Allá por el año 91, Arturo recorrió toda España en una gira con el Gran Teatro de la Habana. Ha trabajado como actor en Méjico y Florida. Conoce a Bebo Valdés y a su hijo, a Paquito de Rivera y al Cigala. “Jerez se parece mucho a la Habana”, asegura. Ganó el 1º Premio en una edición del Festival de Berlín por la mejor integración de las Artes escénicas con la obra Vida y muerte sumérica, obra de Joao Cabral al compás de la música de Chico Buarque.

Cuando llegó a Jerez tenía el propósito de montar un espectáculo unipersonal, aunque luego las cosas se complicaron “pero la idea no está muerta, porque el artista no muere nunca”. Hace tiempo que sueña con participar en el Festival Iberoamericano del Monólogo, interpretando El ahogado más bello del mundo, de Gabriel García Márquez: “Cuenta la historia de un cadáver ahogado que de pronto aparece en la orilla de un pueblo y todos sus habitantes elucubran teorías sobre su procedencia, de forma que ven en ese muerto reflejados sus sueños, sus frustraciones, sus anhelos... Ese muerto podría ser yo”- asegura con el melódico acento cubano mientras deja salir el humo de un cigarro. Arturo es una de estas personas que derrochan cultura y vida cuando hablan, con un ímpetu impredecible y a veces misterioso.

Titulado como técnico en construcción civil, su primer empleo fue como maestro, aunque en su vida siempre apuntaba como una veleta hacia todo lo que fuera artístico: decoración, pintura de murales, teatro… Pasó muchos años trabajando para unos millonarios en Alemania, dueños de una empresa de yates.

Teatro de trincheras, renuncia a la patria y suicidio de un sueño

Arturo me cuenta que es veterano de la guerra de liberación de Angola y Etiopía: “A aquella guerra fui porque me mandaron. Tuve amigos que no fueron y recibieron la carta. Ahí te declaraban contrario al régimen, te despojaban de todo y te mandaban a picar piedra”. Me cuenta que la traición al régimen podía suponer fusilamiento o castigo: “Ni siquiera podía decirle a mi familia dónde estaba. Después de mucho tiempo pude mandar alguna carta, a través del gobierno de Angola, pero nunca supe si llegaban o no”.

Me cuenta que en su batallón murieron todos salvo dos: “violábamos continuamente el espacio aéreo internacional y nos mandaban a traficar armas de la Unión soviética, armas caducadas que vendíamos humanitariamente dice con tono irónico. “Yo estaba en una posición segura –confiesa- tuve suerte. En Etiopía había un grupo de música para entretener a las tropas y allá que fui. Es una vocación que siempre ha estado en mí, el arte es una constante en mi vida”.

 “Me consulta gente de todo el mundo y todos queremos lo mismo, nos preocupan las mismas cosas”

Su madre participó en la Corte suprema del arte: “Una especie de Operación Triunfo de los años 40” -me explica Arturo- “y se presentó cantando coplas de Antonio Vargas Heredia”. Ganó el 1º Premio, que consistía en una beca de estudios en la Scala de Milán, pero mi abuelo dijo que su hija no era una puta, así que se quedó sin ir”.

Con la mirada puesta en un punto lejano y amable en su memoria, me cuenta: “Creo que mi madre proyectó en mí ese sueño que ella nunca pudo realizar. La recuerdo cantando canciones de Imperio Argentina y la Piquer, en registros impresionantes…  pero siempre en casa. Nació en la época equivocada. Un día, harta de tanta represión, se metió fuego y se mató”. No comenta nada más sobre ese tema ni yo tampoco. A veces los silencios dicen tanto más que las palabras.

Afirma conocer muchos secretos, que harían temblar a muchos: “¡Si yo hablara! Tendría que contar las historias desde el anonimato. Historias político-gays, historias con Claudia Shiffer a bordo de un yate, historias de represión en Cuba…” Afirma que él, en comparación con otra gente, no padeció represión por ser homosexual, porque claro, siempre lo ocultó, como si fuera un bajo precio que pagar por no ser perseguido.

El ermitaño, la tierra prometida y la calle 8

Cuando en el 84 decidió irse de Cuba a Panamá tuvo que renunciar, como todos los emigrantes de su época, a su casa y a todas sus posesiones. “Llegaron unos funcionarios e hicieron un inventario de todo lo que había en mi casa, lo precintaron todo y a partir de ese momento en el que decides emigrar eres declarado enemigo y persona non grata en tu país, te lo quitan todo para que no puedas volver, así que imagina la dificultad de tomar la decisión”. Aquella fue la vez primera que Arturo decidió consultar a las cartas del tarot sobre sí mismo: “me salió la carta del Ermitaño”, cuyo significado enuncia: Sube al monte y contempla la tierra prometida, mas no te digo que vayas a entrar en ella. Aquel día cuando llegué al aeropuerto para coger mi avión anunciaron por megafonía que los pasajeros con destino a Panamá no podían viajar porque había dimitido el cónsul de Panamá y nuestros visados quedaban anulados. Tuve que volver y pedir perdón de rodillas, por haber traicionado a mi patria, renegar de mis ideales. Tardé años en recuperar mi casa.”

Años más tarde, en Brooklyn, con motivo de algunas actuaciones, Arturo entró en un bar muy pequeño donde el propietario era a su vez cantante y actor en un escenario dentro de su propio negocio. Eso le inspiró tanto que cogió todos los ahorros de su vida y se fue a Mallorca a montar un bar: La calle 8. “Era un local estilo años 20, dedicado a todos los artistas de varias generaciones en Cuba. Pero me endeudé, llegó la crisis y me arruiné”. Aquello a Arturo le rompió el corazón, y no sólo en sentido figurado: sufrió dos cardiopatías y estuvo a punto de morir: “El médico me dijo que si seguía con ese nivel de estrés y bebiendo tanto alcohol me quedaban 3 meses de vida. Llevaba 17 años con mi pareja, que era alemán, pero ya sabes lo que dicen: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”. Fue entonces cuando Arturo decidió venir a Jerez: “Necesitaba cambiar a otra situación más estable emocionalmente”.

El piso donde vive en el barrio San Miguel es modesto y acogedor. En varios rincones de la casa hay montados pequeños altares con vasijas, piedras, barajas del tarot y artilugios esotéricos antiguos.

Sacerdotisas, santería y marxismo

Wenceslao es como el alter ego de Arturo. “Yo me gano la vida con las cartas. A mí no me hace falta mucho para vivir, llego muy justito”. Me cuenta los orígenes de esta faceta suya: “Mi madre era cartomántica y mi abuela sanadora santera de Yoruba. Mi tía se formó con un sacerdote africano y fue la única mujer nombrada sacerdotisa en un cabildo de santería de Camagüey en Cuba. Sus cosas las heredé yo”. Me cuenta esto y no puedo evitar preocuparme por el destino final de todos esos objetos únicos de una tradición familiar casi extinta cuyo último eslabón parece ser Arturo, reliquias de historia y realismo mágico. Me revela el contenido de una de las vasijas y veo algunas piedras sumergidas en agua de río. “Esto representa a un orisha, hay varios orishas: el del río, el de la montaña, el del viento... cada uno se construye siguiendo una tradición.”

[caption id="" align="alignnone" width="2848"] La mano de Arturo, mientras fuma. FOTO: Y.R.[/caption]

Cuando Arturo quiso irse de Mallorca y elegir destino ofreció sus servicios de cartomancia en internet: “casi todas las respuestas que recibí venían de Jerez, entonces vi que aquí tenía posibilidades de ganarme la vida. Tengo muchos clientes habituales, se crea un vínculo con ellos, tengo clientes de Jerez pero también de Chiclana, Vejer… incluso clientes de Arabia Saudí. Yo estoy siempre de guardia -  bromea, pero siempre pido veinte euros, eche el tiempo que eche, no cobro las cantidades que piden algunos estafadores que salen en la tele, la mayoría son charlatanes, yo vengo de una tradición santera familiar de varias generaciones”.

Arturo ha estudiado numerología e impreso sus propias barajas de tarot, algunas que me enseña están pintadas a mano. Incluso me enseña las que usaba su madre en Cuba, yo casi no me atrevo a tocarlas, porque percibo el enorme valor emocional que tienen para él. “Mi madre miraba estas cartas y las cartas le hablaban, yo sólo veía bastos, espadas y picas. A mi madre acudía todo el mundo, hasta los políticos. Yo he ayudado a personas privadas de libertad, con problemas de salud... Si algo he aprendido en mis experiencias con gente de todas las partes del mundo es que todos queremos lo mismo y nos preocupamos por las mismas cosas, vengas de donde vengas”.

En Arturo confluyen dos vertientes: una realista y otra esotérica. Educado en la filosofía marxista, afirma que la iglesia es un negocio. A la magia parecen unirle lazos familiares y emocionales mucho más profundos, aún así afirma que “las cartas y la magia funcionan a aquellos que creen en ellas, son sólo un medio para llegar a un fin, a cada persona le sirve algo diferente, yo soy como una antena parabólica, un receptáculo de energía”. Y añade: ”Eso que dicen de que el destino no se puede cambiar no es cierto, siempre se puede elegir, y esas elecciones pueden cambiar tu vida.”

Artista sobre todas las cosas

Ante todo, Arturo siempre se ha considerado artista, ya sea en la guerra de Angola, en teatros de América o a bordo de yates alemanes. Es como si toda su historia fuese una identidad siamesa indisoluble a esta vocación innata que le ha llevado a actuar por casi todo el mundo, protagonizando musicales, obras teatrales, cortos cinematográficos y monólogos. “Ser artista fuera de la propia patria es muy complicado porque te falta tu contexto cultural, tu historia, lo que tienes en común con tus compatriotas…”

Mientras nos despedimos me regala una reflexión: “Yo llegué tarde a las tablas, pero llegué más lejos que otros que habían empezado antes que yo. En la vida hay que estar preparado siempre para los sueños, porque el tren que esperas puede que pase sólo una vez, y debe pillarte preparado para subir en él”.

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