Se nos está yendo un poco cruda la celebración del 400 aniversario de la publicación de La vida del Buscón llamado Don Pablos o simplemente El Buscón, para entendernos, la gran obra de Francisco de Quevedo que, de no estar por ahí El Quijote veríamos a ver si no se estudiaría como la cumbre de las letras españolas. Se habrá programado alguno más, seguro, pero este cronista solo ha oído hablar de dos ciclos oficiales, ambos en Castilla-La Mancha. No creemos que Quevedo sea un autor olvidado, ni mucho menos, pero si pones en el Google a pelo ese apellido, sin poner 'escritor' o el nombre de pila, lo primero que te sale, como sospechábamos, es el cantante de reguetón, pop, etc: el signo de los tiempos...
Pues sí, 400 años de su publicación, aunque es sabido que Quevedo llevaba ya bastantes años leyendo partes de esta novela picaresca en público o en corro a sus amistades. De hecho, al parecer, para muchos coetáneos fue sorpresa que el escritor madrileño concluyera y diera pleno sentido a una obra, más allá de los trozos sueltos con los que entretenía a sus amistades contándoles sobre Don Pablos, su familia, el dómine Cabra –el "clérigo cerbatana"– y otros picaros que el protagonista se fue encontrando en su periplo por Madrid, Segovia, Alcalá de Henares, Toledo y Sevilla sobre todo. Nos podemos imaginar perfectamente a algún amigo, alguna amante o incluso un carcelero, que de todo hubo en la vida del gran escritor, pidiendo la lectura de tal o cual parte de la obra que le resultase especialmente divertida o reflexiva... y su sorpresa cuando finalmente en 1626 se editó la obra (el carcelero, no, que fue al final de sus días, con el libro en la calle).
Pues este cronista que, en principio, prefiere tener cierto conocimiento de lo que escribe, releyó la obra en agosto, que hacía mil años que lo hizo por vez primera. Da la casualidad de que tiene esta novela en un mismo volumen que El Lazarillo de Tormes, así que ya puestos, cogió un poco de impulso y cayeron las dos de seguido, que no se diga... aunque para escribir estas líneas me he tenido que parar un momento a separar las andanzas de ambos en Toledo. A don Pablos siempre hay algo que le sale mal, la fortuna a veces se le escapa cuando casi la tiene entre las manos. Por ejemplo, cuando se mete a autor teatral o, años antes, cuando se va a servir a su compañero de colegio que va a estudiar a Alcalá, o ya al final, cuando se va a América, en lo que tiene pinta de que Quevedo, en algún momento, barajó una segunda parte que al final no acometió y decidió dejar ahí las vicisitudes de su antihéroe.
Momentos bizarros y punkis
Novela escrita con un humor negrísimo, a don Pablos le suceden todo tipo de episodios divertidos –para el lector– y auténticas tragedias, como el ajusticiamiento de su padre y su madre, además de distintas palizas a lo largo de sus escasas páginas (mi edición no creo que llegue a las 120, claro que, me gustaría tener unas palabritas con el responsable de este inesperado homenaje a Liliput). El hambre en casa del dómine Cabra o el recibimiento a escupitajos de los novatos en la Universidad de Alcalá –el primero muy bizarro, el segundo muy punk– son de esos momentos que, como ocurre con El Quijote, es mucha gente la que dirá "¡ah, sí!", aunque no hayan leído el libro, porque seguro que venía en el Senda o ha salido en alguna antigua serie sobre la novela y son visualmente muy potentes e inolvidables.
No es una lectura fácil El Buscón. Imposible sin una edición bien anotada. Por seguir inevitablemente con el símil de El Quijote (al fin y al cabo casi coetáneos), personalmente diría que tras la pantalla del humor el lenguaje es complicado, sin duda, y no me refiero a que sea un castellano de comienzos del siglo XVII. Está lleno de giros de la época que ocultan dobles (y diríamos casi que triples) sentidos, no hay piedad para el personaje de don Pablos... ni para nadie, aquí no hay nadie entrañable como pueden ser el buen Sancho o el propio Don Quijote. Hay una evidente crítica social y aunque Quevedo baja al barro, ni se le pasa por la cabeza elevar a esos personajes, que están atrapados en el sistema de clases de la época y en las malas compañías que se van encontrando y, a su vez, tejen la novela. Todo pasa por algo, que perfectamente puede ser solo porque al protagonista no le corresponde mejorar y está condenado a repetir una y otra vez, por orden, 'negocio', 'castigo' y 'condena'...
Por último, hay que decir que hubiera estado bien que se programara algo en Sevilla para celebrar el aniversario de esta obra de Quevedo. Puede que la capital andaluza sea la quinta ciudad en importancia de la novela –incluso menos, si se tiene en cuenta el episodio de Cercedilla y le damos título de ciudad a esta localidad de la sierra madrileña–, pero no deja de tener su sitio al final de la novela.
Se nos está yendo un poco cruda la celebración del 400 aniversario de la publicación de La vida del Buscón llamado Don Pablos o simplemente El Buscón, para entendernos, la gran obra de Francisco de Quevedo que, de no estar por ahí El Quijote veríamos a ver si no se estudiaría como la cumbre de las letras españolas. Se habrá programado alguno más, seguro, pero este cronista solo ha oído hablar de dos ciclos oficiales, ambos en Castilla-La Mancha. No creemos que Quevedo sea un autor olvidado, ni mucho menos, pero si pones en el Google a pelo ese apellido, sin poner 'escritor' o el nombre de pila, lo primero que te sale, como sospechábamos, es el cantante de reguetón, pop, etc: el signo de los tiempos...
Pues sí, 400 años de su publicación, aunque es sabido que Quevedo llevaba ya bastantes años leyendo partes de esta novela picaresca en público o en corro a sus amistades. De hecho, al parecer, para muchos coetáneos fue sorpresa que el escritor madrileño concluyera y diera pleno sentido a una obra, más allá de los trozos sueltos con los que entretenía a sus amistades contándoles sobre Don Pablos, su familia, el dómine Cabra –el "clérigo cerbatana"– y otros picaros que el protagonista se fue encontrando en su periplo por Madrid, Segovia, Alcalá de Henares, Toledo y Sevilla sobre todo. Nos podemos imaginar perfectamente a algún amigo, alguna amante o incluso un carcelero, que de todo hubo en la vida del gran escritor, pidiendo la lectura de tal o cual parte de la obra que le resultase especialmente divertida o reflexiva... y su sorpresa cuando finalmente en 1626 se editó la obra (el carcelero, no, que fue al final de sus días, con el libro en la calle).
Pues este cronista que, en principio, prefiere tener cierto conocimiento de lo que escribe, releyó la obra en agosto, que hacía mil años que lo hizo por vez primera. Da la casualidad de que tiene esta novela en un mismo volumen que El Lazarillo de Tormes, así que ya puestos, cogió un poco de impulso y cayeron las dos de seguido, que no se diga... aunque para escribir estas líneas me he tenido que parar un momento a separar las andanzas de ambos en Toledo. A don Pablos siempre hay algo que le sale mal, la fortuna a veces se le escapa cuando casi la tiene entre las manos. Por ejemplo, cuando se mete a autor teatral o, años antes, cuando se va a servir a su compañero de colegio que va a estudiar a Alcalá, o ya al final, cuando se va a América, en lo que tiene pinta de que Quevedo, en algún momento, barajó una segunda parte que al final no acometió y decidió dejar ahí las vicisitudes de su antihéroe.
Momentos bizarros y punkis
Novela escrita con un humor negrísimo, a don Pablos le suceden todo tipo de episodios divertidos –para el lector– y auténticas tragedias, como el ajusticiamiento de su padre y su madre, además de distintas palizas a lo largo de sus escasas páginas (mi edición no creo que llegue a las 120, claro que, me gustaría tener unas palabritas con el responsable de este inesperado homenaje a Liliput). El hambre en casa del dómine Cabra o el recibimiento a escupitajos de los novatos en la Universidad de Alcalá –el primero muy bizarro, el segundo muy punk– son de esos momentos que, como ocurre con El Quijote, es mucha gente la que dirá "¡ah, sí!", aunque no hayan leído el libro, porque seguro que venía en el Senda o ha salido en alguna antigua serie sobre la novela y son visualmente muy potentes e inolvidables.
No es una lectura fácil El Buscón. Imposible sin una edición bien anotada. Por seguir inevitablemente con el símil de El Quijote (al fin y al cabo casi coetáneos), personalmente diría que tras la pantalla del humor el lenguaje es complicado, sin duda, y no me refiero a que sea un castellano de comienzos del siglo XVII. Está lleno de giros de la época que ocultan dobles (y diríamos casi que triples) sentidos, no hay piedad para el personaje de don Pablos... ni para nadie, aquí no hay nadie entrañable como pueden ser el buen Sancho o el propio Don Quijote. Hay una evidente crítica social y aunque Quevedo baja al barro, ni se le pasa por la cabeza elevar a esos personajes, que están atrapados en el sistema de clases de la época y en las malas compañías que se van encontrando y, a su vez, tejen la novela. Todo pasa por algo, que perfectamente puede ser solo porque al protagonista no le corresponde mejorar y está condenado a repetir una y otra vez, por orden, 'negocio', 'castigo' y 'condena'...
Por último, hay que decir que hubiera estado bien que se programara algo en Sevilla para celebrar el aniversario de esta obra de Quevedo. Puede que la capital andaluza sea la quinta ciudad en importancia de la novela –incluso menos, si se tiene en cuenta el episodio de Cercedilla y le damos título de ciudad a esta localidad de la sierra madrileña–, pero no deja de tener su sitio al final de la novela.
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