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El ser humano necesita sentirse reconocido y aceptado en sus relaciones.

Sabemos que cualquier persona recorre un camino de individuación inexcusable: todos debemos recorrerlo, aunque la suerte para cada uno puede ser diversa.

En el inicio de su vida el bebé está totalmente fusionado con su madre en el seno materno. Debe superar una serie de etapas en las cuales poco a poco va separándose de ella. La figura materna es y representa la fuente del alimento, de la seguridad, del “hogar”.

El dilema al que se ve abocado el niño es que tiene en su propia naturaleza dos impulsos contradictorios: la tendencia natural a buscar seguridad y alimento, y la tendencia natural a descubrir, a explorar el mundo, a ser un individuo (razonablemente) autónomo que se mueve por sí mismo, que toma sus decisiones.

El conflicto de estas dos fuerzas puede revelarse en momentos críticos y se expresa, obviamente, de formas diferentes. Pero en esencia son etapas inevitables en el camino de madurar como persona. El destete, el control de esfínteres, la etapa del reacercamiento hacia los tres años, la alimentación autónoma, la primera escolarización, ir a la universidad, elegir pareja, formar una familia…, son momentos en los que la persona va rompiendo metafóricamente “el cordón umbilical” que le unía y le une a su madre.

Es paradigmática la etapa de reacercamiento de los tres años en la que el niño realiza (por primera vez) los dos movimientos esenciales: uno, de búsqueda y curiosidad por las cosas del mundo; otro,  en el que mira a su madre para asegurarse que está allí y puede seguir confiado su exploración. Los dos movimientos son naturales pero se necesitan dos condiciones para que esta etapa se supere con éxito: que el mundo no sea dañino en exceso y que la madre se muestre accesible. En este punto la “mirada” de la madre es de una importancia definitiva. Porque no es indiferente para el establecimiento de un apego seguro que la madre se sienta más o menos tranquila o ansiosa, que sienta miedo o que se despreocupe absolutamente por la suerte del hijo.

En esencia, este problema sin solución aparente entre “salir” y “quedarse” se repite con intensidad en algunos momentos de la vida. Hemos de hacer una salvedad importante: no es criterio absoluto para valorar la independencia de una persona el hecho de que viva o no con los padres, pues tenemos evidencia terapéutica de que en ocasiones una persona adulta puede serlo viviendo en la casa paterna y, al contrario, es posible que una persona que vive fuera de la vivienda de los padres no esté emocionalmente separada de ellos. Aunque ambos casos no sea lo frecuente.

Nadie es absolutamente “dependiente” ni absolutamente “independiente”. ¿Dónde debemos situarnos en esta línea continua? Cada uno debe encontrar su lugar, pero, desde luego, no podrá ser un punto en el que exista malestar para uno mismo o para los demás. Aunque, a veces, este sufrimiento (miedo, soledad, enfado, ansiedad) se presenta de muchas maneras, en niños, en adolescentes, en jóvenes y en adultos, y se les denomina “síntomas”.

Este problema puede plantearse –más o menos conscientemente- en edades infantiles y adultas, y con ocasión de los dilemas que la vida nos plantea. Numerosos conflictos de pareja tienen su origen en el hecho de que un miembro -o ambos- no ha resuelto correctamente este asunto.

El desafío de alcanzar una vida madura y relativamente autónoma emocionalmente no entiende de edades.

El ser humano necesita sentirse reconocido y aceptado en sus relaciones. En realidad toda persona es en parte dependiente, incluso las personalidades narcisistas que declaran no necesitar a nadie. El ser humano se constituye a través de las relaciones y las pertenencias y precisa de la mirada del otro para reafirmar su identidad. El problema surge cuando la dependencia se suscribe a una sola persona. Podría decirse –paradójicamente- que la persona independiente es la que mayor número de vínculos de dependencias tiene. Porque son lazos livianos de pertenencias que fortalecen y no ataduras emocionales como camisas de fuerza.

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