“¿A que no tienes cojones?”. Son las palabras mágicas para motivar a cualquiera a hacer algo de lo que todavía no está seguro. David Campos de la Rosa, roteño de 56 años, regenta el Bar Los Hermanos, en el recinto ferial -y pronto en el centro-, por una apuesta a unos metros de los corrales de Rota. Lo propuso en voz alta delante de Capote, veterano corralero a pie, y este le incitó a ello. Como homenaje, bautizó con su apellido uno de los platos estrella, los “chocos al Capote”, un auténtico almuerzo corralero que cumple 14 años.
David se ha metido en los fogones. “Estos chocos los he visto nadando”, dice quitándoles la tizna mientras otro cocinero emplata un surtido de pescado al que no le falta de nada. Acedías, tapacubos, salmonetes, boquerones o pijotas. En sus mesas también se pueden degustar cazuelas de corvina, cazón, almejas, albóndigas de chocos, chipirones rellenos de gambas y huevas de chocos. “Tengo buenas carnes, pero aquí lo fuerte es el pescado”, comenta este hombre que lleva toda su vida entre pulpos y lisas.
La carta anuncia que este bar es La esquina de Milescosas. Así les llaman en Rota desde siempre por su tatarabuelo, un gitano granadino que llegó en otro siglo para poblar el terreno. “Era el único que sabía regar a manta y lo llamaban mucho. Pero dicen que era muy flojo. Le decían “José María, a ver si vienes y me echas una mano” y él respondía “tengo que hacer miles de cosas”, cuenta David desde la terraza donde se disfrutan las recetas de su familia.
Los Milescosas forman parte de la historia social roteña por su profundo arraigo a los corrales. Fueron los últimos en explotar comercialmente el que es el primer monumento natural de Andalucía. Hoy afectados por la invasión de Rugulopteryx okamurae, el alga asiática que sigue alterando a toda la costa.

- Detalle de la elaboración de los chocos al Capote.
- MANU GARCÍA

- David repasa la historia de su familia en la terraza del establecimiento.
- MANU GARCÍA
José María Campos, bisabuelo de David, inició una tradición marinera que ha ido pasando de generación en generación. El siguiente fue su abuelo, Juan Campos López, que “tenía ese gusanillo” y solía limpiar las cuevas para que entraran los bogavantes, las langostas y las morenas. “Él se dedicaba a la captura del boquerón en la orilla, era atarrayero”, dice rodeado de las tierras que antaño poseían sus antepasados, ahora convertidas en un campo de fútbol.
El roteño recuerda que justo al lado de los corrales se sembraban tomates, pimientos y melones. Huertas que convivían con la actividad pesquera que daba de comer a las familias. Se acuerda de los Guita, los Borrachinos o los Chasquitos, quienes transmitieron sus enseñanzas a Emilio Campos García, su padre, que hoy da nombre a una calle de su tierra. Fue a principios de los 60 cuando compró a los Luna su primer corral por 25.000 pesetas, siendo el único que llegó a darse de alta en la Seguridad Social.
“Nos hemos criado con lo que vendíamos del corral y del campo”, comenta David entre anécdotas. Cuando habla de su padre no puede evitar emocionarse. “Fue un enamorado, una persona que le tenía muchísimo respeto a todo. No solo al corral, sino a todo lo que habitaba en él. Él decía que el corral existía gracias a la mano del hombre, pero también era el refugio de muchas especies autóctonas. Y eso había que respetarlo. No le gustaba esquilmar y cuidaba mucho las tallas. Cuando había muchísima cantidad de pescado, abríamos los caños para que saliera el pescado pequeño y se quedara nada más el que nos llevábamos para casa. Eso era así”, comparte el roteño pronunciando algunas de las frases de su principal maestro. “Me decía “¿Con esto comes?, pues ya está”.
Lecciones que guarda con cariño y que le han servido para continuar en los corrales siendo la cuarta generación vinculada a esta práctica. David no olvida la primera vez que pisó un corral, con apenas cinco años. “Me metió en un cajón del mulo, donde cargaba cemento. Luego me regaló una espadilla y me envicié”, confiesa el roteño criado en el mar. Poco a poco fue aprendiendo de la mano de los antiguos corraleros, recorriendo las formaciones rocosas de punta a punta para seleccionar el mejor pescado.

- Preparación de un surtido de pescado.
- MANU GARCÍA
Delante de una enorme fotografía aérea de este enclave, David demuestra que conoce a la perfección cada recoveco. Desde los tres que pertenecieron a su familia hasta los que se fueron perdiendo con los años. “En este los militares hacían prácticas de tiro y no dejaban entrar, entonces, al final se partió. Y ese desapareció porque no daba nada. Aquel, el de San Clemente, es el único corral que no ha tenido concesión ninguna. Y este era de Isabelita y ese lo llevaban desde el hotel Playa de la luz”, comenta señalando el panel que adorna el salón del establecimiento.
Una vez acaba el trabajo en los corrales, David se encargaba de repartir las especies. “En cuanto aprendí a montar en bicicleta, mi padre me preparó una canastita con pescado y con el precio en un papelito. Así empecé a vender. El Glovo de ahora, ese era yo. Y después con la motito”, relata mencionando los apellidos de aquellos clientes.
A los malletos les entregaba lisas, el pescado más económico, y el más caro como las doradas, las urtas o los róbalos, llegaba a Rota. Después, su padre se hizo socio de la cooperativa “y lo pagaban mejor porque se subastaba”.

- David conoce los corrales de Rota como la palma de su mano.
- MANU GARCÍA

- Un plato de chocos al Capote.
- MANU GARCÍA
Además de las familias del entorno, surtían a distintos bares que preparaban sus guisos con especies exclusivas de los corrales. Entre ellas, menciona un vivero de almejas de carril que les dio muchas alegrías. “De ahí es de donde nosotros nos nutríamos mayormente”, comenta. Llegaron gracias a un vecino del sector del marisco procedente de Huelva que se enamoró del lugar y compró dos corrales. Unos cuatro años después de aquella primera siembra, las almejas se multiplicaron.
En el año 1996 la familia puso fin a su actividad económica tras la muerte de Emilio. Sin embargo, su hijo David nunca se ha separado de los corrales desde entonces. Es uno de los que siguen cuidando el entorno a través de despesques, reparaciones y otras labores de mantenimiento. A principios de los 2000 contribuyó a la creación de la Asociación de Corraleros y Pescadores a Pie Los Corrales de Rota, de la que hoy es presidente. “Empezamos a traer a niños de todos los colegios para divulgarlo”, dice el roteño.

- El roteño, con el plato de chocos al Capote que acaba de preparar.
- MANU GARCÍA
Una vida ligada a los corrales que tanto ama y en los que tantísimos recuerdos ha creado con los suyos. De momento, relevo generacional no le falta. Su hijo lleva desde los 8 años empapándose de este legado familiar.
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