jose_mateos
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Theodor Adorno nos dijo hace ya varias décadas que es imposible escribir poesía después de Auschwitz. Pero ante la barbarie, realmente, sólo nos queda eso, la poesía, la palabra. Aunque los fracasos de la civilización debilitan nuestro ánimo, en los libros de poesía o en los de filosofía hallamos ese horizonte de racionalidad y sensibilidad que jamás debemos perder de vista. Las heridas de los días y las miserias de la humanidad quizás no tengan remedio. Escribir, leer, pensar y crear son las únicas formas de frenar la desolación y la destrucción.

El pasado jueves José Mateos ha presentado su nueva obra acompañado de Juan Ángel González de la Calle, autor de la portada, y de Raúl Pizarro, escritor, que nos habló del contenido del libro. Para Raúl Pizarro no hay duda: José Mateos es el mejor poeta vivo que hay en España. Y el libro, una bendición. Es la obra de un paseante que se pone ante el misterio y recoge, no lo que hay en la superficie del mundo, sino en su interior: “Confidencia pudorosa dicha al oído, donde lo lírico y lo alegórico se mezclan sutilmente en lo cotidiano y lo cercano”. El texto habla de la vida y de la muerte. Su sabiduría reside en ese desplazamiento hacia la aceptación de la existencia: gratitud, esperanza, amor intenso. Hay que leerlo y releerlo porque es un libro de acogida.

Según Raúl Pizarro, el libro es un diario, poesía, novela, prosa poética, ensayo… Aunque hay fechas, lo que nos cuenta está por encima del calendario. Leemos anotaciones donde se deposita lo inmortal, donde se piensa el mundo sin vestimentas innecesarias. También aparecen tramas narrativas y argumentos que se repiten: el paso del tiempo a través de unos membrillos, los paseos, encuentros con los muertos, Luisa. Se acerca al ensayo filosófico contemporáneo cuando el autor elabora un concepto, un pensamiento, a raíz de un hecho cotidiano. Párrafos que destacan por la precisión de la palabra y la emoción de la mirada.

José Mateos resaltó que esta obra es inclasificable, ya que toca varios géneros a la vez. Leyó algunos fragmentos para dejarnos una muestra del tono y los temas tratados. “La poesía no transforma la realidad, pero sí nos hace verla de otra forma”. Nos quita ese velo que cubre los ojos. La poesía nos revela lo insignificante de las cosas y nos recuerda lo importantes que son los acontecimientos cotidianos. Por eso la poesía nos acerca a otras dimensiones de lo real, que tienen que ver con la belleza, el dolor, el amor o el recuerdo. El texto es también una novela de fantasmas, de fantasmas que no dan miedo, todo lo contrario. El autor habla con ellos con naturalidad. Nuestros seres queridos muertos hablan con nosotros para entenderse a sí mismos o para aclararnos lo que ya sabemos. Hablan desde nosotros mismos y nos ayudan a vivir, a sentir mejor. Luisa, por ejemplo, va tomando cuerpo a lo largo del texto, hasta que se convierte en guía. Su sonrisa es el hilo de Ariadna.

El poeta pasea y sabe mirar. Pasea por esta ciudad, tan agradable y tan puñetera: “…una buena parte de la sociedad jerezana lleva décadas instalada en la mediocridad. Y es esa parte la que tiene el poder”. A través de los senderos, quizás hasta la Cartuja, el paseante desvela el misterio de las sombras, a la vez que nos devuelve ese nexo perdido con la ternura de la naturaleza.Un año en la otra vida es también un libro de filosofía, pero no de filosofía académica, ilegible, plúmbea. La filosofía de José Mateos brota de la vida, como la de Nietzsche, Montaigne o Simone Weil. La observación de la naturaleza o de los objetos cotidianos le conduce a una metafísica que recuerda a Pessoa, con esa afirmación de lo que existe, sin más, con su belleza radical. Pero también hay indicios que apuntan a lo que está más allá, al sentido, a la totalidad. Son reflexiones que tejen muy bien esos hilos de nuestra existencia: el reconocimiento de lo que hay y la aspiración a que haya algo más… Como en la obra de Pedro Sevilla, al final es el amor el que nos ofrece asideros, el que unifica todo lo que somos. La eternidad la encuentra el poeta en la belleza de los objetos más simples o en los paisajes de nuestros paseos. Los muertos nos hablan para recordarnos la belleza y la trascendencia del instante. Nos hablan desde otro tiempo, con otro ritmo, con esa sabia nostalgia que parece afectar a los que mueren…

Cualquiera de las entradas del libro es un ejemplo de densidad poética y reflexiva, lectura esencial para estos días oscuros de noviembre, palabras para acompañar la tristeza y recuperar la esperanza en la razón, la justicia, la humanidad…

20/11/2013

No sé desde cuándo, desde una edad muy temprana, me han obsesionado ciertas preguntas. Preguntas que no terminan nunca de formularse y que no sirven para salvar a nadie. Ya de niño me peleaba con ellas, las espiaba y las dividía hasta no poder dormirme.

Decía Bataille que tras esas preguntas se oculta una desgarradura extrema, tan profunda que sólo el silencio del éxtasis las responde.

Hace un momento leía yo de este autor La literatura y el mal. Levanté la vista del libro y advertí desde la ventana cómo el viento se colaba por la calle donde vivo, soplaba con ánimo y alzaba del suelo unas cuantas hojas secas y amarillas. Inmediatamente se las llevó hasta un muro encalado y allí las expuso al sol de la mañana. Y de pronto, mientras las miraba, esas hojas se pusieron a danzar al compás de una armonía secreta, lentamente, levantando de la nada esta emoción que ha sido como un hachazo de luz en el hielo de todos los días, como unas manos que me arrancaran de raíz y que así, chorreante de agua y humus, me transportaran hasta lo que no puede ser dicho. Aunque ahora para mí todo lo que existe lo diga.

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