del caos sino defender determinados intereses que consideraban que estaban siendo atacados. Por ejemplo, los de los esclavistas cubanos preocupados por las leyes abolicionistas aprobadas y que ya se iban a aplicar en Puerto Rico. Hay quien dice que ese lobby estuvo detrás del asesinato de Prim, el valedor moderado de Amadeo de Saboya, el rey liberal que se largó antes de correr la misma suerte, ya que fracasó el primer intento.

El segundo es el papel de Andalucía y las consecuencias que para ella tuvo que la República fuera derribada. Protagonista en muchos de los acontecimientos del Sexenio, comenzando por el 18 de septiembre de 1868, La Gloriosa, en Cádiz. Prácticamente la región andaluza era el corazón del federalismo. Casi todos los más de ciento cincuenta diputados de la región lo eran. Pero además suponía la propuesta a que sus problemas se resolvieran de forma social: abolición de quintas, separación iglesia-Estado, eliminación de los impuestos de consumo (el IVA de la época), reforma agraria tocando la estructura de la propiedad y la expoliación de los municipios que habían supuesto las desamortizaciones y, en general, una burguesía librecambista frente a la proteccionista de otros lugares.

Un hecho que puso de manifiesto el historiador económico Carlos Arenas en la conferencia que impartió en el Ateneo Libertario Fermín Salvochea, una de las tardes del curso. Hasta el punto de considerar la restauración borbónica de 1875 como el hecho decisivo para terminar convirtiendo a Andalucía en una colonia para las otras burguesías estatales a las que proporciona materias primas y capital humano.

Temas suficientemente actuales y, para algunos, conflictivos que nos hacen entender por qué apenas se está recordando lo ocurrido hace 150 años. Nada nuevo en una sociedad que, como el avestruz con su cabeza, cree que, escondiendo los problemas, desaparecen. Además de sentirse a gusto en la molicie del desconocimiento, del falso relato. Para unos es más cómodo y para otros más rentable. Así nos va y seguirá yendo.

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