"Uno deja todo, es agarrar tu vida en una maleta de 22 kilos y volver a empezar"

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Los testimonios de cuatro refugiados recién llegados a Jerez procedentes de Venezuela y El Salvador, unos huyendo del gobierno de Nicolás Maduro, otro de las violentas maras.

Desde el pasado enero, Jerez cuenta con 45 nuevos vecinos llegados de países tan lejanos como Venezuela, El Salvador, Colombia, Líbano, Ucrania o Palestina, y otros más cercanos como Marruecos o Argelia. Son 45 personas, 45 historias y 45 vidas que se han visto truncadas de una manera u otra y que ahora, en el sur del Sur de Europa, buscan una vía de escape, una nueva oportunidad para salir adelante a la espera de que la situación en sus países cambie y puedan, algún día, regresar a casa.

Estamos en el Polígono Industrial El Portal, en Jerez. En la avenida Cantos Ropero se encuentra la sede de la Organización No Gubernamental de Desarrollo (ONGD) Tharsis Betel, fundada en 1987 por Pedro España y que, entre su razón de ser, está la lucha por todos aquellos que sufren exclusión social, discriminación, marginalidad o pobreza en cualquiera de sus formas. Si bien desarrolla gran parte de sus programas en Jerez, sobre todo en la zona Sur, donde atiende a unos 2.000 usuarios, acaba de comenzar un proyecto, financiado por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social —a través de la Secretaría General de Inmigración y Emigración— y el Fondo Social Europeo por el cual, en los próximos 18 meses atenderá a un centenar de refugiados llegados de diferentes países del mundo. Unos huyen de la guerra, otros se han visto obligados a hacer las maletas por sus ideales políticos o por la inseguridad que viven día a día en su ciudad o barrio.

“Nuestra labor es que puedan insertarse en la sociedad y en el mundo laboral”, explica Manuel Martín, vicepresidente de Tharsis, que explica que durante los seis primeros meses del programa los refugiados tienen cubiertas sus necesidades básicas (vivienda, alimento, vestuario), a la vez que reciben asistencia psicológica, talleres formativos enfocados a que puedan incorporarse al mercado laboral, así como clases de español para aquellos que no sean hispanohablantes. A partir del sexto mes comienza la etapa más importante, y es la de empezar a valerse por ellos mismos a través de un trabajo. Desde entonces y hasta cumplir los 18 meses reciben un seguimiento puntual para verificar que todo va bien.María Parra, coordinadora del proyecto ‘Un nuevo hogar’, que comprende esa primera etapa de seis meses, afirma que se han encontrado con personas que han sufrido “situaciones muy conflictivas y que vienen perseguidos por sus creencias”. Estos refugiados tienen a su disposición un nutrido grupo de educadores, psicólogos, monitores y abogados para que puedan insertarse en nuestra sociedad con todas las garantías. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos llegan de países con una cultura totalmente diferente a la occidental, por lo que el choque es tremendo. María resalta, además, la “insensibilidad” que existe a menudo en nuestra sociedad. “Hay poca memoria histórica y lo vemos sobre todo con las personas mayores, cuando ellos, sobre todo, fueron los primeros que tuvieron que emigrar de España buscando una vida mejor”.

Una nueva vida es la que vienen buscando cuatro de esas personas que forman parte del programa de Tharsis. Por su propia seguridad, nos piden que usemos nombres ficticios y que no les tomemos fotografías en las que puedan ser reconocidos, teniendo en cuenta que este reportaje puede leerse en cualquier lugar del mundo gracias a Internet.

Alejandro tiene 29 años y es venezolano. Llegó a Madrid el pasado 2 de octubre y, a Jerez el 4 de enero, previo paso por Valencia. A través de Cruz Roja solicitó el refugio y la protección internacional en nuestro país. “Yo era el típico que confiaba en mi país, hasta que las circunstancias me obligaron a abandonarlo”, señala. Los principales motivos por los que ha llegado a España son los ideológicos. Trabajó con una candidata a diputada y eso le llevó a sufrir acoso “por parte de los entes del Estado”.El joven explica que tomó la decisión de abandonar Venezuela tras la muerte de un joven de 22 años a disparos de la Guardia Nacional Bolivariana, durante una manifestación en contra del gobierno de Nicolás Maduro. “Lo mataron a 20 metros mía. Entré en shock y me di cuenta realmente que mi vida corría peligro”, relata. Alejandro explica que, debido a su relación con la oposición, fue interrogado por el servicio secreto y tuvo el teléfono intervenido. “Hay un fuerte control por parte de la policía y de colectivos paramilitares encargados de amedrentar a la población en cada barrio”. Además, afirma que “el 80 por ciento de la población es pobre, pero el gobierno la tiene controlada con ayudas. Pero eso no garantiza crecer al país, no le da un futuro ni una educación”.

Alejandro no dejó en Venezuela solo a su padre y a su hermano. “Es dejarlo todo, es agarrar toda tu vida en una maleta de 22 kilos y volver a empezar”. En su caso no sabe si será “desde cero o a medias”. Es arquitecto a falta del proyecto fin de carrera y no sabe si podrá homologar su titulación en España. “Si lo logro, mejor, si no, estudiaré aquí algo relacionado con la construcción”. Lo que tiene claro es que no podrá regresar a Venezuela en mucho tiempo. “Mi país cada día está peor. El gobierno lleva instalado 20 años en el poder y lo tiene todo controlado. No le veo salida ninguna y ya estoy resignado a lo que pueda ocurrir, porque aunque el país lograra tumbar al gobierno, seguiría en una situación crítica”.

Pablo y Elena, pareja de 29 y 25 años respectivamente, también son venezolanos. Como Alejandro, están en contra del gobierno de Nicolás Maduro y eso, a la larga, les obligó a huir. “Yo crecí en un país productivo y de oportunidades. El que estudiaba y se esforzaba sabía que tenía un futuro, pero ya no es así. Mi padre ha trabajado toda la vida, tiene tres apartamentos alquilados y aun así no tiene para comer. Lo que gana le da para comer alitas de pollo a diario”, lamenta.Ambos llegaron a España hace dos años, cuando se hartaron de pagar una especie de impuesto revolucionario para poder vivir “medio tranquilos”, porque, al igual que Alejandro, explican que el país está dominado por los colectivos paramilitares y por los capos de las cárceles. Tras llegar a Madrid pidieron asilo político, pero en la capital su vida no fue nada fácil. “No vivíamos, sobrevivíamos”, recuerdan. Él, a pesar de su titulación como informático, no pudo encontrar un puesto de trabajo acorde con sus estudios debido a la falta de homologación. Así que, junto a Elena, trabajó en un bar de comida rápida durante seis meses y con jornadas de 12 horas. “En todo ese tiempo solo nos pagó 100 euros. Nos daba el alojamiento y la comida, que eran las sobras del bar, pero siempre nos ponía excusas para pagarnos. Cuando por fin nos prometió pagarnos, se suicidó”. Tras perder su trabajo por esta desgracia, sobrevivieron a duras penas, comiendo una vez al día. “He aguantado con un pantalón durante dos años. No sé las veces que Elena me lo ha cosido”.

Manuel, de 35 años, es de El Salvador. Llegó a España huyendo de las maras, esas pandillas juveniles extremadamente violentas que han convertido a su país en el estado, no en guerra, más violento del mundo. Con apenas 6,4 millones de habitantes, la tasa de asesinatos es de 81 por cada 100.000 habitantes. En España esa tasa es de 0,62. “Llegó un momento que no podía estar tranquilo en la calle con tu familia o amigos. Si no te unes a ellos, te matan, y ya estaba harto de amenazas y de miedo”, explica Manuel.Aunque no se conoce el número con certeza, el gobierno salvadoreño cifra entre 30.000 y 60.000 el número de jóvenes que conforman de manera activa las maras, si bien Acnur eleva la cifra a las 700.000, ligadas de manera directa o indirecta a ellas. La mara Salvatrucha y Barrio 18, son las dos grandes que se reparten gran parte del país, viviendo de la extorsión y del narcotráfico. Manuel explica que su origen se remonta a los 80, a la relación que entablaron los inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos con las bandas latinas. Los gobiernos de Bush padre y Clinton ejecutaron órdenes de deportación masivas y esos pandilleros acabaron en sus países de origen, adaptando la conflictiva vida de las bandas latinas.

Manuel llegó a España el pasado junio después de recibir cuatro amenazas de muerte. Sabía que quizás a la quinta no lo contara, así que hizo las maletas con los ahorros que tenía y cruzó el Atlántico. En Madrid contactó con la ONG Accem, que trabaja por mejorar la calidad de vida de los refugiados y de ahí acabó en enero en Jerez, en el proyecto de Tharsis. Y aunque espera poder comenzar una nueva vida en España, afirma que “si mi país cambia, regreso. Mi familia es lo más importante, y aunque aquí no he sentido ningún tipo de rechazo, hasta en un autobús me siento extraño”. 

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