Abraham Fernández, con solo 24 años, ha logrado meter cabeza en Deluxe, uno de los estudios de sonido más importantes del país. 

Controla dos monitores interconectados frente a una enorme pantalla de cine. Cuando pulsa el play, el sonido envolvente es atronador en la pequeña sala insonorizada de una calle sin salida del corazón de Chamberí. Zumban los helicópteros a todo trapo, se accionan los fusiles de asalto, hay explosiones, hay gritos, más disparos, más detonaciones, se oye la voz acelerada de los personajes y una música épica propia de estos largometrajes a caballo entre el cine bélico y el de acción. El tráiler apenas dura minuto y medio. Sintetiza meses y meses de rodaje y posterior montaje del filme, y busca generar expectativas en el espectador para elegir ir al cine a ver esta cinta entre cientos y cientos de estrenos. En cambio, si de repente quitas el envoltorio que ofrece el sonido, que supone varias semanas más de trabajo de edición, sería difícil que alguna sala de cine adquiriera los derechos de exhibición de esta película. Desde su puesto, el editor va quitando capas de sonido al tráiler y, oh magia, los disparos de los kalashnikov suenan a tiritos de escopetas de feria y las aspas de los helicópteros chasquean lejanas y débiles. Las secuencias dejan de ser impactantes y la tensión y emoción que subrayan y remarcan la música y los efectos de sonido, sencillamente desaparecen.

El montaje y la edición de sonido para el cine y las series es un arte y uno de los proceso más creativos en la producción audiovisual. Sin embargo, “son grandes desconocidos para el público”. Quien así se lamenta es un chico jerezano, Abraham Fernández, que no pasa de los 24 años y que hace dos se mudó a Madrid para volcarse en un oficio que para él no deja de ser un juego diario. Con sus gafapasta, su airecillo hípster y un acento que no pierde del todo sus raíces, tras graduarse en Realización (en el IES La Granja) y Sonido, en Granada años después, se marchó a probar suerte a la capital. Allí empezó hace casi dos años con unas prácticas y, con mucho esfuerzo y dedicación, ha conseguido un empleo en el que une sus dos pasiones: la imagen y el sonido. "Ahora me levanto todos los días para ir a jugar, con unos compañeros que son como una familia y, a mi edad y como está la cosa en este país, teniendo una nómina a final de mes; la verdad es que no me puedo quejar". El estudio Deluxe, del laureado Pelayo Gutiérrez (once nominaciones y tres premios Goya de la Academia por sus trabajos como montador de sonido en películas como El otro lado de la cama y Te doy mis ojos), le brindó la oportunidad que andaba buscando para abrirse un hueco en la industria española del celuloide. “Este es un homenaje a El Padrino y a Walter Murch (un reputado montador de sonido)… ¿Escuchas el traqueteo del tren? Pues, sigue la secuencia y verás lo que ocurre al final”, explica Abraham con excitación en torno a uno de los clímax de Tarde para la ira, de Raúl Arévalo y en cuyo montaje de sonido ha colaborado muy activamente. "Nosotros nos encargamos de dar la entonación narrativa, aportamos ideas al director y éste las compra cuando ve que funcionan", explica sobre un proceso de trabajo en el que ellos reciben el material rodado y montado para luego, "ir viendo la película y decidir qué ambiente metes o no metes". Una apertura de una lata de cerveza, un chasquido de dedos, un abrazo, un apretón de manos, unos pasos... "Durante el rodaje hay cosas que es imposible que capte el sonido directo, por lo que somos nosotros los que coloreamos el sonido a posteriori para reforzar las imágenes". Es lo que se conoce como efectos de sala o foley. "Se hacen refuerzos de todo; por ejemplo, si hay un tío corriendo y gritando, en el rodaje ese sonido de los pasos no se percibe y hay que recrearlo luego", desgrana el jerezano. 

En Deluxe trabajan diez personas y es uno de los estudios de sonido más importantes de España. En sus salas de edición se monta la sonorización de series como El ministerio del tiempo, La peste La catedral del mar, pero también películas como Kiki, Julieta, Zona hostil y un largo listado de títulos muy conocidos. De hecho, en tan poco tiempo, Abraham Fernández luce orgulloso sus "20 créditos en imdb.com" —la mayor base de datos de cine del mundo en internet—, ya sea como asistente de editor de sonido o como sound editor. Haber alcanzado este punto en su carrera en tampoco techo le lleva a no olvidar sus comienzos en Jerez. "Empecé a trabajar con 17 años. Entre que ahorraba y tocaba el piano, empecé a grabarme a mí mismo y luego conseguí equipos de sonido directo y empecé a grabar a grupos y demás. Todo eso me gustaba pero no sabía que iba a acabar en esto", relata. Tras unas prácticas en Onda Jerez y viendo que el mundillo audiovisual en la zona apenas daba para sobrevivir con eso que en el gremio llaman la BBC (bodas, bautizos y comuniones), hizo las maletas y se fue a ampliar su formación a Granada, desde donde saltó a Madrid. 

"Gracias a Miguel Huete y a Pelayo Gutiérrez estoy donde estoy, y la verdad que este trabajo es de lo más creativo que hay en el sector audiovisual porque cuando ruedas un plano, da lo que da, pero aquí puedes inventarte un mundo aparte. El talonaje es la pantalla, el mundo on, pero nosotros tenemos el mundo off. Es lo más creativo que hay", apunta con entusiasmo. En el día a día, Abraham trabaja mucho como soporte en la edición de sonido de series, "que es una parte más técnica, más aburrida, pero cuando empiezas a montar películas desarrollas mucho más la creatividad, aunque en el fondo es que me levanto y, básicamente, vengo aquí a jugar". Haber hallado esta salida no significa que no eche de menos "a mis padres, al vino de Jerez y a los tupper de mi madre", pero reconoce que es imposible que, a día de hoy, se plantee volver a su ciudad natal. "Hay un pequeño sector audiovisual, pero no avanza, hay pocas posibilidades y eso que me encantaría colaborar con proyectos en mi zona pero nadie me llama", advierte, mientras recuerda la anécdota de cuando se cruzó con la actriz María León en el estudio —"la vi y solo me salió decirle ¡guapa!"— o cuando firmó el contrato y se topó con una estricta cláusula de confidencialidad: "De El ministerio del tiempo ya he visto toda la temporada pero solo puedo decir que está muy guay".

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