El flamenco que vino de Mesopotamia: "Cuando canto por soleá escucho mi infancia"

El artista nómada Jooko Horia tuvo que huir de su tierra natal siendo un niño, llegó a Chicago como refugiado, y acabó siendo íntimo de Moraíto. Lleva más de 20 años afincado en Jerez, "la meca", y este miércoles inaugura el MIMA, el festival de músicas improvisadas

El flamenco que vino de Mesopotamia: Jooko Horia, guitarra entre las manos, en la escalera de la casa de vecinos que conduce a su domicilio.
El flamenco que vino de Mesopotamia: Jooko Horia, guitarra entre las manos, en la escalera de la casa de vecinos que conduce a su domicilio. MANU GARCÍA

Como su tierra natal, la antigua Mesopotamia, es un hombre entre dos ríos. Si aquella tierra de Oriente Próximo, que hoy es Irak y partes de Irán, Siria y Turquía, se localizaba entre Éufrates y Tigris, su música galopa salvaje entre sonidos de allí y sonidos de acá. Sonidos, en cambio, tan próximos que acaban por fundirse. Tiene más discos a sus espaldas, pero este que estrena ahora (aunque se produjo en 2018) es quizás el más especial. Celosamente cuidado por Josema Pelayo, un oído privilegiado en la ciudad del flamenco, y grabado en su estudio La Bodega, uno de los cortes de De Jerez a Mesopotamia incluye la guitarra de Moraíto Chico por seguiriyas.

Una sonanta grabada cinco años antes de su fallecimiento, del que se cumple justo ahora una década. Jooko Horia, nacido hace 65 años en alguna parte de Ur, una milenaria ciudad sumeria, la antigua ciudad iraquí donde judíos, cristianos y musulmanes creen que nació su patriarca común Abraham, asegura que aún sale de su modestísimo piso, en una desvencijada casa de vecinos del barrio de San Miguel, y “veo su cara por las calles. Siempre. Morao fue muy grande, de corazón, alma, genio, ritmo, eso no se olvida, imposible”.

De alguna manera, Manuel Moreno Junquera fue quien, vaya usted a saber por qué tipo de conexión, le abrió la puerta de Jerez y de los flamencos de Jerez hace ya más de 20 años. A cambio, Horia bromea recordando que le regalaba al tocaor algunas de las extravagantes camisas con las que el mismísimo Versace le obsequiaba al acabar los conciertos privados que ofrecía en las reuniones de los viernes en su palacio de Miami. Conoce perfectamente el arameo y sus pies descalzos han recorrido travesías imposibles entre numerosos países. Este nómada flamenco, este artista errante que podía haber nacido en la calle Nueva pero nació en un pueblo arrasado por ISIS en 2014, saltó de su Iraq natal a Siria, Líbano, Turquía… y saltó de la isla de Kalamata, en Grecia, a Estados Unidos.

"Mi pueblo ha sufrido mucho, con nueve o diez años tuvimos que huir porque nos mataban. Allí éramos una minoría pequeña de cristianos"

“Somos asuri, los nativos de allí. Mi pueblo ha sufrido mucho, con nueve o diez años tuvimos que huir porque nos mataban. Allí éramos una minoría pequeña de cristianos, era muy difícil estar allí, estuve hasta casi los nueve o diez años. Mi familia se dedicaba al campo, al río… luego fue muy difícil”, cuenta haciendo vaga memoria de un pasado en una tierra revuelta en la que, sin embargo, había espacio para la música, “en nuestras reuniones, entre nosotros, claro que lo recuerdo”. Como refugiado llegó a Chicago en los años 80, siguiendo su periplo fascinante, y allí contactó con otra música de raíz que le cautivó, el blues.

Pasó más de dos décadas, siempre haciendo música, con su guitarra o con un laud tocando en la calle, en los garitos o en el palacio de Versace. Hasta que le llamó el flamenco. “Yo llego a Jerez por mi interés por el flamenco, he escuchado mucho cante antiguo, Manuel Torre, Juan Talega…, estuve viviendo en Chicago y he trabajado mucho la música de rumba, de Gypsy Kings, pero siempre escuchaba a Agujetas…".

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El artista, en un momento del encuentro con lavozdelsur.es.   MANU GARCÍA

"Mi abuela decía que ese era el cante de nojotro. Yo decía: no, abuela, ese cante es español, la pobrecita no entendía, pero ella insistía: no, no, ese es el cante antiguo, tu abuelo lo hacía. Un día trae una cinta, la escucho, dejo todo y vengo a Jerez. Se lo puse a los gitanos de Jerez, a Manuel Morao, a Rafael Fernández el Nene… escucharon ese cante muy flamenco y todos vieron que esta historia entraba perfecto, el cante antiguo era sin guitarra”.

"No es un mundo para nada cerrado el de los flamencos de Jerez. Toqué con Parrilla de Jerez, y yo tocaba otro estilo de música"

Pronto Jerez será la ciudad en la que más tiempo de su vida habrá vivido. “Sí, sí, Jerez para mí es la meca. Trabajo mucho en Niza, en Francia, pero me gusta Jerez”, confiesa. En edad de jubilación, se ríe si se le pregunta si piensa en retirarse. No podría vivir de otro modo. “Uno siempre está empezando en esto. No se deja nunca de aprender”. Jooko, el flamenco de Mesopotamia, lleva años formando parte del paisaje de la ciudad, tocando en plazas, junto a veladores, con una música étnica con reverberaciones que quizás expliquen el misterio del origen de lo jondo. Ahora vuelve a subirse por fin a un escenario. Este miércoles (21.30 horas) inaugura, junto a la Caravand Band —Pepe Torres (flauta, saxo, duduk), Enrique Huertas (tuba) y Ale el Negro (percusiones)—, el Festival de Músicas Improvisadas (MIMA) en el patio Saris Siduna del Museo Arqueológico de Jerez.

Un escenario propicio y un festival ideal para un músico que fue empapándose del flamenco en contacto directo con artistas como Luis de la Pica, Juan El Torta y tantos otros que, tan suyos, apelaban siempre a la chispa mágica de la espontaneidad, de la improvisación. “Nunca pienso en tocar, salgo y vivo el momento. Me gusta ir viendo el feeling, cómo va la gente, no voy con idea preconcebida”. Jooko se lanzó también al cante porque "en los ecos de una seguiriya o una soleá escucho a mi abuelo cuando cantaba en reuniones, cuando canto por soleá escucho mi infancia..”. Y da otra vez las gracias a Jerez porque, en contra de los prejuicios, el mundo flamenco es cien por cien una jornada de puertas abiertas permanente.

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El abuelo de Jooko en su Iraq natal.   MANU GARCÍA
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Fotos con grandes flamencos con los que se relacionó el flamenco de Mesopotamia.   MANU GARCÍA

“No es un mundo para nada cerrado el de los flamencos de Jerez. Toqué con Parrilla de Jerez, y yo tocaba otro estilo de música, otra música étnica, con otros ritmos… pero me gusta más el cante: soleá, seguiriya, tonás… los soníos negros”. Esos soníos que, de una manera o de otra, él también escuchó desde niño en su tierra natal. “Yo creo que el flamenco también pudo venir de mi pueblo, hay muchas coincidencias, hay muchas teorías sobre el flamenco que yo respeto mucho, hay teorías muy importantes, pero creo que las teorías son muy bonitas y cuando yo fui a un congreso de flamenco en Granada, llevaba pruebas. Las cosas han ido cambiando como cambian las cosas en la música, pero también pudo venir de ahí”, defiende.

—¿Qué es para usted el flamenco?

— El flamenco es una protesta, el cante es sufrimiento, cuando canto recuerdo a mi gente, pero también es mucho amor. El flamenco viene del padre al hijo, de miles de años atrás, no tiene fecha. Son cantes muy especiales. Tiene algo muy especial.

— ¿Ha sentido eso que llaman el duende, la razón incorpórea?

— El duende lo he sentido en un escenario y hasta en la calle.

Superado lo peor de la pandemia, “fue muy difícil sobrevivir, perdí mucho trabajo”, Jooko Horia, de Mesopotamia a Jerez, de Jerez a Mesopotamia, ha rellenado a su forma una página oculta del flamenco que probablemente ni el flamenco, ni Jerez, sabía dónde se escondía. Viendo su planta, su pelo, los surcos de su cara, escuchándole acariciar las cuerdas, un ayeo…, nadie diría que no es del mismo corazón de Santiago. Moraíto, rememora, siempre le decía sobre la noche oscura de los tiempos de su arte: “Jooko, tengo el libro, pero me faltan páginas…”. “Era muy bonito eso que me decía. En la historia siempre hay cosas que evolucionan, viajan…”.

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El flamenco, la pasión de este artista afincado en Jerez desde hace más de 20 años.   MANU GARCÍA

— ¿Seguirá hasta que el cuerpo aguante?

— Exacto, exacto. Ese es mi destino.

— ¿Cuál es su destino?

— Vivir hoy.

— ¿Cree entonces en el destino?

— Es una pregunta muy bonita. A veces sí, a veces no. Yo sé de hoy. Hoy estoy contigo, ahora sí, mañana… buena pregunta. Nosotros no sabemos el secreto, si lo supiera, todo el mundo vendría a preguntarme, sería muy rico.

— El lado espiritual del flamenco siempre vence a lo material, a lo económico…

— Exacto, exacto. Eso seguro que nos lleva a seguir.

— ¿Cómo vive?

— Vivo el día a día, toco en la calle, gano para comida… vivo el día a día.

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