El latido del monte

El inicio del otoño en los Montes de Propio lo marca la berrea, el ritual de apareamiento de los ciervos, que luchan por conseguir un harén de hembras a las que fecundar

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El sonido es fácilmente reconocible y audible. Cuando pasan las siete de la tarde empiezan a oírse. Hay que darse a valer, mostrarse poderosos, y los ciervos sólo saben hacerlo de una manera: berreando. Llega el otoño y con él la época de apareamiento del venado. Entre septiembre y octubre es cuando las hembras están en celo y los machos intentan fecundar a todas las que pueden. Los más fuertes se hacen el harén que luego parirá a sus cervatillos. Entrelazando sus cuernas —se llaman así y no cuernos a los que se caen y crecen cada año— los machos se enfrentan hasta que uno acaba agotado y se termina dando por vencido. El ritual se repite siempre en estas fechas y es espectacular. El vencedor se lleva como premio el harén de hembras, que darán a luz a las crías en primavera, una vez pasen los ocho meses de gestación de estos animales.

En una loma del Torongil, una de las zonas en las que se divide los Montes de Propio, unos terrenos propiedad del Ayuntamiento de Jerez que superan las 7.000 hectáreas dentro del Parque Natural de los Alcornocales, se divisan ciervos a lo lejos. Para verlos es necesario usar prismáticos. Es al caer la noche cuando se intensifican los berridos de los machos, que se llevarán así hasta que amanezca al día siguiente. No se puede aparentar debilidad. Se escuchan a izquierda y derecha, el siguiente más fuerte que el anterior en una suerte de pique para demostrar quién manda en el monte.

Hace unos años que este espectáculo no lo presencian solo los guardas de los terrenos —los que van quedando—. El boom de este tipo de turismo ambiental atrae cada vez a más personas. Una veintena, desde niños a personas mayores, presencian lo descrito en estas líneas. Es viernes, la hora de quedada es a las cuatro y media de la tarde en Jerez. A las seis se reúnen todos los excursionistas en la venta Puerto de Galiz, cerca de Alcalá de los Gazules. Antes de presenciar la berrea, Antonio Rosa, monitor ambiental de Genatur, explica qué se van a encontrar poco después. Durante la charla hay varios cráneos de animales que, a modo de muestra, se van pasando para distinguir entre bóvidos —vacas o cabras— y cérvidos —ciervos, gamos y corzos—. La diferencia es que a los primeros no se les caen los cuernos y a los segundos sí, se regeneran cada año, cada vez, por lo general, con mayor número de puntas.

Cuando se les caen, se comen sus propias cuernas, ya que son fuente de minerales. Pero antes, el número de puntas determina las posibilidades que tiene de ser cazado cuando se abra la veda, una vez termina la berrea. A mayor número de puntas, más puntos como trofeo de caza. En los Montes de Propio ya no hay lobos, que son los depredadores naturales de los ciervos, por lo que el hombre tiene que ejercer esa labor. Todos los años se realiza un estudio y se determina cuántas cabezas de venado se pueden cazar para evitar que destrocen el bosque.

A los machos es muy difícil verlos en otras épocas del año que no coincidan con la berrea. “Los ciervos no están criados, no se acercan mucho porque no están acostumbrados a las personas”, explica Antonio. La oportunidad es única y la veintena de personas que se apuntan a la actividad organizada por Genatur no quieren perdérselo. El kit del excursionista está compuesto por unos prismáticos, un telescopio, una linterna para cuando caiga la noche y, para los más frioleros, una sudadera. Las temperaturas bajan, el cielo se torna de color naranja, las siluetas de los alcornoques predominan encima de las lomas y la brisa balancea las ramas de los árboles. Cerrar los ojos y concentrarse en los berridos de los ciervos, a lo lejos, sume a los presentes en un estado de paz interior inigualable. Las estrellas lucen en todo su esplendor. No es difícil distinguir la Osa Mayor, la Menor, la estrella polar y algo muy complicado de ver en plena ciudad, la Vía Láctea. Es lo que Antonio Rosa, el monitor que guía a la expedición, define como su “momento mágico”: escuchar a los ciervos berrear, sin luz y con las estrellas presidiendo el cielo. Hay quien cierra los ojos y levanta la cabeza para sentir mejor el momento. Un niño corre en silencio hacia su padre: “Toma papá, te recomiendo que veas la puesta de sol con los prismáticos”, le dice.

Durante la actividad surgen dudas: “¿El macho qué sale, para exhibirse?”, le preguntan al monitor, que responde: “No, en el campo abierto tiene a las hembras más controladas, entre le vegetación es más difícil, básicamente lo hace para que no se las quiten”. Es importante el dato. Un solo macho, con suerte, puede aparearse con hasta medio centenar de ciervas si logra imponerse a sus oponentes. Los jóvenes tienen pocas posibilidades. Deben esperar su turno. No es hasta que cumplen seis o siete años cuando tienen opciones de luchar por su propio harén. Se les puede reconocer por el número de puntas de sus cuernas, aunque la cifra no dice exactamente el número de años que tiene. “Esto lo veía en los programas de Félix Rodríguez de la Fuente, es impresionante”, comenta un señor que presencia la escena, prismáticos en mano.

Cuando pasan diez minutos de las nueve de la noche es el momento de recoger el material e irse. La decena de coches que se desplazan hasta la zona desde la que se divisan los ciervos emprenden el viaje de vuelta. Para ello hay que discurrir por caminos estrechos, llenos de baches y flanqueados por alcornoques. Es una de las últimas ocasiones en la que se puede ver este espectáculo. Quedan pocos días para que se abra la veda, cuando los Montes de Propio reciben a cazadores para que se hagan con ciervos que luego convertirán en trofeos, muchos de ellos poco después de fecundar a las hembras que parirán a unas crías a las que nunca verán.

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