José Mateos y Pedro Sevilla, lo reconozcan o no, lideran uno de los movimientos poéticos más vitales de la actualidad. El jueves pasado por la tarde, en esa hora propicia para la nostalgia y la profundidad, el Jardín de La Luna Nueva acogía a la mayor concentración de poetas por metro cuadrado que uno pueda imaginar, consagrados y novatos, de Arcos, Cádiz o Jerez, autodidactas o del taller de Pepín... En fin, poetas, todos ellos educados en la sencillez de esta escuela del sombreo, el de Pepe, el de la elegancia en el decir y en el pensar, como corrobora Pedro Sevilla. Suena la flauta travesera de Sara Martín, con los jilgueros, los aromas, el viento y las campanas… Y José Mateos lee varios poemas. En esos instantes, la palabra desnuda recorre los senderos creados por la flauta de Sara. Las melodías aprovechan el tono de los versos para remover nuestra sensibilidad…

Algún día se escribirá sobre el Jerez de José Mateos, sobre su época y su poesía, como hoy se escribe sobre el Moguer de Juan Ramón  o la Sevilla de los hermanos Machado, dice Pedro. Para José Mateos poesía y esencia son términos sinónimos. En su obra, el verso es el ser. Porque estamos ante un poeta que ama la filosofía, a la que ha dedicado también su prosa. Que nadie espere certezas definitivas ni verdades absolutas. Dice Pedro que la poesía de Pepín está enmarcada entre dos signos de interrogación. Sus versos son ruegos, indagaciones, preguntas… No nos dan agua: nos provocan una sed infinita de conocimiento.

En el diálogo entre los dos escritores se habla de su primer libro, Una extraña ciudad, una obra que nace a la sombra de una enfermedad nerviosa. Pepín reconoce que fueron momentos muy duros. Tras la muerte de su padre, cayó en una depresión y se encerró en sí mismo. Todos los recursos literarios eran insuficientes para encauzar y expresar lo que estaba sufriendo. Pero la escritura aportó luz, a pesar de esa cruel oscuridad que lo atrapaba.

Luego vino la obra Días en claro. Pedro le pregunta si los poetas escriben siempre el mismo libro. Es verdad, responde Mateos, que hay ciertas obsesiones sobre las que insistimos los escritores, sin embargo, cada libro es un sondeo, una excavación, un intento de alcanzar un tesoro oculto bajo una gran montaña. El poeta abre caminos nuevos, vuelve sobre los viejos, avanza y retrocede. Eso es la escritura, siempre diferente, si es auténtica.

También hablan de las Canciones que recoge la antología. Tratan de la muerte, un tema trascendente que acepta muy bien el verso menor, apto para la reflexión, como ya hicieran Juan Ramón o Bergamín. De La Niebla, dice Pedro que es un libro dantesco, del que José Mateos se sentía ya muy orgulloso mientras lo redactaba. Recuerda Pepín que este libro surgió a borbotones. Los versos que escribía parecían no venir de mí, eran mejores que yo, más inteligentes, reconoce. Porque para que salga un buen poema tienen que coincidir muchos elementos al mismo tiempo. Algo que parece imposible. Sin embargo, a veces ocurre, como en este libro. Entonces, en un instante de predisposición emocional, todo se armoniza y brota el poema.

La poesía, dice Mateos, alcanza la verdad pero sin agotar el misterio. De hecho, es una verdad que hace aparecer el misterio. Esa es la extrañeza de la poesía. Hay que dominar la técnica, la métrica, para luego olvidarla y que el poema fluya con naturalidad. La creación poética y la lectura de poesía requieren atención, saber pararse delante de una palabra, una imagen o una metáfora. A la gente le cuesta entrar en la poesía, resalta Pepín, porque no sabe pararse y prestar esa atención infinita que los versos reclaman. El uso del lenguaje es muy distinto en una novela que en un poema. En los versos, una palabra es mucho más que su significado literal.

Le preguntan si su poesía tiene algo de oriental… A José Mateos le interesa el deseo de olvidarse del yo que hay en esas filosofías. El yo puede ser un estorbo para el poeta, como lo pueden llegar a ser incluso las palabras, tan cargadas de connotaciones. Se trata de buscar ese trazo esencial, mínimo, que capte la realidad, sin intermediarios que la deformen. De los orientales no le gusta su excesivo ascetismo. Prefiere un yo encarnado, porque la vida es placer y dolor. Hay que amar mucho el dolor, dice, para poder amar la vida. Tampoco le gusta el concepto de Dios del mundo oriental. Prefiere al Dios del cristianismo, un Dios también encarnado, un Dios que sufre. Intenta, no obstante, no hablar directamente de la divinidad en sus poemas. Es una palabra que da lugar a muchos malentendidos. Sus versos sí se adentran en esa experiencia de algo que está por encima de nosotros y que tan difícil es de describir…

En esta época tan barroca, tan sobrecargada de información, Mateos busca lo sencillo, la proximidad, el poema que casi prescinda de las palabras, la media voz… Escribir es una necesidad, para que los acontecimientos ocurran del todo. Dice que hasta que no ha escrito sobre una experiencia, ésta no ha terminado de llevarse a cabo completamente. La poesía es necesaria para atrapar el tiempo, los instantes que se nos escapan sin remedio. En el poema se crea un espacio donde ese tiempo se eleva y se vuelve eterno. Y es también una forma de buscar respuestas, de preguntarse por lo esencial.

El último poemario de José Mateos es Poesia esencial (Renacimiento) y está prologado por Pedro Sevilla.

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