La élite vive en una burbuja

Daniel Valdivia

Daniel Valdivia y Nerea Larrinaga

Tuit de Pedro J. Ramírez con la noticia sobre la fiesta celebrada por 'El Español'.
Tuit de Pedro J. Ramírez con la noticia sobre la fiesta celebrada por 'El Español'.

El Gobierno ve con buenos ojos que las autonomías reduzcan las reuniones a seis personas. Reservamos el Casino de Madrid para “ochenta”. Recomendamos no salir de casa más que para lo necesario. El Español decide celebrar la V entrega de sus Premios León. Apelamos a la responsabilidad individual. El ministro de Sanidad es el invitado estrella. Aconsejamos no abrir el círculo de contactos más allá de los frecuentes y convivientes (grupos burbuja). Almeida comparte mesa con el Jefe de Estado Mayor de Defensa, Miguel Ángel Villarroya. Las mascarillas solo podrán retirarse en el momento de la ingesta. Llenamos el Salón Real del Casino de figuras públicas que, atentas al discurso de P.J. Ramírez, se han olvidado de usarlas. Arrimadas entre ellas. ¿Los grandes ausentes? Los miembros del grupo parlamentario socialista -—incluyendo al presidente Pedro Sánchez—, Unidas Podemos y Vox.

El martes 27 de octubre nos levantábamos escuchando en el programa de Hoy por Hoy en La Ser cómo, cerca de La Castellana, se había pasado de repartir 400 ayudas de comida diarias al principio de la pandemia a repartir 3.500 al día. Horas después, El Español se jactaba del éxito que había supuesto la quinta edición de su entrega de premios (Premios León) donde el precio del menú está entre los 148 y los 185 euros. Casi 200 euros de cena para unos políticos cuyas calles tienen colas de hambre que no hacen más que crecer. En Twitter (los grandes medios del país se negaron a hacerse eco de lo ocurrido) la ciudadanía no daba crédito. Rulaban imágenes de sonrientes representantes rodeados de lujo, empresarios y directivos charlaban con los políticos. Dorados y luces frente a la oscuridad de una calle cualquiera de Puente de Vallecas que a esa hora ya estaba empezando a vaciarse. Toque de queda. ¿Cuánto de lejos debe estarse de la realidad para pensar que es buena idea asistir a tal evento?

El ostentoso convite se celebraba en el contexto de una acusada desafección por parte de la sociedad española respecto a sus instituciones. Ese recelo se concreta, según datos oficiales del Instituto Ipsos, en un 89% que dice no confiar en los partidos políticos, un 72% que no lo hace en los medios de comunicación y un 73% que tampoco confía en las grandes empresas. Tal desafección además se ha acentuado en el contexto de pandemia y hemos visto ocupar horas de tertulia en televisión y radio con posturas a favor y en contra de ese “todos los políticos son iguales”. Hoy hemos comprobado de manera empírica que no todos los políticos son iguales, destacando entre ellos algunos tan criticados en portadas y tertulias como los líderes de Unidas Podemos —y miembros del Consejo de Ministros— Pablo Iglesias y Alberto Garzón.

Con esmero, quienes siguen creyendo en la posibilidad de trabajar por el bien común, se han esforzado por hacernos ver que hay diferencias entre quienes ejercen tal actividad profesional frente a la efervescencia de quienes preferían meterles a todos en el mismo saco. Sin embargo, la incertidumbre, el hartazgo y la emergencia social soplan fácilmente a favor de esa desconfianza, y es de ese descontento del que se nutren las fuerzas más reaccionarias. ¿En qué medida puede beneficiar este evento entonces al debate y la opinión pública (que se presuponen prioridades para los invitados)? Parece difícil creer que este acto tuviera alguna utilidad más allá de ser una celebración del establishment, un jolgorio elitista protagonizado por un grupo de individuos cada vez más señalado por parte de la opinión pública. El conocido popularmente como 1%.

"There is no society"

El geógrafo francés Christophe Guilluy hizo revolverse a más de uno cuando el año pasado publicó su ensayo No Society: El fin de la clase media occidental. Partiendo del rotundo "There is no society", pronunciado por Margaret Thatcher en 1987, el autor galo desarrolla la expansión de este mensaje en el pensamiento de clases dominantes occidentales. Argumenta que hoy en día estamos ante una secesión de la gente de arriba que ha abandonado el bien común. Una secesión que deja a las clases populares sumergidas en el caos y en la incertidumbre de ser parte de una sociedad que se descompone. Guilluy apunta a tres ingredientes esencialmente: la crisis de la representación política, la gentrificación de las ciudades y la atomización de los movimientos sociales. Tres factores que nos han conducido hasta este modelo que “ya no construye sociedades”. Ante tal diagnóstico, dice el geógrafo, se alimentan las opciones populistas: Trazado de respuestas y esquemas más simples ante una compleja y tormentosa realidad, más si la clase hasta entonces dominante se niega a responder a ese hartazgo y se escuda en el “es mucho más complicado de lo que parece”.

La burbuja —no frente a la pandemia, sino contra la mayoría social— en la que viven nuestras élites políticas, sociales, empresariales y mediáticas ha quedado manifiesta tras la fiesta de El Español. Una fiesta que recuerda a algunas de las que podemos ver en la alabada ficción norteamericana Succesion (HBO), donde asistimos a las vivencias del 1%, en concreto a las de una familia poseedora de uno de los mayores imperios mediáticos del mundo. La recreación que hace la serie de la separación de los megaricos del conjunto de la sociedad —mostrando un total y absoluto desprecio a las reglas y valores que rigen las sociedades occidentales— nos permite identificar comportamientos y actitudes que también observamos en la vida real. ¿Celebrar una fiesta con todo el país —incluidos ellos y ellas— en toque de queda? No parece una idea muy adecuada para cualquier persona que mantenga contacto con la pesadumbre en la habitamos la mayoría de españoles y españolas desde el inicio de la pandemia.

El riesgo para la democracia provocado por la irresponsabilidad de nuestras élites hace tiempo que es evidente. De las tarjetas black a Bankia —pasando por Gürtel y los ERE—, la corrupción política ha deteriorado unas instituciones que aún no han sido capaces de reponerse ante los ataques de aquellos que se creyeron sus poseedores. Una democracia saludable requiere de una élite de calidad, preocupada por el bien común y con una visión colectiva de la sociedad. La actitud de nuestros políticos da alas al discurso lanzado por Santiago Abascal y Vox en la moción de censura de la semana pasada. Una tormenta de palabras de ira, odio y rechazo a unos valores democráticos que deberíamos defender todos y todas con nuestras palabras pero también con nuestros hechos, sobre todo aquellos y aquellas que representan - o dicen representar - a la ciudadanía. Mientras nuestros representantes sigan siendo parte del problema y no de la solución, solo nos queda confiar en el ‘soft power’ de las clases populares y su defensa de la ‘common decency’.

En Irlanda ocurrió este verano algo parecido con el que fuera ministro de Agricultura y en cuestión de días presentó su dimisión para salvaguardar al gobierno irlandés de las críticas —fundamentadas— de la opinión pública. El caso español es más grave, al involucrar a líderes políticos de todos los niveles administrativos, incluyendo al propio ministro de Sanidad, un líder político aplaudido durante la pandemia que ha decepcionado a propios y extraños por su asistencia al evento. Además —por si fuera poco— será el encargado de defender el estado de alarma en el Congreso de los Diputados, una tarea ardua y complicada tras la pérdida de toda la legitimidad obtenida por gran actuación durante la pandemia. ¿Tendrá en mente —él o cualquiera de sus compañeros— seguir los pasos del ministro irlandés?

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