La crisis económica en España ha sido tremendamente injusta, haciendo que los trabajadores más vulnerables y que menos ganan carguen a sus espaldas el grueso de la factura. Han sido los trabajadores con los salarios más bajos los que más han sufrido sus consecuencias, al ver cómo sus sueldos y salarios se desplomaban. En el lado opuesto, los salarios más altos apenas experimentaron cambios significativos durante la crisis. Su nivel salarial apenas se vio afectado por la caída de la economía española. Dado que los salarios constituyen la principal fuente de ingreso de las familias, podemos comprender por qué España ha visto aumentar significativamente sus niveles de desigualdad durante la crisis. El resultado es un país más pobre y más desigualdad.

De acuerdo con los últimos datos de Eurostat, referidos a 2014, España ocupa el cuarto puesto en el ranking europeo de desigualdad de renta. También ha sido el segundo país, tras Chipre, donde más creció la desigualdad durante la crisis. El aumento de esta desigualdad fue cinco veces la registrada en promedio por los países que conforman la Europa de los 15. Además, la capacidad del Estado para reducir esta desigualdad a través de la política tributaria y de transferencias y políticas sociales ha resultado poco exitosa, haciendo de España uno de los países europeos donde la capacidad redistributiva pública sea menor.

Como resultado, la brecha entre los que más ganan y los que menos se ha ampliado, alcanzando cotas no vistas desde hace décadas. Mientras en 2006 el 10% con mayores niveles de renta disfrutaba de una renta 10 veces la del 10% más pobre, en 2015 esta diferencia aumentó y fue de 15 veces. En consecuencia, las personas pertenecientes al decil con más renta acumulaban en 2015 cerca de una cuarta parte de la renta nacional (un 24,8%), prácticamente lo mismo que la mitad de la población española (26,3%). El 10% más pobre, por su parte, se tenía que conformar con apenas un 1,7% de la renta nacional.

Al igual que sucede en la gran mayoría de países, con independencia incluso de su nivel de desarrollo, en España los salarios constituyen el principal ingreso con el que cuentan los hogares y las familias para hacer frente a sus necesidades. Existen otras fuentes de renta, las generadas por el rendimiento del capital y las derivadas de las transferencias públicas, pero por encima de todas ellas, encontramos las remuneraciones salariales que se obtienen como contraprestación del trabajo. En consecuencia, la evolución de la desigualdad salarial permite explicar gran parte de la desigualdad de renta.

Como era de esperar, la desigualdad salarial en España se ha disparado durante los años de crisis. Este aumento de la brecha entre los salarios más altos y más bajos se explica por la abrupta caída de estos últimos. Es decir, los que cobraban poco antes de la crisis aún cobraban menos después. Por el contrario, para los salarios más altos, la crisis apenas ha tenido impacto alguno y han conseguido mantener su poder adquisitivo.

En un contexto general de devaluación salarial, donde el salario medio cayó en torno a un 6% durante los años de la crisis, haciendo que el salario medio en España sea hoy más bajo que hace 10 años, fueron los salarios más bajos los que soportaron esta caída. Esto se ha producido, sobre todo, por una espectacular caída de los salarios del 30% de la población que cobra menos (d1 a d3, las personas con un salario mensual medio entre 519 y 1.143 euros brutos en 2008), con caídas superiores al 15%. Pero sin duda alguna, fueron el 10% de los salarios más bajos (d1) los que acusaron en mayor medida esta caída: sus salarios cayeron en promedio cerca del 28% entre 2008 y 2014. Si en 2008 cobraban en promedio 519 euros, en 2014 su salario cayó a 375 euros). Por su parte, el 10% (d10) de los trabajadores con los salarios más altos vieron sus salarios disminuir apenas un 0,6%. Como señalaba la Comisión Europea en 2014, la bajada salarial que ha sufrido España ha sido “injusta, lenta e ineficiente”.

Este desplome de los salarios hace que tener un trabajo en España ya no suponga garantía alguna para poder hacer frente a las necesidades más básicas. De hecho, la crisis ha agudizado el fenómeno de los trabajadores pobres, y en 2015 un 13,2% de las personas trabajadoras se encontraban en esta situación, haciendo que España ocupase el cuarto puesto en la UE.

Más allá de los promedios mostrados por las encuestas oficiales, los datos muestran diferencias salariales desorbitadas. En España en 2015, la remuneración salarial del ejecutivo más alto en las empresas del Ibex 35 multiplica por 96 la del trabajador promedio. Las personas que forman parte de la alta dirección de las compañías cotizadas también reciben remuneraciones muy elevadas: las 1.019 personas catalogadas como altos directivos ganaron de media 576.000 euros en 2015, 13 veces más que la ganancia del trabajador promedio. Es decir, que si pensamos en el salario medio anual de España en 2014 (22.858 euros según datos de la Encuesta de estructura salarial), una persona trabajadora que cobrara este salario medio tendría que trabajar 25 años para llegar a tener la misma remuneración anual de la alta dirección. O lo que es lo mismo: la alta dirección tarda 15 días en ganar lo que el trabajador/a medio en España gana en un año. Esta diferencia aumenta alarmantemente si la comparamos con los 9.080,40 euros brutos anuales que supone el Salario Mínimo Interprofesional.

Más allá de la frialdad que ofrecen estos números, los colectivos más afectados por esta desigualdad han sido los más vulnerables, es decir, los trabajadores que se encuentran en una posición de mayor vulnerabilidad en el mercado de trabajo. De entre todos ellos, destacan las mujeres y los trabajadores jóvenes.

Así, los bajos niveles salariales de las mujeres hacen que España ocupe el segundo puesto entre los países de la UE en cuanto a mujeres trabajadoras en riesgo de pobreza y exclusión. De hecho, durante la crisis la diferencia de los sueldos promedio entre hombres y mujeres ha aumentado. Una mujer en España necesitaría 50 días más al año para ganar lo mismo que un hombre. Por otro lado, en 2015 aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores y trabajadoras menores de 24 años (un 24,7%) se encuentran en riesgo de pobreza y exclusión. Esto nos sitúa en un lamentable segundo puesto en el ranking referido al riesgo de pobreza de trabajadores jóvenes en la UE, tan sólo por detrás de Rumanía.

La crisis en España ha puesto en evidencia la vulnerabilidad que sufren millones de personas. La manera como ha trasladado su impacto al mercado laboral, y especialmente sobre los sueldos y salarios, aumentando la brecha entre los que más ganan y los que menos, pone de manifiesto la necesidad de ahondar en reformas que consigan trasladar de manera más justa las rentas generadas tanto si las cosas van bien como cuando van mal.

Esta perniciosa desigualdad salarial se puede combatir aumentando el salario mínimo legal (SMI), acercándolo a un salario digno, suficiente para cubrir los derechos y necesidades básicas. Además, este aumento de los suelos salariales debe ir acompañado de una regulación de las diferencias entre los salarios más altos y los medios dentro de los centros de trabajo de 1:10 favoreciendo una mayor equidad en la masa salarial entre todas las categorías profesionales, y haciendo que la recuperación y el dinamismo económicos lleguen también a las familias.

Artículo de Íñigo Macías es coordinador de investigaciones de Oxfam Intermón.

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