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Opinión

El cernícalo opresor

Juan Carlos nos retrató como solo él sabía hacerlo, con el descaro canalla de un sabio peligroso. Y es que el peligro que encerraban sus cuartetas era el mayor de todos: el del espejo al que es en extremo desagradable asomarse

  • Un momento de la actuación de los Yesterdays.

"Si este pueblo se disparata con la boda de un matavacas y la niña de una duquesa, si este pueblo se le arrodilla a una espada y a una mantilla, este pueblo me da vergüenza". Así le cantaba el genial Juan Carlos Aragón a su Andalucía en la final de aquel mítico concurso del Falla de 1999.

Aquel año, Juan Carlos conquistó su único primer premio de chirigota en el COAC, siendo uno de los pocos autores que se ha coronado en esa categoría y también en la de comparsa. El Aragón comparsista, aunque mucho más encumbrado, nunca pudo eclipsar al chirigotero, pues el humor lo acompañó siempre, y también esa retranca tan ‘gadita’ que él exhibía como pocos.

 

 

Por mucho que pasen los años, los amantes del carnaval siempre llevaremos en el alma a aquellos Yesterday comandados por el capitán veneno. Aquellos jipis de greñas rebeldes e indómitas gargantas, cuyos estribillos son tan inmortales como su creador. En su pasodoble a los andaluces, Juan Carlos nos retrató como solo él sabía hacerlo, con el descaro canalla de un sabio peligroso. Y es que el peligro que encerraban sus cuartetas era el mayor de todos: el del espejo al que es en extremo desagradable asomarse, aunque la carcajada sobrevenga al hacerlo sin perder de vista el patetismo de la estampa. Reírnos de lo que somos y de lo que nos abochorna ser. Esa es la magia del carnaval.

He pensado en Juan Carlos y en sus letras —que son todo uno— a propósito de una reciente experiencia. Por estas cosas que tiene la vida, me encontré hace poco teniendo que presenciar por televisión una corrida de toros. Desde que era una niña y mi padre las veía en casa no había vuelto a mí esa estampa.

En aquel entonces, no era capaz de distinguir la barbarie como real, sino como un espectáculo más de esos de la tele, como los asesinatos en las películas o las trifulcas en un partido de fútbol; como si la pantalla ejerciera su función protectora sobre mi raciocinio para no permitirme pensar que lo que ocurre al otro lado lo está sufriendo alguien. Ahora, unas cuantas décadas después, la desagradable escena se ha mostrado en todo su dudoso esplendor. Un animal cercado es engañado, herido y asesinado para jolgorio de particulares y encumbramiento del cernícalo opresor.

Qué casualidad que luego, cuando se escucha a los del capote opinar sobre el mundo, no duden en pedir a un demente extranjero que nos invada o que secuestre a nuestro presidente del gobierno. Algo no riega bien. Y mientras tanto, vengan subvenciones para escuelas taurinas, premios de consejerías de cultura y espacios en televisiones pagadas con impuestos. Y venga votar a quienes desmantelan la sanidad y la educación públicas, pero, eso sí, mantienen viva la fiesta nacional. "Menos rollos de verdes mares, de campiñas y de olivares, que así luego nos luce el pelo". Así cantaba Juan Carlos, en la punta, con su boina jamaicana y sus pelos largos de yesterday. Qué pena que el ayer sea el hoy, y que el futuro pinte desalmado. 

"Si este pueblo se disparata con la boda de un matavacas y la niña de una duquesa, si este pueblo se le arrodilla a una espada y a una mantilla, este pueblo me da vergüenza". Así le cantaba el genial Juan Carlos Aragón a su Andalucía en la final de aquel mítico concurso del Falla de 1999.

Aquel año, Juan Carlos conquistó su único primer premio de chirigota en el COAC, siendo uno de los pocos autores que se ha coronado en esa categoría y también en la de comparsa. El Aragón comparsista, aunque mucho más encumbrado, nunca pudo eclipsar al chirigotero, pues el humor lo acompañó siempre, y también esa retranca tan ‘gadita’ que él exhibía como pocos.

 

 

Por mucho que pasen los años, los amantes del carnaval siempre llevaremos en el alma a aquellos Yesterday comandados por el capitán veneno. Aquellos jipis de greñas rebeldes e indómitas gargantas, cuyos estribillos son tan inmortales como su creador. En su pasodoble a los andaluces, Juan Carlos nos retrató como solo él sabía hacerlo, con el descaro canalla de un sabio peligroso. Y es que el peligro que encerraban sus cuartetas era el mayor de todos: el del espejo al que es en extremo desagradable asomarse, aunque la carcajada sobrevenga al hacerlo sin perder de vista el patetismo de la estampa. Reírnos de lo que somos y de lo que nos abochorna ser. Esa es la magia del carnaval.

He pensado en Juan Carlos y en sus letras —que son todo uno— a propósito de una reciente experiencia. Por estas cosas que tiene la vida, me encontré hace poco teniendo que presenciar por televisión una corrida de toros. Desde que era una niña y mi padre las veía en casa no había vuelto a mí esa estampa.

En aquel entonces, no era capaz de distinguir la barbarie como real, sino como un espectáculo más de esos de la tele, como los asesinatos en las películas o las trifulcas en un partido de fútbol; como si la pantalla ejerciera su función protectora sobre mi raciocinio para no permitirme pensar que lo que ocurre al otro lado lo está sufriendo alguien. Ahora, unas cuantas décadas después, la desagradable escena se ha mostrado en todo su dudoso esplendor. Un animal cercado es engañado, herido y asesinado para jolgorio de particulares y encumbramiento del cernícalo opresor.

Qué casualidad que luego, cuando se escucha a los del capote opinar sobre el mundo, no duden en pedir a un demente extranjero que nos invada o que secuestre a nuestro presidente del gobierno. Algo no riega bien. Y mientras tanto, vengan subvenciones para escuelas taurinas, premios de consejerías de cultura y espacios en televisiones pagadas con impuestos. Y venga votar a quienes desmantelan la sanidad y la educación públicas, pero, eso sí, mantienen viva la fiesta nacional. "Menos rollos de verdes mares, de campiñas y de olivares, que así luego nos luce el pelo". Así cantaba Juan Carlos, en la punta, con su boina jamaicana y sus pelos largos de yesterday. Qué pena que el ayer sea el hoy, y que el futuro pinte desalmado. 

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