La Crítica de Villamarta. El ballet flamenco de Carmen Cortés clausura el XX Festival de Jerez con una fallida revisión de 'La gitanilla' en el 400 aniversario de la muerte de uno de los autores más grandes de todos los tiempos.

Compañía de Danza Carmen Cortés. La gitanilla (de Cervantes). Dirección escénica: José Maya, Carmen Cortés. Dirección musical: Gerardo Núñez. Baile: Carmen Cortés, Jorge Calderón, Florencio Campo. Cuerpo de baile: Vanesa Rodríguez, Paula Fernández, Lorena Martínez, María Farelo, Nazaret Oliva, Cristina Cazorla, Cristian Rubio Truco, Daniel Yagüe, Pedro Pérez, Juan Manuel Miras. Guitarra: Aquilino Jiménez, Jonatan Giménez. Cante: Antonio Carbonell, Antonio Moreno Cancún, Sonia Pérez, Marta Heredia. Percusiones: Rafael Serrano, José Suero Morito. Violín: Konstantin Chakarov. Coreografía y dirección artística: Carmen Cortés. Música: Aquilino Jiménez, Jonatan Giménez. Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Diseño de escenografía y vestuario: Isabel Núñez. Diseño de sonido: José Luis Álvarez, Carlos González. Lugar: Teatro Villamarta. Fecha: 5 de marzo. Aforo: Tres cuartos de entrada. (*)

Una vez más, la efeméride es convenientemente aprovechada por el marketing para vender producciones conmemorativas de todo tipo de pelaje. Coincidiendo con el cuarto centenario de la muerte de uno de los mayores escritores de todos los tiempos, Miguel de Cervantes, se sucederán a lo largo del año las ofrendas y las creaciones inspiradas ex profeso en los textos del autor de El Quijote. Nada nuevo bajo el sol. En su descargo, esta Gitanilla de la compañía de Carmen Cortés se estrenó el año pasado en el Festival de Teatro de Almagro, que es además quien coproduce este espectáculo de época con un marcado corte gadesiano. El bailarín de Elda también abordó el Siglo de Oro, en su caso desde la perspectiva de la recordada Fuenteovejuna –suspendido quedó un proyecto sobre El Quijote-, y hay en la escena de la danzaora catalana ese regusto por el vestuario exquisito y colorido, así como por los cuadros en movimiento que pintaba el valenciano con sus coreografías corales.
La narración se produce en modo flashback, bajo el poderoso influjo de la iluminación del maestro Gómez-Cornejo -Premio Nacional de Teatro-, y hay un intento por combinar el discurso dramático con el dancístico y musical que se resuelve de forma fallida. Las interpretaciones a nivel actoral están lejos de ser creíbles y convincentes, mientras que las piezas coreográficas a veces están deslavazadas, abrasadas por el ruido de los cajones y la percusión, o directamente nos invitan al sopor más absoluto. Carmen Cortés se afana en recrear la historia de Preciosa expresada desde la perspectiva de su senectud, envuelta entre gasas de novia y frente a un espejo que estará presente en casi todo momento del espectáculo. En la novela, Cervantes aplicaba la anagnórisis, un recurso narrativo mediante el cual el personaje conoce su verdadera identidad tras permanecer oculta ante sus ojos hasta ese momento. Su origen noble, revelado al final tras estar criada entre gitanos, no impide que previamente triunfe el amor frente a las desigualdades sociales. Una obra que habla, en presente, de la lucha de clases, los prejuicios y los tópicos que a menudo pueblan la sociedad y nuestro propio imaginario.

"Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas, y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con especial donaire", alude el escritor en la más extensa de las cortas Novelas ejemplares. Partiendo de la tradición del relato cervantino, Cortés articula una producción de alma eminentemente flamenca pero donde predomina el clásico español y la escuela bolera. Los aires zíngaros, los panderos, los violines que aportan lirismo a lo que sucede en las tablas aportan otra intención alejando a la función de lo jondo. El sincretismo de las danzas y del bello momento coral de la escena de la boda se ve alterado constantemente por unos bailarines-atletas que imprimen unos zapateados que echan chispas, tan veloces como hueros. A esa sensación frenética, sin espacio para el silencio y la reflexión, contribuyen sobremanera dos cajones flamencos que marcan el compás de la atronadora percusión y el aluvión de más de una veintena de artistas en escena de forma casi constante. Aparentemente hay grandes toneladas de intensidad, pero echamos de menos mayor tensión e imprevisibilidad. Solo hay algo más de quietud cuando Cortés baila por soleá y cuando agita con parsimonia sus alas de mariposa al final de la noche. Capaz de poner de relieve a cámara lenta por qué hace mucho que su nombre pasó a ser considerado una institución dentro de la danza flamenca.

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