Fragmento del cartel de la primera película sobre ‘La máquina del tiempo’ (1960).
Fragmento del cartel de la primera película sobre ‘La máquina del tiempo’ (1960).

Frente a lo que muchos desearían, y aun exigen, creemos que ningún libro necesita ser reescrito para adecuarse a los estándares de otra época, por ejemplo la del presente escritor (que será también, si los hados no favorecen a éste, la del atento lector). Por el contrario, sí hay libros que piden a gritos ser releídos cada cierto número de décadas.

Uno de ellos es La máquina del tiempo de H. G. Wells, publicada originalmente en 1895, en una época industrial e industriosa, en la que incluso el tiempo podía ser encerrado en una máquina. Su protagonista viaja a un futuro lejano (el año 802.701) y encuentra una humanidad dividida entre hombrecillos gráciles e indolentes, los Eloi, y una raza subterránea y monstruosa que les inspira pavor, los Morlocks. El viajero temporal no se puede comunicar en profundidad con nadie –ya sea por barreras lingüísticas o, como él libremente supone, cognitivas—, debido a lo cual ignora cómo ha llegado la humanidad a ese estado lamentable (que al principio, como siempre que viajamos lo suficientemente lejos, juzgara paradisíaco). Aunque el personaje reajusta repetidas veces sus especulaciones al respecto, parece existir un consenso crítico en que la verdad se encuentra en el último de tales reajustes: los hombres de la superficie evolucionaron a partir de las clases acaudaladas y los subterráneos de sus obreros y sirvientes. Hoy los segundos atormentan a los primeros, como quizá los primeros atormentaron en su día a los segundos. El viajero temporal consiguió averiguar qué había pasado con la humanidad, aunque nadie pudiera explicárselo.

Resulta ésta una teoría de comprensión tremendamente decimonónica, teñida de socialismo, darwinismo y otras ideologías al gusto de su tiempo, y haría de la novela un viaje al pasado, en lugar de hacia el futuro, de no ser porque en ningún momento se ve apoyada por los acontecimientos. Se trata de una extrapolación enteramente injustificada, y si algo prueba es que el cuerpo viaja más rápido que la mente, ya sea en el tiempo o en el espacio.  Uno esperará en vano la irrupción de una figura omnisciente, o que simplemente pueda comunicar al protagonista la historia de aquel mundo extraño; una figura reconfortante y paternal al estilo del Gran Lama de Shangrilá. Nadie acude a socorrer sus inquietudes y el desconcierto no hace sino aumentar al adentrarnos aún más en el futuro, donde ya no hay rastros de actividad humana en aquel mismo lugar, por lo que el protagonista deduce que la especie terminó por extinguirse (y sin embargo, ¿quién nos dice que no haya humanos en otra región, en otro país, en otro planeta, en otra playa?).

Continuamente nos vemos tentados a seguir las apresuradas conclusiones del protagonista, pero, si somos un poco honestos, reconoceremos que, igual que ignoramos dónde terminó sus días aquel que es meramente apodado Viajero en el Tiempo, también ignoramos la razón de que los días de ese mundo del año 802.701 pertenezcan a lánguidos hombrecillos vegetarianos y sus noches a fieras alimañas blanquecinas. Hoy, que tan conscientes somos de las fallas de la historia que nos hemos contado a nosotros mismos, así como de la que hemos impuestos a otros pueblos (imposible no paladear los resabios coloniales de la antropología amateur del Viajero), podemos apreciar mejor que antes lo que hace de La máquina del tiempo una obra verdaderamente atemporal. Aun cuando el propio H. G. Wells se viera convencido personalmente por las especulaciones de su personaje (cosa dudosa, habida cuenta de su cuidadoso ocultamiento de toda fuente de información fiable en la trama), supo construir, con o sin consciencia de ello, uno de los crepúsculos más enigmáticos que se han postulado para la odisea humana.

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