Campanario de la iglesia de Sant Romà de Sau. FOTO: horrapics (flickr.com)
Campanario de la iglesia de Sant Romà de Sau. FOTO: horrapics (flickr.com)

El noreste seduce. Al menos, para unos pocos; o así me gusta pensar. La capital de Aragón es un lugar extraordinario. Puedes encontrar un sinfín de estilos arquitectónicos, artísticos y culturales en un enclave con más de 2.000 años de historia. Una ciudad al que el mismísimo César Augusto quiso tanto que hasta bautizó con su nombre. A pesar de que está repleta de rincones bellísimos, mi favorito ya no existe. De hecho, nunca he podido verlo más allá de los grabados de la época. En la actual plaza de San Felipe, en pleno centro y a unos metros de El Pilar, se erigió en su momento una torre que recibió el apelativo de Torre Nueva. Se construyó recién comenzado el siglo XVI y se convirtió en la torre mudéjar más famosa de la ciudad.

Era una torre civil, destinada a albergar el reloj y las campanas que iban a regular la vida de la villa. Era de ladrillo y estuvo, desde sus inicios, graciosamente inclinada. Hasta tres metros sobre la vertical. Durante los famosos Sitios, en plena lucha contra el invasor francés, la torre se empleó para vigilar los movimientos de las tropas gabachas, además de para dar el aviso en caso de peligro. En 1892, y por decisión del Ayuntamiento, se comenzó a derribar. Un año después, ya no quedaba nada.

La Torre Nueva —a pesar de la paradoja que representaba la juventud impresa en su nombre y en sus ladrillos— murió antes de que alumbrara el siglo XX. Los motivos aducidos, bastante cuestionados ya en la época, apuntaron al supuesto estado ruinoso de la edificación. Mientras estuvo viva, los maños pudieron disfrutar de su decoración de figuras geométricas y fragmentos de cerámica. Algo que recuerda hoy a la fachada exterior de La Seo de Zaragoza. Una auténtica delicia para los ojos que solo conservamos en fotografías o grabados, desprovistos ambos del color que pudieron saborear en la torre los ojos de los zaragozanos durante cuatro siglos. Hoy, en el lugar donde otrora se ubicó, solo queda una silueta circular en el pavimento flanqueada por unos pequeños pivotes ovalados y la escultura sedente de un muchacho que la contempla desde el suelo. Como si aún estuviese ahí. Mi lugar favorito está justo al lado de ese chiquillo de bronce que imagina contemplar la torre y debe conformarse con la pintura que la evoca en una pared cercana.

A 330 kilómetros de una torre que ya no está se erige una que permanece a pesar de que nadie la espera. Tampoco nadie la contempla. El campanario de la iglesia de Sant Romà de Sau (en Cataluña) continúa en pie a pesar de que la construcción del embalse de Sau en 1962 se llevó por delante las casas que quedaban en la zona y acabó sumergiendo el pueblo bajo las aguas. Lo sumergió todo menos una torre que, en momentos de sequía, puede verse luchando también contra el invasor. En su caso, el invasor llegó en estado líquido. Nada puede con ella aunque nadie la eche de menos. Al contrario que a la Torre Nueva. Muchas veces pienso que España es un poco así. Un lugar donde la mitad de la gente se pasa la vida tratando de contemplar lo que ya no está y la otra mitad camina sin apreciar lo que aún permanece vivo contra viento y mareas. España es como una torre ausente en medio de la vida pero también es la demostración de que a veces, e incluso en las condiciones más adversas, las vigías continúan en pie a pesar de los años y a pesar de que las algas aniden en los campanarios.

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