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El joven Mahmud, de 20 años, narra su largo viaje para alcanzar Europa: 4 meses, 5.000 kilómetros y 15.000 euros hasta llegar a Noruega.

“Mañana sales hacia Europa”, le anunció su padre. Al día siguiente, Mahmud (nombre ficticio por  seguridad para su familia) inició un viaje de más de 5.000 kilómetros que le costó 15.000 euros. La primera etapa, llegar a Europa. Desde Ammán, en Jordania, hasta Atenas. Una vez en la capital griega, este joven de 20 años debió dedicar cuatro meses y 6.000 euros más para llegar a Noruega y solicitar asilo allí.

Un año después, Mahmud ha vuelto a Ammán de vacaciones gracias a su tarjeta de asilado en el país nórdico. “Cada día que no le he visto ha sido un año entero para mí, pero ahora veo cómo ha crecido durante este tiempo”, se lamenta su madre, Rana, que también se ve obligada a ocultar su identidad. Sonríe, mientras unas lágrimas caen por sus mejillas. “No tenemos otra opción que reírnos, nuestra vida ya es suficientemente difícil”. 

Rana se ha quedado sola en su casa de la capital jordana. Su marido y su hija pequeña adelantaron sus planes por la oleada de refugiados de este pasado agosto. Ya están en Grecia, en ruta para reunirse todos en Noruega. Su otra hija decidió volver a Siria para ver a la familia de su marido. Está atrapada, sin apenas alimentos, en el asedio de una localidad cercana a Damasco. “Ayer en su Facebook decía que echaban de menos el pan. Han compartido una bolsa diaria para cuatro familias”. 

Tras pisar Europa, padre e hija repetirán un viaje que Mahmud recuerda a la perfección. Días, medios de transporte y cantidades que quedaron grabadas en su mente y fotografiadas en su Instagram. “Viví tres meses entre Atenas y Salónica en varios hoteles, salvo dos días que estuve en la cárcel por no tener papeles”. Para continuar su trayecto compró dos pasaportes falsos e intentó salir en avión y a pie por la frontera con Macedonia, pero fue interceptado las dos veces. Así que decidió gastar 4.000 euros para que un pasante le llevara en su furgoneta a Belgrado.

En la capital serbia se unió a un grupo de 16 inmigrantes y refugiados que caminaron 10 horas para llegar a la frontera con Hungría. “Tuve suerte. La policía retuvo a casi todos porque eran negros. A los dos únicos blancos del grupo nos trataron como turistas y pudimos continuar”. 

Para seguir su periplo tomó un autobús. “Los pasajeros me tuvieron que despertar. Llevaba tres días sin dormir ni una hora y me desperté hablando en árabe. No sabía dónde estaba”. Después, cogió un taxi para ir a Budapest. Debió pagar al conductor cuando se percató de que este le iba a entregar a la policía. “Me dijo que le pagaban 50 euros por llevar inmigrantes ilegales. Yo le di 200 euros”. 

Siguiente destino, Viena, donde descansó durante cinco días en el jardín de una mezquita, junto con una decena de sirios. Volvió a tener suerte porque la policía austriaca identificó a ocho personas. Solo dos pudieron seguir el viaje. Un compatriota les indicó, por 200 euros, cómo cruzar hasta Copenhague.  

De noche tomó un tren hasta Oslo. Cuando subió la policía a revisar la documentación de los viajeros, Mahmud se encerró en el baño. Aguantó allí hasta que el GPS de su móvil le indicó que ya estaba en Noruega. Entonces salió y dijo “soy sirio y solicito asilo”. Antes de su odisea en tierras europeas, hubo otra en la que recorrió desde Ammán hasta Esmirna, en Turquía. A esta tuvo que destinarle otros 6.700 euros, repartidos entre otro pasaporte falso inservible y el pago de la embarcación (1.700 euros) que le cruzó el Mar Egeo. 

“Elegí Noruega por su educación gratuita. Tengo 20 años y aún debo acabar el instituto. He perdido dos años en Jordania. Allí ponen a los refugiados en niveles inferiores, incluso en algunas escuelas dicen que ya tienen demasiados sirios”, explica como la principal razón para emprender un viaje tan largo y lleno de dificultades.

“Aunque es más económico, es más peligroso cruzar el Mediterráneo desde Libia. Muchos sirios han muerto en el camino”, añade. Unas 2.500 personas se han ahogado en el Mediterráneo en los nueve primeros meses de este año, frente a las 3.500 que perdieron su vida en 2014, según Acnur.  

Mahmud lo sabe bien. Fue lo que le sucedió a la hermana de un amigo suyo de Alepo, el cual también planea ahora usar la ruta de Turquía y Grecia. Su punto de salida, la ciudad jordana de Irbid. El viaje por tierras turcas y griegas es el que han usado 300.000 personas en lo que llevamos de año. En 2014 fueron 219.000, de acuerdo con los datos de Acnur. Unas 50.000 lo hicieron solo en junio, último mes del que existe registro. Luego vino la crisis humanitaria de este agosto. 

Suleimán (otro nombre cambiado para su seguridad), el padre de Mahmud, trabajaba ilegalmente con un empresario de Ammán. “Es rico y le pagaba mejor que en otros empleos, aunque en cualquier momento le podían detener porque no tenía permiso de trabajo”, explica su hijo. El dinero que entraba era muy necesario para una familia que en su periplo de refugiados por distintas ciudades jordanas había visto cómo se acababan sus ahorros. Han tenido que sobrevivir con salarios tan exiguos como los 90 dinares (unos 110 euros) que cobraba el progenitor en una tienda. El alquiler de una vivienda ronda los 400 dinares mensuales (500 euros).  

Cómo subsistir cada día es uno de los problemas que debe afrontar el 86% de los sirios exiliados que viven fuera de los campos de refugiados en Jordania. Sus ingresos solo alcanzan los tres dólares al día, según la ONU. Actualmente residen en el país 630.000, algo más de un 15% de los más de cuatro millones que han huido de Siria. Turquía acoge a 1.805.000, Líbano a 1.172.000, Irak a 250.000 y Egipto a 130.000. Frente a esas cifras, en Europa solo 200.000 sirios han solicitado asilo.

Rana resume su vida de los últimos años en un solo objetivo: la búsqueda de un futuro para su familia.

Rana resume su vida de los últimos años en un solo objetivo: la búsqueda de un futuro para su familia. Por esa razón, salieron de los alrededores de la capital siria, Damasco, en 2012 cuando supieron que estaban fichados por participar en manifestaciones contra el régimen del presidente Bashar al-Assad. “En casa, todos nos decíamos que ir a las protestas era muy peligroso, pero luego nos encontrábamos en la calle”, recuerda Rana. Al principio, “pedíamos trabajo y dignidad. Ni siquiera existía el Ejército Sirio Libre. Solo había soldados del régimen matando a gente pacífica”. A pesar de la amenaza, no todos querían abandonar el país. “Yo salí de Siria porque mi padre me dijo que serían solo unos días”, explica Mahmud. “Quería seguir en mi país”, afirma mientras muestra fotos de aquellas manifestaciones por la dignidad. 

Evitar que su hijo se olvide de su tierra es una de las preocupaciones de su madre. Que no se olvide “de la gente que sigue muriendo a diario como hacen aquellos que solo muestran fotografías alegres en Facebook”. Mahmud intenta explicarle la necesidad de no recordar, algunas veces, lo que dejaron atrás. “Un amigo mío fue arrestado tres veces, dos por el régimen y una por el Daesh (el autodenominado Estado Islámico). Ahora que vive en Europa, muchas veces escribe cosas estúpidas o divertidas en Internet porque necesita olvidarse de todo lo que sufrió”.  

Frente a la inquietud de su familia de cómo se adaptaría a la vida en un país con costumbres muy distintas, Mahmud está satisfecho. “Me siento muy bien. La gente es muy amable, solo hay problemas con los racistas que nos identifican con el Daesh”. Una amiga de Mahmud, de visita en el hogar familiar, sonríe irónica ante esto. No le entra en la cabeza que deban huir de Siria porque están perseguidos por el régimen y ahora por el Daesh, que no les dejen entrar en Europa y que los pocos que llegan sean encima discriminados por aquellos que piensan que son como los que les han expulsado.

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