José Antonio, de profesión: conductor de autobuses 'fantasma'

Uno de los conductores del transporte urbano de Jerez relata cómo trabaja desde que se decretó el estado de alarma. El número de usuarios de este medio se ha reducido un 95% en el último mes

Un autobús urbano, al inicio de un servicio en plena pandemia. Autor: Manu García
Un autobús urbano, al inicio de un servicio en plena pandemia. Autor: Manu García

El padre de José Antonio Romero ya fue conductor de autobús, por eso desde pequeño le empezaron a atraer los volantes. “Lo llevo en la sangre”, asegura. “No me disgusta conducir, cuando vamos de vacaciones me gusta ir en coche, disfruto haciendo kilómetros, no me pesa”, cuenta. Cada día hace bastantes, a bordo de uno de los vehículos de transporte urbano del servicio público de Jerez, donde lleva desde inicios de la década de los 2000. Él es uno de los que no está faltando a su trabajo desde el inicio del estado de alarma, al contrario, ahora es más necesario que nunca.

Aunque el uso del transporte público se ha reducido un 95% desde el inicio del estado de alarma en Jerez, según datos del propio Ayuntamiento, que destaca “la conciencia cívica de la población y el respeto absoluto a las recomendaciones sobre el uso de los autobuses”, José Antonio y el resto de sus compañeros siguen siendo imprescindibles para las personas que no tienen más remedio que seguir usándolo. “No he faltado ningún día, no he intentado esquivar el bulto”, señala Romero a lavozdelsur.es. “Soy consciente de lo importante que somos”.

“Al principio te da apuro”, confiesa el conductor de autobús urbano, “pero con miedo no voy, voy con precaución”. Cada mañana, cuando le toca acudir a su puesto, se enfunda los guantes y la mascarilla, y se lava bien las manos con gel hidroalcohólico. El volante del vehículo que le toca conducir se desinfecta previamente, pero él lo vuelve a limpiar. “La sensación de conducir con guantes es rara, pero te acostumbras, aunque a veces tienes que quitártelos porque te sudan las manos”, explica.

José Antonio, en la puerta del autobús urbano que conduce. FOTO: MANU GARCÍA

El servicio de transporte público se adaptó a las condiciones del estado de alarma, por lo que no se aconseja su uso salvo para comprar alimentos o productos farmacéuticos, para ir a centros sanitarios, para desplazarse al lugar de trabajo, para asistir a personas mayores o dependientes o para ir a entidades financieras o de seguros. El horario está reducido, es el de los festivos, y el aforo máximo de los autobuses es de diez personas. Ese cambio de rutinas “cuesta al principio”, señala José Antonio.

“Los primeros días la gente no se lo tomaba en serio, había personas mayores que se montaban para dar una vuelta y les teníamos que hacer ver que la situación no era la de antes, que no es momento de dar paseos, pero ya han tomado nota y se está muy concienciado”, señala Romero, quien comenta que ahora “se usa para lo imprescindible”. “A veces se montan familias y hay que decirles que vayan separados, la sensación que te da cuando escuchas algunas conversaciones es que en Jerez no está afectando mucho, pero el riesgo está”, señala.

Entre el 16 de marzo y 6 de abril han usado el transporte urbano de Jerez un total de 16.549 viajeros, mientras que en el mismo periodo del año anterior se contabilizaron 346.434. La diferencia, a la baja, supera el 95%. "La ciudad ha bajado considerablemente el ritmo de movimiento y eso se está notando de manera ostensible en el transporte urbano, los ciudadanos han tomado conciencia de la prioridad de proteger la salud por encima de todo, y eso ha provocado en este descenso brusco en su uso, tanto en ciudad como en la zona rural”, señalaba hace unos días Rubén Pérez, delegado de Movilidad y Seguridad.

Romero, al volante de un autobús urbano. FOTO: MANU GARCÍA

Cuando llega a casa, José Antonio deja toda la ropa en la entrada y sale corriendo para la ducha. Hasta que no acaba, no abraza a su hijo pequeño, de ocho años, que está deseando jugar con él al pádel en unas pistas que hay cerca de donde residen. “Antes del estado de alarma empezamos a practicarlo y me daba apuro decirle que no podíamos jugar, pero ya se ha hecho a la idea. Eso sí, primero que quiere hacer cuando acabe el confinamiento es jugar al pádel”, dice Romero.

Su mujer, Rosa García, trabaja como enfermera en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde se desplaza casi a diario. “Aunque el riesgo es máximo, al estar en un hospital, lo lleva más o menos bien”, cuenta Romero, quien agrega que en su casa nunca faltan a la cita de las ocho de la tarde. “Siempre aplaudimos, ella se siente orgullosa de que le reconozcan su trabajo, le da fuerza”, señala. Si hay suerte y un vecino pone música, hasta ser arcan un “bailecillo”.

José Antonio y Rosa se turnan como pueden para cuidar del pequeño de la casa. “Antes tirábamos de los abuelos, pero ahora no se puede, claro”, cuenta él. Los padres de Romero, que a su vez cuidan su abuelo, ahora salen “lo imprescindible”. “Hace poco los vi de lejos porque fui a hacerles una compra y se las dejé en la puerta. Es muy duro”, dice José Antonio, un conductor de autobús que tiene unas ganas tremendas de jugar al pádel con su hijo. Ya falta menos.

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