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Opinión

El milagro de la normalidad: cómo Kike Pérez devolvió la dignidad (y el orgullo) al Málaga CF

El complejo de inferioridad ha saltado por los aires. Las calles de la provincia ya no son blancas ni azulgranas; son blanquiazules

  • Una celebración de la plantilla tras una victoria reciente.

Hubo un día no muy lejano en el que el Málaga CF era un páramo donde solo crecía el desánimo. Una entidad descabezada, en mitad de un desierto institucional por la administración judicial y un concurso de acreedores asfixiante,que tocaba fondo con un descenso traumático a la Primera RFEF. El club quemaba, la categoría asustaba y el entorno era un polvorín. Nadie quería coger ese testigo. Nadie quería ligar su nombre a lo que parecía una caída libre inevitable.Nadie, excepto Kike Pérez.

Llegó a la Costa del Sol con el traje de fontanero y la maleta llena de una virtud barata de nombrar pero carísima de ejercer: trabajo, trabajo y más trabajo. No hubo grandes promesas de jeques ni presupuestos ficticios. Hubo realidad.Kike Pérez entendió desde el primer minuto que para salvar al Málaga primero había que humanizarlo y, sobre todo,sanearlo desde la cordura económica.

El primer gran acierto del director general fue saber delegar la parcela deportiva en las manos adecuadas. Su apuesta por Loren Juarros fue una declaración de intenciones. Juarros, arquitecto de aquella Real Sociedad que aprendió a mirar a la cantera para volver a ser grande, replicó la fórmula en La Rosaleda. El resultado es historia del fútbol modesto: un ascenso agónico, épico y liberador a Segunda División en el primer intento.

Lo lógico en el fútbol actual, devorador de paciencia, habría sido conformarse con la supervivencia. Mantenerse el primer año en el fútbol profesional ya fue un éxito dadas las estrecheces de una economía de crisis. Pero este segundo año, lejos de conformarse con el papel de actor secundario, este Málaga compite sin complejos, mirando a los ojos a los trasatlánticos de la categoría y luchando por el sueño de volver a la Primera División. Todo esto, conviene recordarlo para valorar el milagro, mientras se hace encaje de bolillos con las limitaciones financieras que impone la realidad judicial del club.

Sin embargo, el mayor legado de Kike Pérez no se mide en la tabla de clasificación ni en los balances contables. Su verdadera obra de arte ha sido social. Kike Pérez ha logrado hacer 'malaguismo'.Durante décadas, la provincia de Málaga arrastró una deuda histórica consigo misma: una alarmante masa social que, de forma preeminente, prefería apoyar de lejos al Real Madrid o al Barcelona antes que al equipo de su propia tierra.

Hoy, ese complejo de inferioridad ha saltado por los aires. Las calles de la provincia ya no son blancas ni azulgranas; son blanquiazules. La Rosaleda encadena llenos absolutos con una marea de jóvenes y niños que visten la camiseta del Málaga con el orgullo de quien se sabe de un club único. Se ha inoculado el virus de la pertenencia en una generación que ya no necesita mirar a Madrid o Barcelona para sentir la pasión del fútbol.

El Málaga CF sigue en el barro de la reconstrucción, sí, y el camino hacia la cima aún tiene curvas. Pero la dignidad ya no se negocia. Y gran parte de culpa de que hoy se hable de fútbol, de ilusión y de futuro, la tiene un gestor que prefirió los hechos a las palabras. Al César lo que es del César: gracias, Kike.

Hubo un día no muy lejano en el que el Málaga CF era un páramo donde solo crecía el desánimo. Una entidad descabezada, en mitad de un desierto institucional por la administración judicial y un concurso de acreedores asfixiante,que tocaba fondo con un descenso traumático a la Primera RFEF. El club quemaba, la categoría asustaba y el entorno era un polvorín. Nadie quería coger ese testigo. Nadie quería ligar su nombre a lo que parecía una caída libre inevitable.Nadie, excepto Kike Pérez.

Llegó a la Costa del Sol con el traje de fontanero y la maleta llena de una virtud barata de nombrar pero carísima de ejercer: trabajo, trabajo y más trabajo. No hubo grandes promesas de jeques ni presupuestos ficticios. Hubo realidad.Kike Pérez entendió desde el primer minuto que para salvar al Málaga primero había que humanizarlo y, sobre todo,sanearlo desde la cordura económica.

El primer gran acierto del director general fue saber delegar la parcela deportiva en las manos adecuadas. Su apuesta por Loren Juarros fue una declaración de intenciones. Juarros, arquitecto de aquella Real Sociedad que aprendió a mirar a la cantera para volver a ser grande, replicó la fórmula en La Rosaleda. El resultado es historia del fútbol modesto: un ascenso agónico, épico y liberador a Segunda División en el primer intento.

Lo lógico en el fútbol actual, devorador de paciencia, habría sido conformarse con la supervivencia. Mantenerse el primer año en el fútbol profesional ya fue un éxito dadas las estrecheces de una economía de crisis. Pero este segundo año, lejos de conformarse con el papel de actor secundario, este Málaga compite sin complejos, mirando a los ojos a los trasatlánticos de la categoría y luchando por el sueño de volver a la Primera División. Todo esto, conviene recordarlo para valorar el milagro, mientras se hace encaje de bolillos con las limitaciones financieras que impone la realidad judicial del club.

Sin embargo, el mayor legado de Kike Pérez no se mide en la tabla de clasificación ni en los balances contables. Su verdadera obra de arte ha sido social. Kike Pérez ha logrado hacer 'malaguismo'.Durante décadas, la provincia de Málaga arrastró una deuda histórica consigo misma: una alarmante masa social que, de forma preeminente, prefería apoyar de lejos al Real Madrid o al Barcelona antes que al equipo de su propia tierra.

Hoy, ese complejo de inferioridad ha saltado por los aires. Las calles de la provincia ya no son blancas ni azulgranas; son blanquiazules. La Rosaleda encadena llenos absolutos con una marea de jóvenes y niños que visten la camiseta del Málaga con el orgullo de quien se sabe de un club único. Se ha inoculado el virus de la pertenencia en una generación que ya no necesita mirar a Madrid o Barcelona para sentir la pasión del fútbol.

El Málaga CF sigue en el barro de la reconstrucción, sí, y el camino hacia la cima aún tiene curvas. Pero la dignidad ya no se negocia. Y gran parte de culpa de que hoy se hable de fútbol, de ilusión y de futuro, la tiene un gestor que prefirió los hechos a las palabras. Al César lo que es del César: gracias, Kike.

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